6 mar. 1998

Escribo en el aeropuerto de Miami, a la vuelta de un periplo por el Perú en el que he visitado unos cuantos proyectos de la Fundación CODESPA, una ONG que preside el Príncipe de Asturias. Vuelvo a España con el corazón sobrecogido por la miseria de las barriadas jóvenes de Lima y por la austera vida de los campesinos de los Andes, una negación continuada a la comodidad a más de 4.000 metros de altitud.

No puedo esconder que a lo largo de estos días me he preguntado una y otra vez por el sentido del sufrimiento. Durante mucho tiempo recordaré a Marilyn, una chiquilla que no tiene padre y que vive como esclava a las órdenes de una madre desquiciada por la pobreza, que casi no le deja unos minutos al día para jugar. La tarde que la conocí celebraba su octavo aniversario, y un cura español que decidió abandonarse entre los más miserables de Lima, le había preparado una fiesta de cumpleaños junto a los demás cholitos de la barriada. Una fiesta sin caramelos ni refrescos, pero que Marilyn vivía con total complacencia. No le pude regalar más que un bizcocho que iluminó la mirada india de la niña. <<¿Le puedo besar ?>>, me preguntó al oído, <<desde que me dijeron que vendría un gringo a participar en mi fiesta, sentía como revoloteaba una familia de mariposas en mi estómago>>.

Y junto a Marilyn, los "pirañitas" que el sacerdote ha rescatado de la delincuencia callejera. No tienen más años que la pequeña festejada y conocen de arriba a abajo todos los sabores amargos del abandono. Ni padre ni madre que les atienda, ni techo bajo el que resguardarse del frío, así van, reptando por la vida sin ningún motivo por el que esperar la felicidad, aunque en cuanto reciben una atención, un guiño, parece que despertaran.
Desde que despedí al Perú por la ventanilla del avión, vengo examinándome sobre mi capacidad para no olvidar lo vivido. Es muy difícil, no puedo negarlo, porque nuestro Occidente ofrece tantas comodidades a un chico como yo que fácilmente podré cubrir la mirada de Marilyn con mis problemas diarios, que no tienen -ni mucho menos- la envergadura de los de ella, es más, que son ridículos frente a los de ella o a los de los "pirañitas", pero que no dejan de ser parte de mi vida. Por ese motivo me llega a la memoria aquella madre vasca empeñada en que sus hijos tengan siempre un lugar del corazón destinado a tantos hombres, mujeres y niños que sufren en cualquier parte del globo. Colocó en una de las mesas del salón, junto al teléfono, una fotografía de una familia de refugiados sin hogar, sin amigos, una familia comida por el miedo y la inquietud. Así, cada vez que alguien necesita hacer una llamada, tiene que encontrarse con esa imagen dolorosa, nada agradable, que es un recordatorio de cómo es la vida de la mayoría de los habitantes de este planeta azul.

Me gustan estos gestos, aunque a alguno pudieran parecerles inútiles. Ya ven, a veces preferimos entregar unas pesetas a una causa justa y olvidar, pero es mucho más importante compartir, aunque sea de forma testimonial, las dificultades de nuestros semejantes. ¿Han probado pasar un día entero sin comer ? Les aseguro que cuando se hace por solidaridad y no por problemas de línea, se aprecia el valor del pan. De niño creía que la compañía de correos podía enviar al Africa seca mi plato de arroz con tomate, y era lo que le proponía a mi madre cuando llegaba el Domund. Más adelante supe que si bien aquello no era posible, uno podía ahorrar algún duro de la paga para compartirlo con quien lo necesitara. Un duro que es un grano de arena en el desierto fabricado por los poderosos, porque quienes tienen la sartén por el mango dominan mejor a una humanidad sin voz, así que la guerra pacífica de la solidaridad habrá de ganarla desde dentro, sin espectáculo, al ritmo de nuestras posibilidades.

Tengo esperanza, claro que sí. A veces basta con bajar a la calle para comprender que hay gente con un gran corazón. Además, estoy seguro de que los jóvenes hemos comprendido que la solidaridad tiene que ser nuestro reto para el futuro. Sabemos idiomas, sí, y también que en la tierra no estamos sólo nosotros, que somos minoría afortunada en una multitud y que, o damos y damos sin parar, o la vida se nos consume en el ombligo. Así, muchos nos imaginamos que en nuestra futura familia siempre habrá un plato para Marilyn, aunque no tenga el glamour de Hollywood.
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