11 may. 1998

En los países de influencia anglosajona es costumbre felicitarse la primavera. Me parece uno de los homenajes más bonitos del año sorprender con una flor -aunque resulte un poco cursi- que anuncia la feliz llegada del buen tiempo, del aire que huele a vida nueva, a yerba verde, a brote, a tierra húmeda y abonada, a lombriz, a topo, a nidada de golondrina, y los ojos que se alegran con el verdor tímido de los parques en los que los adolescentes se arrullan, con las faldas algo más cortas, con los brazos desnudos, con el buen color que regala el sol temprano de abril, cuando ya han caído las flores blancas y malvas de los almendros, perales y cerezos para dejar paso al fruto, a la nuez amarga que poco a poco engorda de savia, hasta endulzarnos en témporas de verano.

Durante la primavera hay que empacharse de flores, de color, de planes y deseos de descanso. Tal vez un viaje de fin de semana nos reconcilie con quien queremos, después de que el invierno -perezoso y aburrido- ha dado la vuelta a la esquina de las estaciones. Ahora que estoy haciendo planes de boda, suspiro junto a mi novia por esas excursiones de viernes a domingo que esperamos disfrutar a partir de octubre, aunque sea sólo una al mes. Las modas, el terrible gregarismo que nos induce a comportarnos como masa -esta sociedad que se bambolea en la Historia sin apostar por el individuo-, ahora impulsa el turismo rural, y los campos y cañadas se han llenado de gente disfrazada de ecologismo que recorre y fulmina todo cuanto ve, todo cuanto toca. A pesar de lo dicho, también esperamos ella y yo conocer ese turismo rural -ya que el bolsillo no está por el momento para paradores-, y descolgarnos desde la gran ciudad a los campos preciosos de Extremadura, o a las piedras de arenisca de Salamanca, o a los jardines hortelanos de Levante, o a los bosques encantados de Galicia, Asturias y Cantabria, o a mi amada y dolida tierra vasca.
¿Se dan cuenta...? Arbola la primavera y a uno se le despierta el poeta, siempre vago, que lleva dentro. Tal vez sea por mi edad, tal vez porque me dirijo a grandes zancadas hacia el comienzo de una vida en común, tal vez porque el planeta tierra aún me resulta el lugar más bello, la obra más perfecta, la creación más seductora... Hasta en las grandes aglomeraciones, si eclosiona una semilla entre el asfalto, creo que la vida merece la pena. De vuelta del trabajo sobre mi moto, sorteando la circulación cementosa de Madrid, hay un sol que se duerme entre las nubes, regalando a la ciudad una acuarela de colores caramelizados: azul sobre bermellón, azul sobre dorado, azul sobre plata, en mil graduaciones que decoran el cansancio del día, lo emborrachan, lo engañan, hasta convencerme de que todavía me queda fuerza y talento para escribir unas líneas en mi nueva novela, o un artículo para el periódico, pues lo mismo da: borracho de colores parece que las palabras no pesan, que las frases se construyen solas, y escribir se transforma en flotar como un corcho sobre las olas.

En abril, las palomas ocupan el alféizar de mi ventana. Los machos engordan el buche y erizan las plumas para enamorar. También las chiquillas del colegio aprietan sus libros contra el pecho y sugieren cierta melancolía con la mirada, para enamorar. Y los mocetones se ponen gallitos y caminan con las manos en los bolsillos del pantalón, como desinhibidos de la realidad, para enamorar. Y los ancianos, que ya están empachados de amor, descubren cómo el mismo misterio crece en los niños que se sorprenden con el color de las flores, con el ruido de los insectos y el bullir de todo el micromundo que despierta con la primavera. ¿Cómo no va a gustarme esta estación? Si a veces me lamento de no vivir en esos países que son un continuo vergel, los paisajes de Africa que conocí de adolescente, esa explosión de colores naturales que, de tan aguerridos, nos parecen pintados por un Gauguín desterrado y errante. ¿Cómo no va a gustarme la primavera? Si en esta estación nos conocimos, ¿lo recuerdas?, un día en el campo en el que todo nos pareció aún más bonito y caímos en la cuenta de la riqueza del planeta, del aire que huele a vida nueva, a yerba verde, a brote, a tierra húmeda y abonada, a lombriz, a topo, a nidada de golondrina... Allí estabas tú, como por casualidad. Allí estuve yo, también por casualidad, y con la primavera conocimos la más pletórica de nuestras estaciones.
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