26 abr. 1996

Una de las mejores escuelas que he tenido para conocer ciertos entresijos de la sociedad en la que me muevo, fue mi trabajo como camarero de un elegante catering. Tuve la oportunidad de codearme con lo más selecto del panorama político, financiero, artístico y cultural de España. Digo codearme, porque casi todos mis contactos no iban más allá de apuntar la forma en la que gustaban el Martini a estos personajes.

A mis dieciocho años -que fue cuando empecé con lo de la chaquetilla y el guante blanco- corría el rumor de que lo mejor de las fiestas y las bodas de la gente elegante eran las doncellas. Todas pertenecían a buenas familias, y veraneaban en lugares "in". Niñas guapísimas de modales exquisitos. Algunas, hijas y nietas de aristócratas que, sorprendidos por la evolución de los tiempos, asistían a un cambio radical de papeles. Total, que me inscribí como camarero potencial en una empresa de catering, dispuesto a conocer los entresijos del servicio.

Cuando recibí la primera llamada, estaba seguro de que lo de pasar bandejas era coser y cantar. Engominado y con los zapatos bien limpios, me presenté en la puerta de una urbanización de Madrid. La señora de la casa no dudó de mi experiencia, me llevó al comedor y señaló un lugar preferencial en la mesa.

-Allí se sentará el padre del Rey.El corazón me dio un vuelco. Aunque nunca se me ha dado bien mentir, disimulé cierta presencia de ánimo hasta que la señora subió a su cuarto. Entonces, tuve que confesar a las muchachas de la casa que jamás había trabajado de camarero. Aquellas dos chicas podrían haberme delatado a sus señores, con el perjuicio consiguiente para la empresa. Sin embargo, fueron los ángeles de la guarda de aquella noche. Simulamos la mesa de los invitados en el planchero. Una de ellas hacía del Conde de Barcelona mientras la otra me mostraba la forma de quitarle y ponerle el plato. Fueron tan buenas maestras que salvé la velada con bastante dignidad, a juzgar por la sonrisa de agradecimiento de Don Juan cuando abandonó la casa.

A partir de entonces, se enriqueció mi aprecio y respeto por las chicas de servicio. Gracias a las ofertas del catering -les pasaron un buen informe de mi primer trabajo-, conocí situaciones bien diferentes: desde la vieja cocinera que había gastado la vida junto a una familia hasta formar parte de la misma, hasta la peruana que todavía no ha logrado traducir las formas de vida de Occidente. Lo más divertido de aquellos convites, era cuando los señores daban por finalizado nuestro trabajo y podíamos cenar con calma en la cocina. Sin guantes, con el botón del cuello desabrochado y alguna de las viandas de la cena en el plato, aprendí lo que supone abandonar tu país y entrar en el microcosmos de una casa de gente bien.

En un cocktail de cien personas, aparecí con una bandeja repleta de copas ordenadas según su contenido. En un instante, los invitados se hicieron con unos whiskys, sin reparar que al retirarlos del borde derecho, me descompensaban el peso de los vasos. Ante la mirada divertida de la chica de los Andes, tuve que utilizar mis pobres habilidades de equilibrista a lo largo del salón. ¡Cómo se reía luego!, mientras me cambiaba en el office las copas por una inofensiva bandeja de canapés.

Otra noche, al pasar una fuente de pato a la naranja a una empresaria del mundillo de la moda, puse el oído en la conversación de un comensal sobre las más esculturales modelos del momento y me distraje, sin reparar en que la bandeja se escoraba con indiscrección sobre el escote de la dama. El resultado fue catastrófico: le empapé de salsa, manchándole un vestido de miles de quilates y sufrí un broncazo del anfitrión. También el consuelo de la jefa de cocinas, quien pensaba que el suceso eran sólo gajes del oficio.

El problema de trabajar de forma esporádica, es que no te empapas del día a día. Es muy agradable ofrecer caña de lomo o tartaletas de cangrejo y conocer de cerca los rostros en boga. No queda tiempo para profundizar en su amabilidad. A lo sumo, las muchachas te relatan quiénes son los comensales habituales de la familia.

La ONG en la que trabajo, que se ocupa de mejorar la vida de las mujeres en Perú, República Dominicana y Filipinas, para que no se vean en la necesidad de viajar a países desconocidos en busca de una fuente de ingresos, organizó unos cursos en la Universidad, destinados a formar profesionales en cooperación internacional para el desarrollo. Me llevé una alegría al ver que todos los alumnos eran mujeres y que, entre ellas, había una buena representación de los países del Sur. Hablamos de los inmigrantes y una estudiante de Iberoamérica levantó la mano para contar su historia. Llegó a España cargada de ilusiones pero sin papeles ni dinero. Gracias a una amiga, consiguió un puesto de trabajo como doncella, lo que le abría la esperanza de legalizar su situación en nuestro país. Pero la señora de la casa le requisó el pasaporte con el visado de turista, para tenerla a su servicio las veinticuatro horas del día. De esta forma, la chica pasó dos largos años sin salir de la casa, hasta que recibió los papeles. Al terminar su relato, alzó la mano una africana. Trabajó de muchacha para pagarse los estudios en la Universidad. Uno de los chicos de la familia se acababa de apuntar en la movida del 0'7% en favor de los países del Tercer Mundo, pero cuando regresaba de las acampadas, pedía a la negrita que le calentara la leche. Tampoco se hacía la cama, aunque llevaba muy en gala su compromiso social. Me fui de la Universidad muy pensativo, con la cabeza puesta en los rostros de todas las chicas que conocí en mis chapucillas como camarero. Recuerdo que algunas dejaron a su marido y a sus hijos, a la espera de encontrarles un hueco en España. Después, me hablaron de otras historias: una familia que también ofrece cocktails en su casa, acaba de albergar a un niño peruano, huérfano y enfermo de SIDA, sobrino de una de sus muchachas. Los chicos, al volver de la facultad y la oficina, lo suben y bajan por las escaleras y lo vuelven loco de juegos en el jardín. Más tarde, supe de otra señora que aceptó todos los gastos y cuidados del embarazo y parto de la filipina que trabaja en su chalet. Y de un matrimonio de ecuatorianos que atienden a una anciana mientras su chiquitajo corretea por el pasillo.

Hay personas que saben recibir a sus invitados con un buen aperitivo, y quienes al aperitivo suman su gran corazón.
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