20 nov. 1996

España es el país de los homenajes póstumos. Casi todas las celebridades de la cultura, el ocio y la política tienen pensado un epitafio para su tumba, como si tal cursilada fuera a perpetuar su memoria con mayor fuerza que el trabajo de toda una vida. A mí lo de los epitafios me da la risa, porque se leen tales frases que parece que en vez de huesos y polilla, lo que hay enterrado es un lingote de oro. Además, los epitafios nunca debería elegirlos el fiambre, sino aquellos que le acompañaron. Es decir, si muere un político tendrían que reunirse sus seguidores con sus detractores y escribir la frase redonda, porque a la hora de la muerte no hay discusión, todos los finados han representado un ejemplo de tolerancia y buen hacer, cuando en vida se les acusaba sin descanso de tal o cual abuso. En fin, que Pasionaria, marxista hasta el instante en el que murió, pasó a ser santo de devoción hasta de los hijos de la derecha, y a Gregorio Ordóñez se le reconoció de una vez para siempre la categoría de su valor generoso y espartano cuando una bala cobarde fulminó su vida.

No sé si el pecado nacional es la envidia. Si reflexionamos, abulta más la mentira, arma que utilizan con mayor o menor sutileza casi todos los poderes públicos, incluida la prensa. Sin embargo, la envidia menoscaba la proyección profesional y humana de muchísimas personas. Basta con introducirse en una oficina: unos comentan que fulano está donde está por sus tejemanejes. Envidia. O en el mercado: unas aseguran en la cola de la pescadería que mengana no paga la hipoteca de su casa y sin embargo luce un abrigo de visón. Envidia. O entre amigos: comentan que a aquel le va bien su matrimonio porque es un calzonazos. Envidia. No digo que las situaciones que acabo de describir no sucedan, que suceden, pero a veces nos falta elegancia y humildad a la hora de reconocer que fulano ha alcanzado tal puesto en la empresa porque trabaja con responsabilidad y acierto, o que mengana luce un abrigo de visón porque a su marido le van bien las cosas y tuvo ese detalle, o que aquel disfruta en su matrimonio porque quiere mucho a su mujer y jamás se ha permitido una tontería que pueda repercutir de forma grave en la felicidad de su familia.
Cuando Miguel Induráin perdió el Tour, supuse que le caería encima un saco de desprestigio. Un misterioso indulto transformó su relativa derrota en un homenaje por todos estos años de constancia. Meses más tarde, la radio anunció que abandonaba la Vuelta a España en mitad de una etapa. Pensé que ya no se salvaría del desprecio general. Más el homenaje constante del que viene disfrutrando desde hace más de un lustro no cejó. Todo eran titulares de ánimo, frases de apoyo, comprensión y aplauso. ¿Quién lo entiende?

Lo mío no es el deporte. Me aburre, lo reconozco. He probado casi todos con muy mal estilo y sin ningún afán de superación. En concreto, el ciclismo me parece el más plúmbeo y si alguna vez tengo ocasión de dar una cabezada después de comer, busco el canal de televisión que retransmita alguna carrera de bicis. Por estas razones, el juicio que tengo sobre Induráin no puede ser más neutral: su trabajo me parece un suplicio. Pero he viajado por el mundo de punta a punta, y ser compatriota de Miguelón me ha servido para recibir más de una sonrisa. Y no es sólo por los trofeos que colecciona en su casa, sino por la sencillez de su vida. Tiene cara de navarro muy navarro, y no la oculta. Cada vez que su patrocinador le hace filmar un anuncio publicitario no disimula su falta de glamour, y siempre que les han preguntado a él o a su mujer por sus preferencias, reconocen que por encima de la bicicleta, de los millones y la fama, está la familia, el pueblico de Villaba, los amigos y Dios.

Desconozco los planes de Miguel Induráin. Sea cual fuere el rumbo que decida tomar, queda la estela de estos años en los que ha sido el rey del deporte y un ejemplo de buen vivir. Aunque no le conozco, le deseo la mejor de las suertes y me atrevo a ofrecerle un consejo: que jamás piense en su epitafio, porque ya tiene un lugar incorruptible en la Historia.
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