4 sept. 1997

Somos una sociedad de filisteos. Muerta la princesa de la mirada triste, todo son lamentaciones y frases cargadas de rabia contra los profesionales de la fotografía al vuelo, los paparazzi. Los magnates de la prensa amarilla del mundo entero deben estar frotándose las manos por el filón que supone una tragedia de estas dimensiones: persecución por las avenidas de París a lo James Bond, accidente contra las columnas de un puente, una princesa de couché que muere poco a poco entre los amasijos de hierro que le aprisionan, entregada a las cámaras de sus persecutores, y dos niños (uno con destino de rey), que se quedan solos, al cuidado severo de su abuela.

He sentido la muerte de Diana, porque de tan desgraciada le había cogido cariño. Era guapa, muy mejorada por el tiempo, y tenía unos ojos que hablaban por si solos de amargas noches esperando a que llegase su príncipe azul; pero el Príncipe no sólo no llegaba, sino que la condenó a soportar la soledad rodeada por los espejos de su habitación, como una princesa mala del cuento.

Si hay algo que define a Diana de Gales, muy por encima del glamour de los bailes, era su apuesta por la humanidad que nada sabe de palacios ni de vestidos rosas. Desde que tengo uso de razón la encontraba retratada en los hospitales de su país, escuchando a tantos enfermos. Recuerdo unas imágenes en las que la Princesa conversaba con una colección de vagabundos -barbudos y lanosos- en los arrabales de Londres. Supongo que no olían tan bien como sus perfúmenes caros, al igual que los niños de Asia y Africa -aquellos patios particulares del Imperio-, que se acurrucaban al lado de Lady Di para mostrar al mundo la tortura de la pobreza y las secuelas de las guerras. Allí estaba Diana, compartiendo el dolor, porque su sonrisa tímida no era capaz de disfrazarlo.
Los fariseos de nuestra sociedad occidental debaten ahora la maldita oportunidad de los fotógrafos; son los mismos que compraron un vídeo con una doble de Diana para vender el escándalo de sus arrumacos sexuales con un desconocido. Son los mismos que nos hartaron al repetir las declaraciones de aquel militar que le hacía el amor en el jardín de su casa, los mismos que se regodearon el año pasado con las imágenes del guardaespaldas de otra princesita, ésta de Mónaco, a pesar de su inoportunidad. Qué más daba si el reportaje era una basura, y se satisfacían al publicar las fotografías del mapa de la fulana y de los accidentes del guardaespaldas, a pesar de que sobrepasaban los límites del erotismo. Con el sucio juego del todo vale mientras sea negocio, una cadena de televisión emitió el vídeo pornográfico una y otra vez, al ritmo que crecía la audiencia.

Es lo triste: la sociedad pide carnaza y los profesionales la sirven. O tal vez sea al revés: los profesionales lanzan la carnaza más putrefacta y la sociedad regurgita de gusto. Así, ahora llamamos derecho a informar al periodismo de retrete, al igual que justificamos la programación pornográfica del único canal televisivo de pago con el ripio del uso responsable de la libertad de cada uno. A veces me acuerdo de los romanos, que también ofrecían en espectáculos públicos las crueles muertes de sus presos, con los anfiteatros y coliseos repletos de población adulta y rugiente.

Siento de veras los sufrimientos por los que han de pasar aquellas personas señaladas con la mala espina de la popularidad. Me temo que el futuro de los hijos de Diana también camina parejo a las acometidas de paparazzis; han nacido príncipes, y se les perseguirá sin descanso hasta que les sorprendan en cualquier desliz. La fama tiene visos de arruinar sus vidas, de ser la cola de la mala estrella que acabó con la de su madre. Ya saben, nosotros -todos-, hemos bebido la existencia de la Princesa hasta la última gota. Nosotros -todos-, matamos a Lady Di. Dios la guarde, que al menos El es clemente y misericordioso.
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