6 jun. 1997

En el parque que hay en frente de mi casa, acaban de instalar el puesto de helados. El puesto es como las canciones de Georgy Dann, el signo inequívoco de que ha llegado el verano. Porque el verano no lo descubro por los días que marca el calendario, sino por los niños que a la tarde rodean el quiosco, solicitando al heladero fantasías de todos los gustos y colores. El verano tiene forma de cucurucho de barquillo y sonido de piar de vencejo, pues sólo durante esta estación salgo a la azotea de mi casa para leer mientras el sol se oculta, momento que eligen estos diminutos pájaros para elevarse, planear y caer en picado rompiendo el oxígeno sofocado de la ciudad.

Si fuera uno de esos tipos que juegan al esoterismo, a las reencarnaciones y a todo ese tipo de firindangas, diría que me quiero reencarnar en vencejo, porque me pasaría la vida volando al refugio del calor. Como a Julio Iglesias, a mi me va la calima. Hace años disfrutábamos en familia del veraneo de tres meses y nos íbamos unas semanas a una casita a las orillas del río Duero, y cuando ni siquiera a las chicharras les quedaba resuello para cantar -de tan fuerte que apretaba el sol-, me proveía de un sombrero y de una garrota, le suplicaba al perro que me acompañase y me marchaba a caminar Duero arriba entre los cardos, con la intención de sorprender a las garzas en sus nidadas, o a los toros hundidos en el polvo caliente.
En fin, que reclamo el verano continuo, que no haya otra estación que ésta, y no para que las playas estén atiborradas -el turismo playero es de lo más antiestético-, sino por poder satisfacer mi cuenta de débitos del curso: pintar al aire libre un día sí y otro también, leer el pilón de novelas que crece y crece desde octubre hasta mayo, viajar -aunque no sea más lejos que a los trigales de Zamora- con la intención de disfrutar del viaje, lejos de las prisas que imponen los fines de semana del invierno, y tertuliar con los míos hasta la madrugada, con el firmamento como testigo.

Pero hay lo que hay. No podemos inventarnos unas vacaciones eternas, porque éstas no llegarán hasta que estemos bajo tierra... Además, con eso de que el sistema laboral no regala más que una treintena de días de descanso, las vacaciones saben mejor, como cuando sólo se comen langostinos en Navidad, que hasta te chupas los dedos. Y lo importante es que nos las merecemos, nos llegan como una medalla de oro después de once meses bregando en la lucha diaria de la oficina, de la casa, de los niños, del ministerio, de la universidad, del colegio y de todo lo que se les ocurra. Sí, disfruten de sus vacaciones con este estímulo: nos las hemos ganado a pulso y debemos hacer lo posible por disfrutarlas a ley.

¿Recetas para llenar el tiempo libre? Creo que no son necesarias. Recomendaciones, muchas: dar paso a la risa, al deporte, al aire puro, a la aventura, al arte, a los pasatiempos, a las fiestas populares, a la familia que sólo vemos de cuando en cuando, a la excursión, al bailoteo, a los niños, a los animales, al mar, a los ríos... Sobre todo, es bueno veranear sabiendo que tendrán que pasar once meses para volver a preparar las maletas, porque así disfrutaremos con más intensidad -que no significa no parar de hacer cosas, hay quien le gusta sentarse en el jardín para leer y con eso le basta-, valorando los segundos.
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