4 oct. 1996

Además de las poéticas lecturas que se pueden hacer del otoño -lo de la caída de las hojas y los paseos con la novia debajo de un mismo paraguas-, lo cierto es que la nueva estación despide por un año al calor y al tiempo de vacaciones. En otoño los estudiantes estrenan aulas, asignaturas, libros, profesores y la esperanza de no quedar tan mal parados como en el curso anterior. Los que trabajamos, sabemos que también se nos acabaron las jornadas intensivas de verano y las pagas extraordinarias y que hasta la llegada de las luces de Navidad, casi no tendremos excusa para romper la monotonía.

Si somos honestos, reconoceremos que a ninguno nos resulta fácil el comienzo del nuevo curso. Cuando éramos niños, al menos guardábamos la ilusión de volver al colegio para encontrarnos con los compañeros que queríamos tanto. Con los años, ni siquiera eso, porque en la oficina no hay recreos para jugar con nuestros colegas a polis y cacos, sino que se vive en un tira y afloja que, en el mejor de los casos, dura ocho horas cada vez mejor exprimidas pero menos valoradas. Luego, las amas de casa padecen el drama de los uniformes de los pequeños y del material escolar, que cada vez es más caro.

Si sentencio que la vida es dura, no descubro nada nuevo. Parece que los buenos momentos -las últimas vacaciones, por ejemplo-, transcurren en un instante, y no parece justo el esfuerzo de once meses para que el disfrute se pase tan rápido. Lo mismo ocurre con los fines de semana: desde el lunes ya estamos pensando en los días que nos quedan para volver a hacer lo que de verdad nos apetece, mas luego lo bueno desaparece en un visto y no visto.Qué limitados nos volvemos cuando nos dominan los pensamientos que acabo de enumerar. Sin embargo, vivimos con el corazón puesto en el futuro, en un futuro pintarrajeado de colorines, lejos de cualquier obligación. Una vez le pregunté a un ilustre banquero cómo conseguía mantenerse por tantos años en la cresta de la ola financiera sin desgastarse, siempre con la misma aparente ilusión en cada una de las tareas que dependen de su cargo. Me contestó que desde que le nombraron director del banco, hace todo lo posible por desligarse de la gente pesimista, aquellos que viven en un continuo descontento, seguros de que la vida es dura, que los buenos momentos son siempre pocos y breves y todas esas monsergas. <<Esos hombres son capaces de dar volteretas los sábados con tal de pasarlo bien, pero en cuanto llega de nuevo el lunes, recuperan su cara larga y el abrumador saco de pensamientos luctuosos, y acaban por desmotivar a sus compañeros y al mismo equipo de dirección>>.

Creo que en determinados momentos de la vida es bueno hacer un balance de lo bueno y lo malo, de las metas alcanzadas y de lo que aún nos queda por conseguir. Estoy seguro de que cualquier persona, al detenerse en este examen, podría sentirse satisfecha de sus resultados. A lo mejor todavía no ha triunfado en sus sueños profesionales, o no ha viajado a todos los países que merecen la pena ser visitados, o tuvo que renunciar a algún merecido descanso a causa de su madre enferma o de aquel hijo que no da más que disgustos. Sin embargo, qué grande puede ser la cuenta de sonrisas, de cafés compartidos con las compañeras de despacho, de viernes de cine junto a la persona que quieres, de fines de semana con los hijos, aprovechando cada milímetro del parque para que puedan jugar, de libros con los que volar a cada uno de esos países sublimados...

Cuando voy al trabajo, para cargar los ánimos canto a pleno pulmón sobre la moto, por fría que sea la mañana y mucho que desentone mi garganta. Al detenerme en los semáforos, me gusta fijarme en los coches de alrededor y descubrir que hay un hombre, una mujer, que también canta o sonríe mientras escucha la radio. Pienso que, después de disfrutar del verano, se hicieron dueños del otoño.
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