4 jul. 1997

Supongo que Bette Davis, tan diva y tan loca, el día que sorprendió la primera cana en su rubia melena, rompió el espejo a puñetazos porque tras aquel cabello blanco adivinaba que la vida se le empezaba a deshacer, a pesar de la gloria, a pesar de las joyas, a pesar de los amantes, a pesar de los pesares. Yo no rompí el espejo, porque estaba en el cuarto de baño de la oficina y me jugaba un despido en toda regla y, sobre todo, porque no me importó. No puedo negar que me sacudió un hormigueo en el momento que avisté los dos o tres pelos níveos, pues se trataba de una novedad en mi cabeza, y aún hoy se me arquean las cejas al comprobar que de los tres, he pasado a un puñadito más, pero si Felipe González subió sus cotas de éxito a partir del día en que se tiñó las patillas de blanco, o el mismo Antoñete se convirtió en el torero de moda con su mechón ensabanado, supongo que la gloria literaria me llegará cuando se blanquee un poco mi juventud.

En esos momentos de soledad frente al espejo del cuarto de baño, me pregunto por la opinión de Mafalda, la "pequeña terrorista" del dibujante Quino, que despechó a su madre el día que ésta se arrancaba su primera cana, como si fuese el comienzo del final. A lo mejor Mafalda, si me viera, me dejaba de considerar como a una persona joven. Puede que se burlara de mis problemas, como si en ellos se escondiera la razón de mi envejecimiento capilar, mas tengo la coartada de que las canas son la señal de que no perderé mucho pelo y de que es mejor crecer y transformarse con los años, que anquilosarse en una infancia o juventud perenne, como el protagonista del "Bomarzo" de Mújica Lainez, que provoca más piedad que envidia.Todas las culturas sensatas tienen un especial respeto a los mayores, y siempre han considerado que las canas son la consecuencia de una vida cargada de experiencias. Para los niños de antes, un hombre con canas era -seguramente- un héroe de guerra o, al menos, un testigo de más de una contienda aquí en la península, o más allá, en el Caribe o en los mares de China. Las canas eran la respuesta a muchos inviernos con el azadón y los riñones doloridos, o a una vida escondida entre los tratados de una biblioteca. Las canas también representaban una historia de amor a la que venció la muerte, o un cariño reposado después de que los hijos se marcharan, uno a uno, a comenzar esta aventura por su cuenta.

Allí por donde viajo, desde el este de África a las islas Filipinas, las canas son símbolo de gloria, porque a la gente de color le tardan algo más en salir, justo en el momento en el que a los ancianos apenas les quedan compañeros de generación. Porque llegar a la vejez en el tercer mundo y lustrar el pelo blanco es algo más que cotidiano: es fortaleza y magnanimidad frente a los zarpazos del tiempo, la enfermedad o la miseria. Los pueblos que se sustentan en sus patriarcas conocen las limitaciones con las que nacemos los seres humanos, porque sus mayores las han vivido y son capaces de contarlas. Así, no se dejan llevar por la frustración cuando sufren un revés de la fortuna, por grande que éste sea.

Creo que deberíamos recuperar la estructura familiar de hace unos lustros, cuando todavía no nos había llegado la ola euro-americana de atar a los abuelos frente al televisor para que no nos aturrullen con sus historietas. Me producen mucha tristeza las personas que murieron en vida hace cinco, seis, ...., diez años, porque no tienen con quién descubrir todo lo bueno que trae el progreso. Son ancianos a los que les apagaron el botón de la esperanza y que ya no se atreven a hablar demasiado alto, por si acaso molestan.

Pero hablaba de las canas, de estas canas rebeldes que aparecen sin permiso y nos cambian el color del rostro. De esas canas que no las esconden ningún tinte, de esas canas que saben de nuestras noches de preocupaciones, alegrías y miserias. Esas canas que separan para siempre nuestra fisonomía de la adolescencia. ¿Son el principio del fin, tal como opina Mafalda? Supongo que no. De ser, son un accidente en el abatar de nuestra vida, un juego del que disfrutan los años, y prefiero mostrarlas a disimularlas, aunque con ellas -todas las mañanas frente al espejo-, me dé cuenta de que empiezo a ser mayor.
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