6 dic. 1996

Los turistas se suelen hacinar alrededor de las mamparas que ofrecen postales con vistas panorámicas de la ciudad o del país que visitan. Tardan un tiempo en elegir diez o doce tarjetas con las que sorprender a sus amistades con el <<yo estuve allí>>, sin tener en cuenta que las postales mitifican las ciudades y países mediante fotografías tratadas con filtros que transforman lo habitual en escenarios de Hollywood. Me pregunto por qué ese afán de elegir cada imagen distinta -a veces hasta reclamando en el mostrador porque no hay suficientes modelos-, pues los destinatarios de seguro no se las intercambiarán entre sí. Es como lo de los regalos: llega Navidad y todo el mundo se devana los sesos para encontrar diez, veinte y hasta cincuenta regalos distintos: para la familia, para el dentista, para los vecinos y hasta para el asesor financiero que raspa nuestra declaración.

No es lo mismo una postal que un regalo: no se le puede obsequiar con un neceser con colorete a nuestro médico de cabecera por la pereza de buscar algo distinto cuando comprábamos el regalo de nuestra sobrina, aunque con el florecimiento de "La tienda en casa", "Superprecios" y "Comprebién", donde si te llevas ocho objetos te cobran el valor de dos y encima te dan una almohadilla arrea-masajes para las cervicales, la vida se está convirtiendo en una lluvia de regalos sorprendentes. Sin ir más lejos, a don Ulpiano Castor, mi vecino, que fue subsecretario en la época de Franco, le obsequiaron con una correa eléctrica para rebajar cadera. No es que don Ulpiano se tenga que cuidar la línea, sino que su asistenta compró unas toallitas en el "Comprebién" y le adjuntaron la nombrada máquina para limar grasa. La mujer probó por curiosidad la correa eléctrica sin leer ningún prospecto y, claro, al día siguiente tenía los muslos cubiertos de quemazones. El invento fue a parar a don Ulpiano, con eso de que era el aniversario del Día de la Victoria y que todos los años lo celebra con un habano mojado en anís. El hombre pasa las horas contemplando la máquina, dándole vueltas si a doña Catalina, su difunta esposa, le parecería decoroso que abra un gimnasio, porque algo habrá que hacer con el dichoso invento. <<La cinta no es para mí>>, reflexiona, <<como lo intente se me parte la prótesis por la mitad>>.Luego están aquellos que, por encima de todo, buscan la originalidad, un toque de distinción en sus regalos que denote la consistencia de su buen gusto. La suegra de un conocido recibió un diploma en un cursillo de decoración. Se lo dieron por pagar la matrícula, pienso, pues según su yerno la casa de sus suegros es como el museo de los horrores. Esta buena mujer decidió sorprender a sus amistades con un regalito especial que recogiese la experiencia de las semanas que había pasado entre muebles y telas. Visitó la planta de lámparas de unos grandes almacenes y compró una colección de apliques que al mismo vendedor le daba la risa cuando los envolvía. Un par de lamparitas cayeron en las manos de mi conocido durante la cena de Noche Buena, y casi se le corta la digestión. Para que su suegra disfrutara del besugo, realizó todo tipo de loas a los apliques que, por si acaso, encerró bajo llave con el consentimiento de su mujer nada más entrar en casa. Acordaron que los pondrían en la mesilla de su dormitorio sólo cuando la suegra viniese de visita.

El día de Reyes, ante la amenaza de una merienda en su propia casa, escondieron la lámpara habitual debajo de la cama y colocaron los dichosos apliques deprisa y corriendo. La suegra apareció con un roscón y cierta ansiedad por ver el lugar elegido para su regalo. <<Tenemos las lamparitas en nuestro dormitorio, que ahora parece otra cosa, no sé, como que tiene señorío. Te van a chiflar>> le mintió su hija. <<Da la luz, Paloma, para que tu madre vea qué bien quedan>> le indicó mi conocido a su mujer. De repente, se encendieron un par de bombillas debajo de la cama.

La suegra se llevó tal berrinche que juró no regalar jamás otra cosa que fruslerías de "Todo a cien". Su yerno abandonó el pedestal de <<hijo tan querido>> y la mujer de mi amigo tuvo que buscar unas sales con las que reanimar a la madre ultrajada.

En conclusión, cuando llega la época de los regalos, no hay nada más oportuno que un libro de buena prosa. Lo aconsejo por si acaso; los riesgos no merecen la pena.
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