6 ago. 1998

La industria del cine tiene sus calendarios muy bien estructurados: de cara a la Navidad da suelta a las películas que pueden llegar a ser candidatas a los premios de los festivales internacionales y a los Oscar, autotributo que se ofrece Hollywood con el fin de multiplicar los beneficios de los filmes ya estrenados.

Por el contrario, la canícula es mal momento para ir al cine. Los títulos de la cartelera son flojos, muy flojos, y aunque casi todas las salas permanecen abiertas, hay que tener afición para aguantar las películas del verano. Es como en la música: las estrellas del compacto descansan o realizan giras con sus canciones ya publicadas, mientras los berbeneros de melodías pegadizas alcanzan los puestos más altos de un aplatanado hit parade.

Películas de humor barato, sagas de cine publicitario (en cuanto para los productores es más importante la venta de artículos relacionados con la película que la taquilla en sí), terror sanguinolento y poco inteligente, romanticismo para adolescentes sin novio, y alguna que otra españolada que resucita nuestro cine más tópico de los liberados años setenta, suelen componer la oferta de agosto. Sin embargo, este año Hollywood ha calentado motores para el que será tema cinematográfico de las próximas calendas: el fin del mundo.
De pequeños nos enseñaron en el colegio los agobios que sufrieron nuestros antepasados al recibir el año 1000. Todo parecía indicar que la vida terminaba, que Cristo regresaba para juzgar a buenos y malos, y que los cielos iban a desplomarse sobre la tierra, que aún era plana. No había motivos para el pánico, pero el pánico se propagó de tal forma que los contemporáneos creían una mala jugada del destino haber sido alumbrados en un mundo que estaba a punto de sufrir el apagón definitivo. Peregrinaciones, actos de contrición, penitencia, oraciones, retiro..., todo aquello que hoy brilla casi por su ausencia, fue el efecto de aquel miedo colectivo.

Supongo el júbilo de los que se comieron las uvas con pulso tembloroso durante los últimos segundos del año 999. Después de la postrera, se prolongaría un silencio interrumpido por el borboteo de quienes se hicieron pipí de miedo. Pero las estrellas continuaban desprendiendo el pulso de su brillo helado a pesar de que los minutos, y después las horas y más tarde los días, continuaban su devenir. La vida seguía, dando a entender que Dios no se rige por nuestro calendario alarmista.

Ahora que los medios de comunicación están copados por adivinos, futurólogos, magos, caraduras, curanderos, chiflados, visionarios y toda suerte de tramposos que hinchan su bolsillo a costa de nuestra bobalicona curiosidad, los magnates del cine también pretenden remover los ancestrales temores de un final apocalíptico en el que no hay peregrinaciones ni penitencia, pues la salvación parece estar -una vez más, sino de nuestro tiempo racionalista- en manos de los yankis y no del Dios misericordioso. Meteoritos, ángeles que toman naturaleza humana, humanos que llegan a un Paraíso en el que nadie habla de Jesús, terremotos, más ángeles que vuelan con la música mullida del New Age, aerolitos capaces de sumir al planeta en el final de los finales, héroes caracterizados de mesías y toda suerte de argumentos cargados de emociones y nacarada filantropía made in USA componen las últimas novedades.

A veces me asusto de nuestra naturaleza borreguil. Gracias al cine convertiremos el 2.000 en el año de la angustia, del esoterismo, de las predicciones, de los apocalípsis, como si fuera la trama de una mala película de verano, y el planeta entero estará dispuesto a gastar una fortuna en gitanas echadoras de la buena ventura. Mi consejo es que, para entonces, si usted pretende hacerse rico, debe comprarse una túnica cargada de lentejuelas y aprender a invocar a los espíritus de la fortuna. Si el 1 de enero de 2000 ha logrado una licencia para abrir una consulta de pitonisa, le auguro que se hará millonario. Y eso que no soy adivino.
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