23 jul. 1998

Con el dinero que gané con mi primera exposición de pintura, cumplí una de las veleidades de mi infancia: tener un cachorro de schnauzer enano. Me gusta esa raza de perros, que tienen algo del Milú de Tintín pero con el donaire aristocrático que regalan unos bigotes prusianos. El pobre Nemo -así lo llamé en homenaje a la creación de Julio Verne- tenía una personalidad apaciguada que no podíamos alegrar ni con muñecos de goma. Al cabo de unos días, el veterinario confirmó que Nemo sufría una grave infección intestinal con la que se fue al cielo de los animales sin haber emitido ni un solo ladrido. Han pasado unos años desde entonces y guardo un entrañable recuerdo de mi cachorro, pero reconozco cierto alivio, pues hoy no sé de dónde sacaría tiempo para llevarle a hacer pipí tres veces al día. Así que, para satisfacer mi afición canina me contento con los perros de mis amigos.

Cada can tiene rasgos de personalidad definidos que le distinguen de otros ejemplares. Por ejemplo, Sur, un mastín leonés, era el compañero ideal para pasear por los campos de la alta Castilla: taciturno pero constante en el paso contra el azote del bierzo, era capaz de echarse los kilómetros a los lomos con tal de recibir la recompensa de un baño en el Duero; ¡vaya perro fiel! Sin embargo, Frestak, un springer spaniel cazador, se negaba a levantar perdices por más que le atusáramos; desinhibido y rezongón, se contentaba con oliscar las lagartijas del porche. Foxi, un terrier de pelo liso, abandonó su condición de escarbar las huras de los zorros para acomodarse entre las faldas de su ama. Gorby, un yorkshire con aires de ratón afeminado, mordisquea las zapatillas de mi novia y sufre piorreas y otras enfermedades dentales que le obligan a una dieta blanda. Y así, hasta cien personalidades por cada cien perros, que hacen de estos animales seres encantadores o pesadísimos, tal como ocurre con sus dueños.
Algunos dueños de mascotas mantienen con sus perros verdaderos monólogos que dan, incluso, para escribir libros de éxito. Mas la mayoría se contenta con subirles el tono de voz si chupetean a los invitados y a repartir caricias por las mañanas, cuando aprecian que el animalito es el único habitante de la casa que da los buenos días entre arrebatos de gozo. Pero hay quien extralimita la compañía de su perro al creer que éste guarda la perspicacia del mismo Snoopy. Les cuento: tuve una compañera de trabajo que festejaba el cumpleaños de Prity, un pequinés de sexo confuso, compartiendo con él una docena de gambas y una tarta de chocolate. También sé de un pescador de bacalao que vino de uno de sus largos viajes con un loro de vivos colores para su mujer, con el fin de que ella pudiera mitigar la soledad de la espera. Seis meses más tarde, al regreso de una nueva travesía, se encontró con la desagradable sorpresa de que su mujer sólo vivía para el papagayo. Hasta tal punto habían hecho buenas migas que, cuando el marinero se acercó al animal para rascarle debajo del pico, recibió un mordisco que casi le arranca el dedo. <<Son los celos, Ramón>>, dijo la mujer para justificar al ave, <<Pancho sólo acepta mis mimos. Me adora como a una madre>>. El bacaladero se convenció en un instante de que la distancia y aquel estúpido pájaro estaban poniendo en peligro la salud afectiva de su señora, por lo que agarró a Pancho del pescuezo y lo lanzó por la ventana para que volase hasta la isla de su nacimiento, si es que se acordaba del camino. Instantes después, llamó a la compañía pesquera para renunciar a su empleo y solicitó en el ayuntamiento una plaza como jardinero de su ciudad. Hoy son un matrimonio feliz.

Reconozco que el amor a los animales es una señal de admiración hacia este mundo maravilloso. Sin embargo, me sorprenden aquellos que declaran que prefieren a su mascota antes que a las demás personas. Me pregunto qué malas experiencias habrán sufrido, porque quedarse con el lametazo de un caniche antes que con una buena amistad, por ejemplo, debe ser uno de los primeros síntomas del desequilibrio existencial.
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