15 mar. 2019

Nada me produce mayor rechazo que un cristiano triste. No me refiero, claro está, a aquellas personas que están pasando un mal momento —incluso una mala época— por razones subjetivas (una depresión endógena, sin ir más lejos) u objetivas (la ausencia de un ser amado, el fracaso profesional, la errada trayectoria de un hijo, la asimilación de una enfermedad grave, un dolor corporal persistente, etc.). Hablo de los tristes cristianos, que diría aquel, que consideran que el suspiro lastimoso, la suma de penas, el desprecio a lo contingente y el gesto vencido son lo esperable en un bautizado, como si prefirieran la negrura tópica de la Cuaresma y el ayuno del Viernes Santo al gozo de la Resurrección. Quizá no sean conscientes de que, queriendo o sin querer, son la caricatura de la que hacen burla —tomando injustamente la parte por el todo— los ateos, aquellos que no solo no creen sino que no están dispuestos a creer, y que entre sus principales fobias destacan a la Iglesia (distintos son el agnóstico de buena fe y el indiferente a las cosas de Dios). 

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Un triste cristiano, un cristiano mustio, un cristiano obsesionado por lo malo, por lo pecaminoso, por la deuda, por el deber… suele fabricarse un enemigo colectivo de términos vagos: la gente, la sociedad, el mundo… para ocultar la cabeza bajo el ala, como si en esa postura gallinácea fuera a evitar el impacto de las balas. Todo, absolutamente todo —piensa y dice con convicción— está contra lo divino, que es lo mismo (o eso cree) que decir que está contra él. Un triste cristiano repasa con obsesión, una y otra vez, el listado de las cosas negativas, apretando el arco de las cejas para dar —y darse— lástima. El mundo está perdido, asegura, pues se ha rebelado contra el Cielo, por lo que solo cabe esperar el cumplimiento de los pasajes más terroríficos del Apocalipsis (el triste cristiano no sabe —o no quiere saber— que el libro de Juan que cierra el Nuevo Testamento es, sobre todo, un canto de esperanza). 

Le repugnan las leyes que despenalizan y permiten el aborto (¿a qué persona bien informada no le duele la universalidad de semejante crimen neonatal extendido por el mundo?), pero desde una perspectiva de capitulación, de «hemos perdido la guerra», sin aceptar el gozo por cada vida salvada, por cada niño que rompe un primer llanto. Muchos de ellos, además, se dejan el corazón enganchado en el gatillo de esa arma feroz, terrible, aliviándose para no tener que cambiar las coordenadas en un sí a la vida, que es un sí a la familia, a la seguridad del hogar, a la inocencia de los pequeños, a la búsqueda de modos atractivos de transmitir el valor del amor humano, que es incompatible con la división, la deslealtad, la infidelidad y… la infelicidad.

A propósito de los abusos sexuales que están saliendo a la luz, cometidos por algunos clérigos y religiosos —algunos miembros de la jerarquía católica— contra menores de edad o mayores sometidos por la fuerza de una autoridad utilizada con perversión, los tristes cristianos sienten un honroso dolor a causa de la gravedad de los delitos, el daño de las víctimas, el escándalo y las heridas con las que ha sido maltratada la Iglesia, pero se nublan en su tormento moral sin contar con la promesa fundacional de Cristo, cuando advierte a Pedro que la fuerza del Mal no se impondrá sobre ella, porque Él la sostiene. A cambio, como si les gustara la hiel, rebuscan por las redes cotilleos de catedral, murmuraciones de sacristía, dimes y diretes de sotanas, estolas y solideos.

A veces me falta la fe, de tal manera que también me convierto en un triste cristiano que prefiere la queja al abandono, el miedo a la confianza, la pesadumbre a la paz, el pesimismo al optimismo. Entonces busco entre mis libros los apuntes íntimos de los santos, su vivir apasionado. Los leo y los medito. Después ruego. Y respiro tranquilo, aunque a veces no sea capaz de dibujar una sonrisa completa.

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