6 may. 1997

El malvado Darth Vader ocupa las pantallas de los cines españoles con tres películas a la vez. Ni siquiera Antonio Resines en sus mejores épocas era capaz de concentrar un triple estreno, con más de quince años a cuestas como guinda. El fenómeno de La Guerra de las Galaxias, que se ha extendido como una marea negra a los burguers, cromos y pepsi-colas, conmociona a la opinión pública, que si en cada una de las entregas de Rambo soñaba con héroes de músculos engrasados, ahora espera la llegada de la Princesa Leya y del incombustible Han Solo para vencer a las fuerzas del mal, enmascaradas en tantísimos lugares.

La remasterización de las películas de George Lucas es más que discutible, pues lo único que han agregado es una banda sonora con un volumen difícil de soportar. Pese a todo, Darth Vader mantiene su liderato entre los malos más malos de la historia del cine, que no es poco mérito. Cuando terminé de ver la primera de la serie, un poco aturrullado por los decibelios de los disparos del láser y del chocar de las espadas de luz, pensé que necesitaba un buen descanso, que no debía dejarme succionar por El Imperio contraataca hasta darme un homenaje de buen cine, de cine sin efectismos, de cine de actores, de cine de guión, de cine de dirección. Necesitaba paladear una película verdadera, lejos de los efectos especiales (que no hacen otra cosa que sacudir el corazón del espectador), y caí en los brazos de Gilda, la pelirroja más guapa que ha seducido a una cámara.
Qué diferente todo. Porque Gilda, que escandalizó a los puritanos de los cuarenta, no tiene otro secreto que un guión impecable y unos actores que no necesitaban de las carreras, los bombazos, los chistes flojos ni del exhibicionismo del cine de hoy en día para rozar la perfección. Perfección en el hilo argumental y en un erotismo sugestivo, sin alardes, mucho más interesante que cualquier escena de cama.

Tengo la sensación de que el cine está sumido en una profunda crisis. Y no porque no se hagan películas, pues basta revisar la filmografía de nuestro país en un solo año para comprender que se rueda más que nunca. Tampoco la crisis tiene que ver con la economía, pues hoy se producen las películas más caras de la historia, que -además- reportan beneficios desorbitados. Ni siquiera se trata de una crisis de actores, pues con los medios que hoy existen, Harrison Ford, Emma Thompson, Al Pacino, Meryl Streep, Robert Redford o Dustin Hoffman son capaces de borrar de un plumazo a los artistas de blanco y negro. La crisis reside en el concepto mismo del cine y, sobre todo, en la nula participación del espectador, al que se concibe como un consumidor de títulos, una boca abierta capaz de tragar todos los reclamos publicitarios.

No hay quien soporte el merchandaising que acompaña de forma inevitable cualquier superproducción de Hollywood. Hasta el Jorobado de Notre Dame (un ser de aspecto entrañable), se ha convertido en un motivo de nausea: camisas, camisetas, llaveros, gorras, bocadillos, hamburguesas, gafas de sol, zapatillas de cama, zapatillas de deporte, calzoncillos, braguitas, platos, vasos, colonias, pastas de dientes, rollos de papel..., llevan su rostro de sonrisa bobalicona, y no lo soporto más. Porque parece que primero se diseña la campaña de promoción y luego se dibuja la película, a expensas de los beneficios que aquella produzca.

El cine es otra cosa: magia, misterio, seducción, pero no una cascada de sub-productos. Los niños inteligentes ya no se creen que Mickey Mouse sea el simpático ratoncito de los pantalones rojos: ahora se lo imaginan frotándose las manos ante la gráfica ascendiente de su empresa, gritándole a Blancanieves: <<más, más, más, ¡quiero más!, y si es preciso, en la próxima película tendrás que seducir a Brad Pitt, porque nos darás millones y millones>>. Y Blancanieves, que también está metida en el ajo, solicita a Versace y a otros grandes modistos que comiencen a diseñar su lencería para las escenas tórridas, una lencería que después sea fácil de reproducir en los mostradores de los supermercados, donde los siete enanitos harán las delicias de niños y mayores. Negocio en vez de arte, dinero en vez de satisfacción creativa.
Los cinéfilos se quejan de que las últimas producciones de Hollywood recurren una y otra vez al remake de títulos antológicos para asegurarse el tirón de público. Debe de haber una competencia fiera entre las grandes productoras, que no se atreven a arriesgar con guiones nuevos. Como mucho, cambian el tiempo histórico en el que se desarrolla la acción, y lo que en su día fue un rascacielos en llamas ahora es un tifón que arrasa un pueblo o un volcán que puede con todo y con todos, menos con el guapo de siempre. No se sorprendan si para la próxima temporada el pato Donald rueda Casablanca con Melanie Griffith. El éxito está asegurado.
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