7 jun. 1996

Hoy se lleva el hombre-objeto. No sé qué pensarán sobre la materia. Algunas dicen que ya era hora de fuéramos nosotros los que enseñaran las cachas para vender perfumes. La verdad es que nos viene muy bien la sensación de bochorno, así nos daremos cuenta de que la alegre muchachita que corre sin ropa por el anuncio, más que engrandecer las virtudes de la mujer, hace de ella una caricatura. Es lo que razono cada vez que veo desde el autobús la publicidad en las paradas, en la que unos señores con aire de masculinidad, se disfrazan de Adán para vender calcetines. Debe ser que los fabricantes han descubierto que quien compra calcetines para el señor de la casa es la mujer, hermana, novia o amiga, a juzgar por el contenido del pasquín. No encuentro otro sentido a la exhibición de jamones: o compran las mujeres, o es que los calcetines de hombre están diseñados para un segmento demasiado rebuscado de la población masculina.

A mí, lo que me parece bien es que los hombres-objeto sean los toreros, más si portan sobre sus espaldas una historia cargada de sangre y triunfos. Me arrolló una avalancha de mujeres en el patio de cuadrillas de la Real Maestranza cuando llegó Francisco Rivera con su cuadrilla. Bien, para eso se juega la vida de una forma bizarra ante los ojos de miles de espectadoras. El valor y el arte son buenos seductores. Pero lo de tener que enseñar las intimidades para ganarse la atención del público demuestra poca imaginación, si lo comparo a los millones de pares de calcetines que vendería un anuncio con la sonrisa del hijo de Paquirri. Porque tampoco se trata de que los modelos sean hombres gordos, feos y arrugados; también mi hermana prefiere una foto de Miguel Bosé a siete autógrafos de El Fary, por muy simpático que nos caiga. Cuestión de armonía, y que nadie justifique los anuncios de ropa interior con la estética, porque se reirían a carcajadas los propios artistas griegos que divinizaron al cuerpo humano: pensar en el Discóbolo con medias blancas es como imaginarse a la Maja de Goya con un bikini de Mickey Mouse.
Desde siempre he sentido un gran respeto por las mujeres que luchan por sus derechos. No me refiero al feminismo trasnochado de manifestación y lenguaje soez, sino al trabajo comprometido en favor de la dignidad. Creo que los hombres tendremos que organizar movimientos paralelos en defensa de nuestra imagen si los gurús de la publicidad, la televisión y el cine se empeñan en rentabilizar sus inversiones mediante el fomento del hombre-objeto que, según intuyo, lo que le sobra de músculo le falta de materia gris.

Hay una marca de alcohol que se vende entre un público poco dado a los esteticismos. Ha lanzado el contragolpe al tío de los calcetines: animan a obesos, narizotas y endebles, a que consuman su bebida, diseñada para <<gente sin complejos>>. Que los gimnasios se echen a temblar si triunfa esta campaña.

Una gitana que se gana la vida rascando monedas a los turistas del barrio de Santa Cruz, en Sevilla, entró en una taberna donde tomábamos unos vinos. Es una gitana espabilada, que con su gracioso deje consiguió que le comprara un clavel para regalar a una de mis amigas. Me vio presa fácil: después del clavel, la lectura de la mano. Invocó a sus espíritus y me auguró un futuro plagado de aventuras amorosas y dinero fácil, a lo "Sensación de vivir". <<Vaya -pensé-, me salió con lo del hombre-objeto>>. La vieja calé sabe lo qué se lleva: aspirar a una vida con infidelidades por aquí y por allá, sacándole al cuerpo su máximo rendimiento. Me había hecho tontas ilusiones en las que me anunciaría el título de la novela con la que ganaré el Premio Planeta, pero creo que las videntes no sirven para estas cosas. La gitana que lee la buena ventura en los callejones de Santa Cruz, no puede hacer otra cosa que tirar del repertorio de las vidas-objeto. A lo mejor, si con un cliente se inventa un futuro cargado de ideales, le quitan los claveles, el dinero y hasta le denuncian por estafadora.

La idea de los chicos JASP, una máquina de hacer dinero para importantes firmas comerciales, ha sido uno de los detonantes de esta pseudo-cultura. Desde que se relacionó la independencia y la genialidad de la juventud a las caras guapas, los cuerpos bonitos y un bólido verde metalizado, todo vale. No me explico de otra forma la proliferación de tanto descerebrado que pretende ser paradigma de los hombres del nuevo milenio. Así vivimos, en una mezcla inquietante de consumismo, solidaridad, indiferencia y moralina.

No sé si será fácil cambiar los parámetros. Pretender que nos midan por la calidad de nuestros talentos, del trabajo de todos los días, de la ilusión por encontrar una buena mujer con la que compartir el futuro y sus incógnitas, es pedir demasiado. Me conformo con que al señor de los calcetines le presten lo indispensable para que no coja frío. No es cuestión de apostar por ideas conservadoras o progresistas, ese debate se lo dejo a los políticos, que parecen disfrutarlo. Es sentido común: si nos van a elegir por el ancho de espalda y el color de los ojos, aquí sólo se salva Schwarzenegger.
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