30 jul. 1997

Tintín es uno de mis más viejos amigos. Sí, amigo, tal como suena, porque cada dos o tres años nos encontramos -siempre soy yo el que sale en su busca-, y pasamos al menos un trimestre de viaje, desde el Congo colonial a las selvas guerrilleras de América Central, pasando por la asolada China, la India, una América del Norte de película de los 40, el Tíbet, Europa Central, Europa del Este, Gran Bretaña, Oriente Medio, los Andes peruanos, las islas de Indonesia, el desierto del Sahara, los alrededores de Groenlandia, el misterioso Egipto y la Rusia de los soviets.

No sé quién me presentó a este chico de edad imprecisa, que a pesar de las modificaciones físicas y psicológicas de cada álbum, no cambia de aspecto, aunque desde su primera aventura hasta la última pasen más de cincuenta años de trabajo por parte de Hergé y de su equipo. Lo cierto es que vive en mi casa desde siempre, con alguna página pringada de Nocilla, porque cuando yo era un niño estaba con Tintín en los momentos de mi merienda.Sus bibliógrafos aseguran que no sería nada del monigote belga sin los personajes que le rodean; es decir, que el capitán Haddock y el a veces repipi Milú son quienes de verdad fijan los caracteres de Tintín, porque sin ellos, sus únicos rasgos ciertos serían un afán desproporcionado de aventura y una tendencia algo mecánica hacia el bien y la justicia. Porque de Tintín no sabemos nada más: no tiene pasado ni familia, no tiene amigos de su edad, no hay ninguna chica que le guste ni un defecto predominante que le desenmascare. Ya le conocimos con su título de periodista -oficio que sólo ejerce durante sus viajes a Moscú y al Africa negra-, instalado con comodidad en la calle del Labrador junto al foxterrier, que es un poco su ángel de la guarda y un poco su Lucifer.

Tintín es un saco sin fondo de valores, tan presto a salvar a la humanidad de los planes de los enemigos más "ectoplasmas" (según vocabulario del capitán Haddock), como a no decir jamás una mentira. Este carácter, un poco ajeno a la realidad de los jóvenes de cualquier tiempo, provoca admiración y odio entre los bandidos y malhechores que cruzan por su existencia de papel, a los que, sin embargo, Tintín aprecia de una manera algo misteriosa.

Me gustaría haber sido como él, todo el tiempo recorriendo el mundo sin un instante para el sosiego, derrocando los afanes de los malvados sin sufrir desgaste, y después pasear por los jardines de Moulinsart con la compañía del capitán o del célebre profesor Tornasol. Pero, si pudiese elegir, preferiría que Hergé no se hubiese muerto, para que enfrentara a su héroe contra los peligros del mundo de hoy, desde donde partirían los nuevos álbumes.

El otro día conocí a otro admirador de Tintín, unos años mayor que yo. Tenía cada uno de los títulos en las estanterías de su despacho. Mientras hablábamos, se levantó y eligió la aventura que más le gusta, aquella en la que nuestro personaje ha de convencer a Haddock para que le acompañe en una búsqueda de principio absurda: el avión de su amigo Tchang se ha estrellado contra los macizos del Tíbet y Tintín siente la corazonada de que no ha muerto en el accidente, que en algún lugar le espera, enfermo y aterido de frío. Tras muchas peripecias, el presagio de Tintín se hace realidad y rescata al pequeño Tchang de la guarida del Yeti, donde el abominable monstruo le tenía secuestrado.
<<Necesitamos un Tintín de nuestra época>>, comentó el tintinólogo mientras cerraba el cómic aprendido de memoria, y no sé si se refería a que añora nuevas aventuras del chico del mechón -porque ya se ha leído mil veces las veintitrés que dibujó Hergé-, o a que precisamos de un héroe como Tintín adaptado a nuestro tiempo, dispuesto a enfrentarse a las actuales fuerzas del mal, a los "ectoplasmas" de hoy en día: aquellos que secuestran, extorsionan y matan con la excusa de no se entiende bien qué argumentos, aquellos otros que hacen fortuna con la droga, aquellos de más allá que se enriquecen de las arcas colectivas o aquellos que asesinan con la conciencia apagada en una sala que aparenta ser un paritorio.

Tintín, de vivir en el final del siglo, no tendría descanso, pero -me temo- sus enemigos ya no se conformarían con un puñetazo que provoque estrellas y pajaritos de colores: sus disparos, en esta nueva aventura, serían certeros.
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