15 oct. 1997

Los disparos en Vallegrande no restallaron contra las inmensas montañas del altiplano. Las paredes de una casa los silenciaron, un refugio del ejército boliviano, y allí cayó Ernesto con los últimos compañeros de rencillas, once meses después de provocar a un gobierno de un país que no era el suyo, aunque..., ¿cuál era el país del "Che" ? Porque le regalaron Cuba y enseguida se aburrió de los sones del Caribe. Quería otro tipo de música, el de las metralletas en la selva, la de las noches de guardia escrutando las sombras de la hoguera, las de borracheras con licor de cocina y mujeres bravías, las de La Macorina y otras tonadas de los guerrilleros americanos -<<ponme la mano aquí...>>-, las de jornadas y jornadas sin mudar la camiseta, oliendo a bestia, que eso le gustaba, midiendo las capas de sudor impregnadas en su boina comunista. Pero Guevara ya había caído, fue presa del gobierno, como en un corrido mexicano, y le abrieron las carnes por pelear justo a una soldadesca rebelde, y después lo tiraron a una fosa común como a los perros, para que le descubriesen treinta años después, cuando muchos de sus compañeros ya estuviesen muertos de puro viejos y el fuera un anhelo que no produce nada más que su cara impresa en un póster de mercadillo barato; esa es la gloria para el "Che": su rostro impreso en calcomanías y camisetas, la barba mal crecida y la melena sucia agarrada a manojos desde su boina estrellada. Buenas noches, guerrillero, hermano de los visionarios, derrotado por la historia y ensalzado por quienes ya no aportan nada significativo a la sociedad del segundo milenio. Cochina muerte la tuya, cazado en una trampa como si fueses una presa de caza, montaraz y huidiza. Ya tu sangre empapó suelo boliviano; mas qué importa de dónde fuese el suelo con tal de ser americano. Te fusilaron con tus camaradas de refriega y como a un cristo de pueblo, te sacaron hasta la última gota.
No sé cómo conmemorarán los cubanos el treinta aniversario de la muerte del "Che" Guevara. Los niños de La Habana han crecido bajo la mirada silueteada del guerrillero, que ocupa un largo mural que sirve de escenario para los largos discursos de Fidel, ese otro revolucionario que le quitó la isla de las manos al mismísimo vecino de la América del Norte. Lo celebrarán con la cartilla de racionamiento, mendigando un trozo de cuero con el que darle sabor a la sopa boba. Ese es el triunfo de los guerrilleros: la población firme bajo la amenaza de las pistolas o, peor aún, de las cárceles ominosas donde conviven periodistas y poetas junto con asesinos de baja estofa. Esa es la Cuba de la revolución, una mezcla de turismo sexual y decadentes patios en aquella ciudad que los marineros cantaban como a la otra tacita de plata, el viejo Cádiz desde donde embarcaron los descubridores. Triste Cuba, pobre Cuba, sin soneros ni canciones melosas, sino rugidos de tripas hambrientas, cansadas de míticos salvadores ensombrecidos por los años, que ya no pueden disimular su decrepitud ni con una tupida barba.

Dicen que el "Che" abandonó la isla cargado de añoranzas. En el fondo, el triunfo de la revolución no le llenaba de gozo, y se aburría en su sillón ministerial. Lo suyo no era la política revolucionaria, sino la aventura, el pelear por pelear contra quien le obligase a esconderse en la selva o en la montaña. Por esa razón soñaba con llevar el espíritu miliciano a los países de Centroamérica, al corazón de los Andes y, ¿quién sabe?, a su Argentina aburguesada..., donde fuere que uno pudiera buscarse un refugio y vivir sin leyes. Era un borracho de lo prohibido y subestimaba a quien creyese que la revolución era el aparato soviético que cuidaba y alimentaba a los morenos del Caribe; porque la revolución había que fabricarla día a día, saborear el riesgo de las balas sin otra responsabilidad más que sobrevivir y avanzar, ganarle posiciones al enemigo, el Estado al completo, y matar y no dejarse morir, vencer y celebrarlo con una buena juerga bajo las estrellas, sin mujer ni hijos, sin responsabilidades familiares, como el mejor de los ácratas.

Si aún viviese, el "Che" tendría casi setenta años. Imagínenselo, panzudo y viejo, quizá vestido con el sempiterno uniforme militar, refugiado en el último baluarte: la Cuba que arrebataron a Batista. Puede que no, que, con las refriegas de Angola, Etiopía, Nicaragua, Vietnam..., se hubiese reconvertido a la sociedad de consumo y tuviese un chalé en las playas de Florida, con guayabera de flores y chupitos de ron, rodeado de una familia que al fin consiguió arrebatarle de la cabeza esos afanes descabalados y visitando, de cuando en cuando, al vecino Mickey Mouse. Feliz aniversario, mi comandante.
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