8 ene. 1998

Al mismo tiempo que la negrura del cielo se espolvorea con las luces de colores que festejan la llegada de un año nuevo, pasa por la cabeza de todos los que trabajamos la inflexible llegada del mes de enero, con lo mucho que acarrea: los bolsillos están dolidos después de tantos dispendios navideños, las rebajas no pueden consolar el febril déficit de nuestras carteras y el horizonte está cubierto por un trimestre largo y con pocos alicientes -no hay pagas extras, no hay otras vacaciones que los días feriados de Semana Santa- y, por si fuera poco, al invierno le da por ocuparlo todo con su gélida temperatura. Los días se consumen entre el gris y la helada, con muchas horas de noche que todavía nada saben del regalo del sol que acarrea el solsticio de junio.

Vistas así las cosas, lo que apetece es meter la cabeza debajo de la almohada y -como los osos- no salir de la cama hasta que la primavera reverbere un poco el paisaje. La cuesta de enero, la maldita cuesta en la que parece que todos los acreedores se ponen de acuerdo para llamar a la puerta, en la que uno pronto se olvida de los confetis y del sabor del pavo relleno - pues este mes se alimenta de pan y cebolla, como las nanas del poeta levantino-, es la causa de depresiones, riñas matrimoniales, crisis de identidad laboral, bostezos lánguidos, cambios hormonales, pérdidas de apetito o del sueño, o bien, procesos de sueño generalizado y hasta la caída del cabello.
Parece que la vida está un poco mal organizada: el jolgorio apenas dura para dejarnos un resquicio de sabor mientras que la monotonía se extiende y cubre los días, las semanas y los meses. Es lo difícil; para mí se trata de un reto de coordenadas vitales: extender ese sabor de azúcar, macerarlo con el recuerdo para que de vez en cuando podamos rememorar su dulzor. Es la única forma de resistir los embates de la vida, que, más que golpes que lo destrozan todo -que también los hay-, atacan como la carcoma, agujereando los recovecos del alma hasta que ésta se desmiga como si estuviera hecha de polvo.

Desengáñense: a nadie la vida le resulta un jardín de rosas. Hasta aquellas personas que mantienen la estabilidad emocional en un punto álgido sufren las consecuencias del mes de enero (que no es más que una forma de llamar a la pérdida de gas vital), y tienen que recurrir a elementos externos -los recuerdos, los amigos, el afecto de sus esposos y mujeres, y hasta las medicinas- para reflotar la nave. Tengo la impresión de que esta era de revolución tecnológica, que apunta muy alto en el próximo siglo, se niega a afrontar que con todo lo que ofrece la sociedad hoy en día -me refiero a confort, a facilidades para cumplir los sueños más inmediatos-, haya un déficit tan alto de desencanto.

A pesar de que nadie es capaz de negar los beneficios que reportan unas vacaciones a ritmo de Curro, el de la televisión, o los agasajos en regalos y manjares de la Navidad, o la comodidad de tener el cine en casa gracias a un sofisticado reproductor de vídeo, o la de conducir un coche nuevo en una autopista semivacía, o la de recibir cualquier tipo de información a la velocidad de internet, lo cierto es que crece la epidemia de la cuesta de enero, y la fila de los desencantados políticamente felices se extiende más allá de lo que abarca la mirada. Aparentemente no les pasa nada, no sufren ningún mal que pueda señalarse con el dedo, mas están sumergidos en la melancolía del silencio, deshaciéndose en la idea de que la vida se les escapa sin lograr nada de provecho, que sus relaciones humanas tocan fondo, que todo lo que de verdad basta para disfrutar de los días se lo lleva la marea junto con el tiempo que pasa.

No utilizo un recurso fácil al abanderar que las cosas ahogan su disfrute en su propio uso, que no son capaces de complacer las grandes aspiraciones del ser humano, aunque muchas de ellas -el dinero también, no lo niego- puedan ayudarnos. ¿Quién entiende si no los fracasos estrepitosos en el ámbito personal, de multimillonarios, artistas de cine, líderes musicales y cualquier otro tipo de paradigma de la felicidad? Muchas veces nos pavoneamos de lo mucho que seríamos capaces de cumplir si fuésemos dueños de esas fortunas, y recreamos el cuento de la lechera, que termina con el cántaro roto.

La cuesta de enero sólo se resiste si se comparte. No se trata tanto de quejarse en grupo -en estéreo- como de observar a aquella buena gente que nos rodea, todo un ejemplo a la hora de afrontar la crisis con buena cara y con el espíritu encendido por todo lo que merece la pena: la familia, los amigos, el trabajo y el ocio.
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