3 jul. 1998


El cambio de siglo y de milenio viene prologado por la aparición de nuevos inventos que dejan muy atrás la imaginación desbordada de Julio Verne cuando se anticipaba en cien años al envío del primer cohete a la luna, en aquella novela que inspiró tantos sueños infantiles. Mi generación no ha necesitado de la pluma de Verne, ya que el cine y -sobre todo- la televisión han hecho estragos en nuestra cabeza, hasta tal punto que los sueños quedaban obligados a la entera descripción que ofrecían las películas o las series. No sé qué nos queda por inventar y ya ni siquiera me parece osado imaginar un viaje a otra galaxia, o pasar incluso las vacaciones en Marte, o darse un garbeo por el espacio a quince millones las cuatro horas dentro del cohete, como anunciaba hace poco un periódico que se distingue por su seriedad. Caben todo tipo de especulaciones sobre qué nos deparará el destino o, más bien, las cabezas derrochonas de ideas de tantos científicos y ordenadores, porque estamos en un momento en el que las nuevas ideas no traen la firma de un individuo, sino el sello made in Japan.

Si tuviese cinco o seis años aún me podría adaptar a la evolución disparatada de la tecnología, pero entregué buena parte de mis veintisiete a otro tipo de actividades creativas, la literatura, los viajes y la pintura, y poco -por no decir nada- sé de aparatos. En la oficina se empeñaban en mostrarme las ventajas de un nuevo programa informático mucho más avanzado del que yo usaba, obsoleto desde años atrás. Me resistí todo lo que pude, pues de éste habían nacido dos novelas y un sin fin de escritos, y me sentía muy cómodo apretando una y otra tecla para imprimir o revisar la caligrafía, tal como indicaba una chuleta que siempre me acompañaba. Así que, hasta que no se llevaron mi ordenador a un cementerio cibernético, seguí fiel a la pantalla en azul. El nuevo aparato no traía otra cosa que novedades y no me quedó más remedio que sentarme enfrente de él con lápiz y papel, para apuntar cada uno de los pasos que hay que dar para poder escribir e imprimir sin problemas. Es decir, sigo sin entender ni jota de estas pantallas cubiertas de iconos y flechas, y mi comportamiento frente al ordenador poco difiere del de un chimpancé al que le han mostrado una y otra vez la forma de encajar una ficha triangular en su consiguiente casilla.

Pero en el mundo de hoy siempre llega el más difícil todavía, que ahora tiene nombre de insecto y ha traído consigo una jerga peculiar (servidor, red, modem, web, atach, e-mail...) que aún no domino. Con decirles..., a la curiosa "a" encerrada en un circulito la llamaba <<algarroba>> hasta antes de ayer, cuando una de las secretarias de mi oficina estalló de risa ante mi desatino. Este es internet, en donde lo mismo encuentras un documento que dedica extensa verborrea al sexo de los ángeles, como llega a todo color una biografía del mismísimo Jesulín de Ubrique, naúfrago de la fibra óptica. Los más avezados insisten en que el invento no tiene límites, que sirve tanto para publicitar a una banda terrorista como para conocer los últimos mensajes del Papa. Desde entonces he visitado la página de Tintín -mi héroe preferido-, la de Paul Simon y Leonard Cohen, y hasta me he atrevido a curiosear sobre los posibles destinos de mi futuro viaje de novios; ¡está todo!

Gente con buen criterio opina que este invento puede deparar desagradables sorpresas, y que los padres deben ser prudentes ante la libertad de sus hijos para navegar sobre todas las posibilidades, bellas y ruines, que ofrece el mosaico loco del mundo.... Por internet se puede encontrar hasta a un asesino a sueldo que se cargue a tu jefe con total limpieza, sin dejar otra huella por el espacio que hondas y energías inmateriales.

Como pueden suponer, uno de mis destinos preferidos es la página de TELVA. Me asombro cada vez que investigo y me encuentro con la fotografía de mi admirada Covadonga O´Shea impresa en la pantalla del ordenador, y no digamos cuando aparece ese singular retrato del joven escritor tumbado por los suelos (lo que uno es capaz de hacer cuando se empieza...) De esta manera, los mensajes que lanzamos desde esta revista femenina que leen tantos hombres, tienen la posibilidad de leerse en mil lugares distintos, de Australia a Tomboctú, de la tierra a la luna, de Casarrubuelos a una posta perdida en el desierto de Arizona.

Me pregunto con un guiño de cariñoso recuerdo, qué hubiese hecho con este invento mi tío Luis que, como mi padre, se negó a aprender cómo funcionaba el aparato del vídeo, pues bastante tenía con el mando a distancia del televisor, hasta tal punto que traía locos a mis primos, pues desde su sillón apretaba sin avisar uno de los botones de aquel artilugio mágico, y la película del Oeste se transformaba en un partido de fútbol, y el partido de fútbol -justo en el momento en que se presentía el gol-, en una telenovela del continente hermano, hasta el día que los suyos perdieron la paciencia y cambiaron el mando a distancia por una calculadora, y por más que apretaba el buen hombre cada uno de los números del panel de mando, en la pantalla seguía la película. Y compró pilas nuevas, por si el problema fuese la pérdida de baterías, mas no le contaron la verdad hasta que prometió abandonar el feo vicio de zapping.
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