25 jun. 1996

Tengo una colección de sombreros a los que procuro dar cierta utilidad. Los he comprado en diferentes viajes por el mundo. Cuando llega el verano me marcho al Norte con alguno sobre la cabeza, en plan viajante antiguo. El sombrero es un artículo imprescindible para los pintores, a menos que quieras jugarte una insolación. Los llevo de acá para allá, junto a mi carpeta y una caja de acuarelas. La gente se sorprende al encontrarse con un pintor en la orilla de un río, en la plaza de un pueblo o sobre los acantilados del mar; algo inusual a juzgar por sus caras, más si el artista se cubre la cabeza con un complemento parecido a los que utiliza Indiana Jones.

La caja de acuarelas es el mejor indicador de que el verano ha llegado. Después de tantos meses pintando con luz eléctrica, no hay nada más saludable que llenar los pulmones con el aire marítimo. Además, se presenta una buena ocasión para trabar amistad con los lugareños y con los veraneantes, aunque hago todo lo posible por retratar mis paisajes lejos de las rutas turísticas en las que abunda la cámara de vídeo y la lata de refrescos.

Un atardecer sobre los rompientes, se acercó un veraneante para ver mi acuarela. Dejó su cesta de pesca en el suelo y aguantó unos minutos en silencio. Después preguntó si me ganaba la vida con la pintura. A muchos les intriga este asunto, creo que no comprenden que se puedan dedicar las mejores horas de la semana a una expresión artística sin que medien unos cuantos billetes. La respuesta me sale de forma mecánica, <<se hace lo que se puede, pero pinto por afición>>. <<Si me pagaran la afición, me pasaría todo el año con la caña en la mano>>, añadió con un tono quejumbroso. Cuando asentí, ya no pudo detener su historia, y habló y habló de sus problemas en el trabajo, de las ilusiones que tiene depositadas en sus hijos, de lo mucho que ha luchado en la vida... Después de una hora, cuando di por terminada la acuarela sin haber vuelto a decir palabra, el hombre entrecerró los ojos con gesto de marchante, asintió con la cabeza y me dio una palmada en el hombro mientras decía: <<nos ha quedado muy bien>>.Los veranos que paso fuera de España también me acompaña la caja de acuarelas. Es un instrumento útil para comunicarse, sobre todo si viajo a algún país remoto. Una mañana, de paseo por una playa del Océano Indico, encontré una cala en la que se hundían las raíces de un baobab. Los colores del arrecife y la sombra que proyectaba el árbol invitaban a pasar unas horas trabajando sobre el papel. Cuando tenía la pintura casi terminada, vi a un grupo de niños que llegaban por la orilla. Eran buscadores de conchas y estrellas de mar, que luego venden a los turistas en el mercadillo de la aldea. El mayor, que tendría seis años, detuvo la caza y se acercó hasta mí con cierto recelo. Le saludé en su idioma -era la única palabra que conocía de aquella jerga africana-, mojé el pincel en una pastilla marrón y tracé cinco monigotes sobre la acuarela. Enseguida se distinguió, llamó a los demás y me rodearon. Señalaban al dibujo y exclamaban ininteligibles palabras mientras se desternillaban de risa.

De vez en cuando hago un repaso de mis trabajos de verano. Como me han supuesto cierto esfuerzo, traen su historia unida al dibujo y a los colores. Lo mío es la pintura; no encuentro otra forma de descansar. Si me empeño en no hacer nada, me aburro. Creo que hay que potenciar las aficiones. He escuchado a más de una mujer decir que teme el día en que llegue la jubilación de su marido, porque sabe que éste no encontrará forma de entretenerse. La gran prueba para dos que se quieren no es, en muchos casos, el momento de la distancia, sino todo lo contrario: resulta más fácil sobrellevar un día a día en el que sólo se comparten unas horas, que llenar una jornada detrás de otra sin obligaciones.

El último verano, me invitó la familia de un amigo a pasar unos días en un pueblito de Cantabria. Aparecí como si fuera un personaje de Evelyn Waugh, sombrero en ristre y maletín de pinturas en la mano. Pero con veinte personas en el caserío era imposible dárselas de bohemio. Fueron unas vacaciones con abuelos, padres, hijos, nietos, amigos de los hijos y perro. Total, que cambié el hobby de las acuarelas por recoger la leche en el establo de un pasiego antes del desayuno, tempraneras excursiones a la playa con los niños (flotadores, tablas para las olas, toallas y bocadillo), comidas por turnos -¡no cabíamos en el comedor!-, y algunas noches de chunda-chunda en las fiestas de los pueblos vecinos.

La jefa de esta familia -que es una madre creativa-, ha inculcado a sus hijos y nietos que el verano es un buen momento para descubrir aficiones. En sólo unos días practicamos el golf en el prado vecino, salimos a pescar, bajamos el río Deva en piragua, leímos a ratos, organizamos tertulias nocturnas con juegos para todas las edades, también excursiones de arte y gastronomía y tomé algunas notas para futuros libros. Fue un auténtico descanso donde no paramos de hacer cosas y en el que, desde luego, no envidié las ofertas de vacaciones que promocionan algunas revistas para gente joven: maratón de discoteca bakaladera y ligoteo a ciegas, hasta que el cuerpo aguante.
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