2 ene. 1998

He viajado a Sevilla para dar una conferencia sobre mi todavía incipiente carrera de escritor. En esta ciudad siempre me siento acogido, y cada una de sus callejas parece que se reserva una página en una futura novela, al igual que sus patios, donde cantan los canarios al abrigo del sol matinal de otoño. La gente charla en los bares con los camareros. También se habla por las calles, pues los sevillanos son gente que tienen facilidad para pegar la hebra, y lo mismo se comenta lo fresca que está la mañana como se apuesta por el futuro del Bétis. Las iglesias y conventos del centro están apenas iluminados por temblorosos candiles que acarician el oro de los volúmenes barrocos, y escucho un ángelus cantado desde la clausura y la retahíla de la gitana que me ofrece romero a cambio de unos duros, y la buenaventura si lo que se le entrega es de papel verde. En Sevilla me gustan hasta los turistas gringos que pagan un pastizal por dar una vuelta a la Catedral en coche de caballos, porque sostienen a una corte de buhoneros, vendedores de claveles y cantaores que no tienen parangón en ningún lugar del mundo. Esta ciudad guarda el tesoro de la luz, que refulge sin ahorros desde Santa Cruz a Triana, desde la Macarena a los barrios nuevos y no me extraña el amor que le guardan sus habitantes. También en algún rincón de mi corazón me siento sevillano, porque uno es esclavo de aquellos lugares que ama y Sevilla ya es para mí un puñado de recuerdos bonitos.
Confieso que me siento muy afortunado al disfrutar de momentos tan banales como un paseo por un pasadizo coloreado de geranios. ¿Qué más necesito?De buena gana cambio todos los momentos explosivos de mi vida por los arrumacos del tiempo que pasa como sin rozar: es lo que necesitamos quienes vivimos en una capital tan desquiciada como Madrid, el respiro de la calma, sentarse -tal vez- a leer un libro sin el reclamo impertinente del teléfono, o de un coche atrapado por la segunda fila y que exige a bocinazo limpio su derecho a circular. En fin, que los días se nos escapan en un correr infatigable de casa a la oficina, de la oficina a casa o a un bar donde comer deprisa, antes de que el reloj marque la hora en la que se reanuda la jornada. Lo que ganamos en velocidad -vitrocerámicas para hacer la comida, móviles para comunicarnos desde cualquier lugar, subidas y bajadas repentinas de la Bolsa- lo perdemos en calidad de vida. Por esta razón añoro las horas perdidas cuando visito Sevilla, donde dicen las habaneras que las niñas preciosas se sientan por la tarde a tocar el piano mientras recrean en su imaginación la mirada del chico que les gusta.
Creo que los jóvenes no hemos decidido aún los valores que deben gobernar nuestra vida. Sin ir más lejos, el otro día me enteré de las dificultades a las que se enfrenta un joven matrimonio para afianzarse en sus primeros meses de casados, ya que él ha firmado un curioso compromiso con su empresa -una importantísima multinacional-, según el cual, para que la nueva situación afectiva no desestabilice la fidelidad con el trabajo, le han hecho comprometerse a vivir lejos de su mujer y de su ciudad durante unos meses. Así anda el pobre chaval, trabajando más de doce horas diarias a más de quinientos kilómetros de la persona que ama, obligándose a quererla sólo durante los fines de semana en los que la empresa no le sugiere continuar con las gestiones pendientes. Situaciones como ésta son las que hacen que el oficio de la psiquiatría sea el más rentable para el próximo siglo: las consultas van a estar a rebosar de hombres y mujeres descentrados, con hondos problemas afectivos.


No puede ser que el trabajo nos aparte de los gozos de la vida; no puede fundirse nuestra imaginación en la pantalla de un ordenador, ni pueden quedarse nuestras aficiones aparcadas hasta las próximas vacaciones de verano. Sé que las cosas no están fáciles, pero merece la pena abogar por la auténtica calidad de vida, aquella en la que los nuestros (y también nosotros) son los principales protagonistas. Sacarle el máximo partido a cada día, pero no por el afán de hacer muchas cosas sino por el de disfrutarlas, porque esto de aquí abajo dura un suspiro -a juzgar por los que sobrepasan los ochenta- y nos se nos puede escapar de las manos a cambio de un prestigio profesional, de unas metas crematísticas a las que ni siquiera pudimos sacarles jugo.


Vuelvo otra vez a Sevilla. Me encantaría tomar un vinito y unas aceitunas con cada uno de ustedes, y perder la mañana mirando a la gente que pasa, charlando como sin charlar, saludando a los compadres que van y vienen y dejándonos leer la buenaventura por cada una de las gitanas que pasean por la calle. Verán, verán que todas ellas nos auguran un futuro cargado de dicha; así tiene que ser.
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