8 nov. 1995

Desayuno con la radio. Primero las noticias y después una tertulia con invitados a los que, día a día, se les reconoce la voz. Como si la noche supusiera un paréntesis con el mundo, la radio me devuelve a este fragor de hombres capaces de todo. Parece increíble que, en las horas en que uno sólo está para sus sueños, la actividad del hormiguero común no disminuya. Un titular sorprendente sustituye a otro cada mañana, y se suceden nombres otrora relumbrantes que han de declarar sus presuntas culpas en las salas de la Audiencia Nacional. Se intuye por detrás una cortina de traiciones, de aduladores reconvertidos en testigos de fechorías, de zancadillas y puñaladas traperas. A veces me pregunto, mientras revuelvo el Colacao, qué les quedará a todos esos personajes que han forjado sus triunfos en la mentira. Da la impresión de que el honor se ha devaluado, que los principios por los que se ha de destacar un hombre de responsabilidad pública -un hombre de bien- se han destruido, y se cambia amistad por camaradería, fidelidad por oportunismo, amor por complacencia, alegría por cachondeo, generosidad por despilfarro...

En esta época donde la mentira parece sustituir a la verdad, época en la que los grandes personajes del país pasan las horas inquietos por si sus fieles desvelan sus irregularidades a la prensa, quisiera dedicar unas líneas a la amistad, porque estoy seguro de que la amistad existe y que está muy lejos de los chanchulleos que describen los periodistas.En una de esas tertulias matutinas, los invitados quisieron empezar el espacio con una buena noticia. Fue el día del triunfo de los ciclistas españoles en Colombia, y ésta fue la única buena nueva antes de que aparecieran los inculpados por el caso GAL y su larga lista de sospechosos. Sé que lo particular no es noticia, que no podemos pretender que la radio dedique sus emisoras a contar lo mucho que se quiere una pareja que se acaba de casar, o el orgullo de un padre que apostó sus ahorros por el éxito de su hijo en una universidad privada y recibe la noticia de que ese joven ha encontrado su primer trabajo. Me imagino que también es impensable un periódico que dedique sus espacios a estos asuntos, no podemos pretender que las historias cotidianas sustituyan a la actualidad nacional. Sin embargo, necesitamos de vez en cuando un respiro, para darnos cuenta de que se habla, se sospecha, se acusa y se condena a unos pocas personas, aunque pertenezcan a la cabeza de la pirámide del Estado.

Puede que al lector lo que le interese es el paradero de los documentos del CESID, o las responsabilidades por el trajín de Mario Conde. A lo mejor, la señora que adecenta su casa antes de salir para el trabajo, desea tener los últimos datos sobre el incierto panorama político y por eso sintoniza la radio. Sin embargo, hace unas semanas entrevistaron a Carlos Arguiñano en la televisión y en mi oficina todos hablaban del talante humano de este gran comunicador, que reconocía el éxito de sus programas sin renegar de su familia (seis hijos, por cierto), ni de su cuadrilla de amigos de toda la vida.

En estos tiempos, tener amigos de verdad supone un lujo. Es fácil la camaradería del trabajo, contar con gente dispuesta a una noche de copas y risas fáciles. Pero no es tan sencillo disponer de amigos firmes, rectos en sus juicios y exigentes. Así nos va. La fidelidad no es palabra de moda, lo duradero nos asusta y de esta forma entendemos que al amor no le ha de atar el compromiso, de la misma forma que a la amistad no hay que enrollarle cadenas: lo cabal, piensan muchos, supone no ir más allá de nuestra paciencia. Y los amigos se pierden a la velocidad que uno cambia de gustos.

Tal vez la amistad sea mi única fortuna. Cuento desde que soy niño con buenos amigos. Nos conocimos en el colegio, donde el valor del compañerismo tenía mayor importancia que los conocimientos del lenguaje y las matemáticas. Los resultados lo atestiguan: hoy necesito una calculadora para dividir entre dos cifras, mas nunca me olvido de contar con mis amigos para cada una de mis decisiones. En el colegio también nos educaron para no conformarnos con lo que teníamos, había que ir a más. Los amigos no deben ser pocos y seleccionados: debemos tener un espíritu abierto, deseos de conocer nuevas vidas, distintas experiencias y modos de pensar. Tal vez uno se arriesgue demasiado cuando se amplían los jugadores de la mesa, y es cierto que aumenta el peligro de una deslealtad, pero es una apuesta que merece la pena, a juzgar por los frutos que se consiguen de una amistad sincera.

A la vez que los personajes de la tragicomedia española reciben el pago del desprecio por parte de ese montón de gente que les ofrecía las mejores cenas para pavonearse de una pretendida amistad, los buenos amigos resisten viento y marea porque no tienen necesidad de presumir de nada. Necesitamos de los amigos; hacer la carrera de la vida en solitario es un aburrimiento, tiene que existir alguien a nuestro lado con el que intercambiar experiencias, al que advertir de la conveniencia de una decisión u otra, personas ante las que no precisemos de la careta del interés, ante las que nos reconozcamos por lo que somos y de las que sintamos la exigencia de mejorar.

Mis amigos, recién terminados los estudios, se enfrentan por vez primera al mundo laboral, que tampoco es inmune al oportunismo en el que vive el país. Acaban de constituir unas reuniones semanales en las que se analizan las virtudes que han de acompañar a un hombre del siglo XXI, en contraposición a lo que se estila desde hace años. Están convencidos de que hay que rescatar viejos valores, o formularlos de nuevo, para dejar en el olvido el fruto de estos decenios de caricatura, en los que el concepto de ser humano se ha cambiado por un montón de escoria que casi siempre huele a dinero. Hace unos días, uno de ellos, que trabaja en el ámbito del turismo, me contaba cómo se zafó de preparar un viaje a un grupo de profesionales que desean ir al Caribe porque se ha convertido en el burdel más fácil del planeta; es el premio que les concede cierta marca por ser intermediarios fieles y constantes de sus productos de laboratorio. No sé si mi amigo se jugó su primer puesto, qué más da. Me basta con saber que el día que yo tenga un problema, una duda sobre la conveniencia de mis actuaciones, sabré a quién acudir.

No estoy conjurando un idealismo inalcanzable. Los amigos son, a fin de cuentas, con quienes más risas compartimos. Pero, también, una escuela donde aprender los misterios de esta vida caprichosa. El otro día soñaba por la calle con todo lo que haría si me tocase la lotería (casas, viajes..., uno tiene sus debilidades). En el buzón de casa me esperaba la carta de un amigo que se ha marchado a vivir fuera, y me hablaba de su nueva vida, de sus sueños, de sus recuerdos, de su familia y de todos los que formamos un grupo inseparable que, de cuando en cuando, se escapa al mar o al campo para bromear y descubrir que hay otra vida, ajena a la sucia intriga que muestran los telediarios. Esa carta era como un boleto premiado con el Gordo de Navidad.
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