7 nov. 1997

Acabo de descolgar los cuadros que no se han vendido en mi última exposición de pintura. Las cosas no han ido mal, incluso las acuarelas que ahora me quedo servirán como regalo de boda para mis amigos que dan el salto durante estos meses, porque no me va lo de las listas de boda: los novios se enteran del poder de tu bolsillo y la bandeja o la vajilla que habías elegido con tanta ilusión, la cambian por una batidora o por un hornillo para calentar la cera de la depilación, y no, creo que es más personal una acuarela, aún con riesgo de que no les guste un pimiento y la cuelguen de mala gana en la escalera de servicio.

Pero no vengo con el cuento de las bodas, porque de esto ya hemos charlado en otros artículos. Esta vez me apetece echarme flores, echar flores sobre cada una de mis aficiones, porque de ellas estoy haciendo -poco a poco- la espina dorsal de mi carrera profesional. Aunque deba seguir trabajando por cuenta ajena como todo cristiano, vislumbro la esperanza de que algún día mis habilidades puedan darme de comer: a mí y a los que me acompañen en el futuro.

Estoy convencido de que mantener con constancia las aficiones, hoy que se vive tan deprisa, es una labor de gran mérito. Si quieren matar a un músico, no tienen más que enrolarle en una cadena de montaje de coches, porque después de ocho horas apretando tornillos no le quedará resuello para componer. Si quieren acabar con un poeta, pónganle a servir pizzas en un restaurante; verán que pronto se le acaba la lírica tras una jornada amasando pan. Este es el problema, que las aficiones se han convertido en un hobby de fin de semana y aquel que estaba loco por la botánica -pongo un ejemplo- se ha de contentar con ver la eclosión casera de un hueso de aguacate.
Conozco a un apasionado por los loros y las cacatúas que sólo puede viajar a los reinos de estas aves durante los años bisiestos, que es cuando logra ahorrar el dinero suficiente para comprar un pasaje de avión, contratar a un guía local y pagar el dineral que cuesta traerse un pajarito de colores desde las islas de Fufú-Chunchún. Este conocido tuvo que trasladarse a una casa de campo con su colección, pues sus vecinos le amenazaron con quemar su aviario en el caso de que no se llevase a los loros todo lo lejos posible. Además, ha roto relaciones con su madre y sus hermanos, que le acusan de perder todas las oportunidades de ligar por dedicar los fines de semana a los animales. <<Me quedaré para vestir santos>>, asegura, <<antes que regalar al zoo una sola de mis cacatúas>>. <<Pero date cuenta, Manolo, de que no encontrarás una chica que esté dispuesta compartir su vida con un enjambre de periquitos>>, le advierte su mamá las pocas veces que hablan por teléfono, <<aficiónate al fútbol, a los sellos, a la petanca, al cine...>> Entonces, siempre en el mismo momento, mi conocido cuelga de golpe y vuelve a encerrarse entre sus libros de aves tropicales.
Bromas aparte, una de las carencias de nuestro sistema educativo es que presta muy poca atención a la excelencia. Salen los niños dispuestos a estudiar derecho, económicas, marketing..., como si los hubiesen preparado en una máquina de hacer churros. Mucho libro, muchos codos, mucho inglés comercial..., pero no reaccionan ante una obra de arte, y si van de casualidad al Prado -por imperativos profesionales, entiéndase-, sólo se les ocurre sugerir que los cuadros de Velázquez <<son muy grandes>> y que El Greco <<pinta a la gente con la cara estirada>>; interesantes observaciones.

Avanzar en la práctica de las aficiones y convertirse en un profesional de cualquier otra especialidad, conlleva tantos riesgos como aspirar a la corona estando en decimosegundo lugar en la línea sucesoria. Por esta razón despiertan tanta admiración los jóvenes que logran un hueco, ya sea en el cine (Amenábar), en el deporte (Arancha), en los toros (Joselito), en la literatura (...) o en el juego de los bolos. Pero arriesgar supone ya parte del triunfo: echarlo todo a un proyecto cuando uno tiene condiciones para, al menos, no quedar en ridículo. Y si después la suerte nos tira a la cuneta..., nos queda la posibilidad del hobby de fin de semana, que algo es algo.
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