11 mar. 2019

En el estrambote de la infancia hay un lugar destacado para los oficios, mediatizados por los vaivenes sociales. Si hace unas generaciones los chicos aseveraban que de mayores iban a ser toreros, soldados o mineros, y las niñas se contentaban —en un espíritu muy positivo, estoy convencido— con anhelar un determinado número de hijos (que nunca bajaba de seis) para los que ya tenían decididos sus correspondiente sexo y el nombre con el que cristianarlos, hoy la cábala de profesiones va por otros derroteros, en los que abundan los aspirantes a futbolistas, cantantes, probadores de videojuegos, modelos de pasarela o líderes momentáneos de las redes sociales. 


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Revelo de cuando en cuando —con la sensación de que a nadie le interesa— cuáles fueron las casillas de mis deseos infantiles. Era una colección un tanto anárquica, ya que aquellos oficios no tenían relación entre sí, lo que entra en la lógica de lo ilógico que reina en la mente de un niño: aventurero, dibujante de tebeos, payaso, misionero en África y matador de toros. No hubo espacio para lo que después me ha tocado ser: escritor, que es lo mismo que decir juntador de palabras, vendedor de fantasías, una ocupación de esas que las madres solían describir con menosprecio ante sus hijas en edad de merecer: «todo un muerto de hambre».

Constato que mi devenir está salpimentado con lascas de aquellos ensueños parvularios. No soy aventurero (oficio de por sí atractivo pero inexistente), aunque me despierto con la seguridad de que mantenerse en pie no deja de merecer su canto de epopeya. Tampoco dibujo tebeos, pero dedico muchas horas apasionantes al lápiz, el pincel y las gubias, frutos de aquella afición alimentada desde niño que viene a demostrar que no hay nada más trágico que un menor de edad aferrado a un dispositivo electrónico. Respecto al payaso, es demasiado fácil hacer un chiste fácil, incompatible con la admiración que manifiesto por el circo, arte de artes nobles, incluido el emocionante juego con las fieras que alcaldesas y alcaldes —dictadores del buenrollismo— han decidido prohibir bajo amenaza de sanción. Las misiones las dejé en manos de mujeres y hombres heroicos, tocados por el dedo de Dios. Yo no pude volar tan alto. Y los toros siempre desde la barrera, pero con la pasión del buen aficionado. 

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