27 feb. 2019

En las instalaciones industriales a las gallinas ponedoras no les apagan la luz. Así no pueden diferenciar día y noche (dudo que hayan conocido el ciclo del sol y de la luna), lo que les incita a soltar un huevo detrás de otro, haciendo equilibrios entre los incómodos barrotes de las jaulas. Es lo que tiene desconocer el medio, vivir bajo el paso de una cinta transportadora, comer pienso con aditivos para la producción de una, dos, seis… cien docenas, hasta que la maquinaria emplumada expire descalcificada y sin haber saboreado un solo gusano.

El presente febrero finaliza con las temperaturas fuera de madre. Los gorriones han comenzado a entrelazar sus nidos antes de tiempo, y los palomos zurean con la libido errada. Tienen que venir los fríos, incompatibles con el cortejo aviar y con la cría de pollos desplumados. Los oportunistas insisten en la matraca del cambio climático a causa de nuestros excesos, empezando por la superpoblación, porque para estos —animalistas, ecologistas y otros istas de carné— el hombre es el peor enemigo de todo, aunque ellos mismos no se incluyan en su tesis ni como hombres ni como enemigos, no vayan a ser también culpables de la subida del termómetro.


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Visité el Museo Arqueológico de Madrid junto a un profesor de universidad. Queríamos ver muchas cosas, pero la magnitud de sus conocimientos y su esfuerzo didáctico hizo que no pasáramos de la prehistoria. En aquel tiempo marcado tanto por el calor como por la glaciación, no hubo otros humos que los de las hogueras. Además, por entonces no se refinaba el petróleo. Pero tuvieron febreros como este, un mes que se ha confundido al ocupar su sitio en el trenzado del año. Quizás nuestro febrero soñara con ser julio, quizás anhelara disfrutar de unas vacaciones de sol y playa… Como en aquellos tiempos remotos, no hace dos años tuvimos un verano más bien fresco, con frío incluso. La Naturaleza es así, ingobernable a pesar de las reglas que marcan su compás, un tic-tac que suele ir hacia delante pero que, de pronto, da un salto para atrás, quizá para confundir a los istas de carné y reírse un poco de sus paranoias. Y también para que las cigüeñas, zancuda de buen agüero, no tengan que esperar a San Blas para bichear en nuestros campos.

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