17 nov. 1997

A veces me imagino cómo sonarán las sirenas que anuncian un bombardeo. Lo pensé muchas veces al seguir la Guerra del Golfo por televisión. Desde casa parecía un juego de Navidad, mil lucecitas de color verde -fogonazos- que surcaban el cielo de la ciudad, y hasta cohetes teledirigidos con una cámara para recoger una panorámica de muerte. Y debajo, civiles, civiles muertos -hombres, mujeres y niños- por el capricho de un dictador y la fuerza de una superpotencia. Debe ser muy fácil enfrentarse a los Estados Unidos desde un cómodo búnker, con la seguridad de que las consecuencias de los bombardeos las sufrirá gente anónima. Desde el búnker bien puede uno retar al tío Sam, pues queda un cómodo sofá para dormir la siesta y un grupo de concubinas con las que pasar el rato.

Desde que el mundo es mundo, la historia se ha escrito mediante enfrentamientos: el poderoso pisoteando al débil. Hasta la Revolución Francesa, las tácticas de sometimiento eran cruentas y no se ahorraban medios para hacer padecer al enemigo. Después inventaron la guillotina -un segundo y sanseacabó- y los burgueses la utilizaron para loor de la mecánica, hasta que se les oxidó. Más tarde alguien acuñó el término políticamente correcto, y desde entonces la muerte debe presentarse con motivos justificados.

La negativa de Sadam a que investiguen sus arsenales de armas químicas y bacteriológicas debe ser una buena razón para bloquear las fronteras comerciales con Irak. La postura recalcitrante de Fidel debe ser también un motivo que justifica el abandono de la isla a su propia suerte, sin suministros con los que satisfacer las necesidades primarias de la población. Porque el bloqueo es la forma políticamente correcta con la que ahora se mata.
No puedo borrar de la memoria las imágenes con las que un programa de noticias ilustraba el daño que están sufriendo los iraquíes con la presión norteamericana. Reconozco que entre los occidentales y las poblaciones árabes existe un distanciamiento cultural y de costumbres casi infranqueable, pero me entristeció de igual forma la agonía de un pueblo a causa de los caprichos estratégicos de sus gobernantes, porque aquí ya no sirve ser castrista o anticastrista, apoyar o no el califato de Sadam Hussein, pues no hay motivo alguno que justifique un bloqueo, decisión civil que condena a los más débiles a no comer ni recibir otra medicación que la que puedan introducir en el país unas pocas ONGs.

Soy consciente de que este artículo, como los de tantos comentaristas que censuran las nuevas formas de opresión por sus perversas consecuencias, son brindis echados al sol, pues nada influyen en los que mandan, mas si no nos queda ni siquiera la palabra para defender los principios humanitarios, con qué podríamos enfrentarnos entonces a las injusticias de cada día...

La estratégica situación de Cuba en el Caribe bien merece un bloqueo del comercio internacional, aunque la ONU proteste. Los pozos petrolíferos controlados por Sadam Hussein justifican apretar el gaznate a la población civil hasta casi ahogarla. Y, sin embargo, lo políticamente correcto no tiene en cuenta el drama de Argelia y excusa una intervención que termine con el terrorismo integrista. Al igual sucede con los pastizales asiáticos donde sólo reinan los mosquitos y las fiebres. Según esta peculiar manera de elegir a los enemigos, pudo el cruel Mobutu disfrutar de todo tipo de dádivas occidentales en su mansión francesa.

Política y dinero son dos realidades que viven en la más absoluta concupiscencia, realidades que condenan o absuelven a los rocambolescos gobiernos de los países pobres según el único criterio comercial. ¿Para qué la molestia de crear organismos internacionales para el cuidado de la infancia, si basta la obstinada negativa de Sadam Hussein a las pretensiones americanas para que buena parte de los niños iraquíes sufran las consecuencias de una nutrición deficitaria? Vivimos en un mundo que es y será una porquería; ya lo avisaba el tango.
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