22 feb. 2019

Han sido siete larguísimos años. Incluso un poco más si sumo el tiempo que transcurrió entre el final de la promoción de mi anterior novela, El arca de la isla, la decisión en firme de abrazar el proyecto más arriesgado y complejo de mi carrera de escritor y su publicación. 

Todo comenzó de manera imprevista, como si no fuese yo quien hubiera escogido esta aventura sino al revés: fue el libro que estaba por escribir el que me esperaba. El proyecto despuntó en una comida, un almuerzo con un sacerdote encargado de la pastoral de un centro de formación profesional especializado en cocina y hostelería, con alumnos en su mayoría sin una buena formación académica, de pocas lecturas, hijos de inmigrantes o recién llegados del otro lado del océano, con los desiertos, selvas y montañas atrapados en el acento de su habla. 

Aquel cura me trazó el estado de la juventud en España. Primero me habló de lo doloroso: entornos hostiles a cuenta de las familias rotas; malos tratos en el hogar y en la intimidad de novios y novias; pocos incentivos para el estudio y el trabajo; falta de referentes culturales y artísticos; ausencia de belleza y armonía; abandono en las tiranías del pensamiento blando (asimilación sin crítica de las teorías de género, relativismo moral, absolutización de la práctica sexual, disociación afectiva, recurso al aborto…); atracción desmesurada por la tecnología y sustitución de Dios por las ofertas de una espiritualidad de mercado, vinculadas al new age

Después me habló de lo luminoso: «Los jóvenes, también aquellos que no están bautizados o participan del neopaganismo occidental, añoran un encuentro con Jesucristo, aunque ni siquiera sean conscientes de ello». Entonces me expuso que en el mercado literario faltaba una novela que hablase de J.C., Dios hecho hombre, Alfa y Omega de la Historia, Principio y Fin por quien todo fue hecho y que es Rey, como respondió a Pilato cuando este quiso saber —porque algo en el porte de aquel hombre maltratado se lo decía— si era verdad su realeza. «Ensayos teológicos hay muchos, pero para un público entendido. Sin embargo, novela…».

Regresé a mi casa con el hormigueo ante los sucesos que parecen refundar nuestra vida. Una novela sobre Jesucristo destinada a lectores que no sepan nada de Él, o que lo que conozcan sean apenas unos apuntes, unos tópicos incluso. Una novela sobre el único ser humano que ha vencido a la muerte y que, por tanto, vive en cuerpo y alma, en humanidad y divinidad, eternamente. Una novela con la que —y eso sí que se queda muy por encima de mis limitadísimas posibilidades— su protagonista pudiera hablar al corazón del lector que lo ignora todo o casi todo acerca de la única persona capaz de dar sentido a las alegrías y sinsabores, ya que nos proyecta a una dimensión —la de correr su misma suerte: vivir para siempre— en la que todo cobra un sentido de justicia que dará respuesta al hambre y al miedo, al dolor y a la ruina, a la enfermedad y al fracaso, al grito enmudecido de todos los inocentes, que serán recibidos y tratados como primeros frente a los causantes de todos sus males y humillaciones.  

En estos siete años han pasado muchas cosas. Entre ellas la sucesión de distintas Jornadas Mundiales de la Juventud: cientos de miles de jóvenes —muchos de ellos hijos del neopaganismo—, millones si nos ponemos a sumarlos, partieron en busca de ese encuentro personal con J.C. porque es cierta el hambre de Dios. Y entre tanto, los meses de estudio, la búsqueda del modo con que encarar semejante novela, el empezar, volver a empezar y empezar de nuevo, y más estudio, y redactar, y superar el miedo, y caer en la decepción de que sobre Jesús ya está todo dicho y descubrir, poco después, que Él nos habla a cada uno, por lo que quienquiera que se le acerque con rectitud de corazón encuentra respuestas nuevas y asombrosas.

J.C. El sueño de Dios ya está en las librerías de España. Y yo me siento, como pocas veces, feliz y pequeño, muy pequeño.

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