4 sept. 1998

Ya les he contado alguna vez que mi medio de transporte habitual en la gran ciudad es la moto. En una urbe siempre en obras y siempre atascada como Madrid, no hay mejor invento que una motocicleta que pueda pasar entre los coches apelmazados. Además, con el buen tiempo se le alegra a uno la sangre al subir a la vera del parque del Retiro muy de mañana, cuando las hojas de los árboles son capaces de retener por unas horas el frescor de la noche. Con la moto llego puntual a las citas sin tener que prever los atascos que provocan los embotellamientos por obras, por que pasa alguna autoridad, porque el alcalde inaugura cualquier tinglado cuando más denso está el tráfico, porque los sindicatos se vuelven a manifestar (a pesar de su pobre cuota de afiliados) o porque sí, que es la razón más cabal en la capital de España.

Las madres, las esposas y las novias son enemigas de la moto. Las primeras, porque los motores terminan por manchar de grasa todos los pantalones del motorista. Las segundas, porque no resulta agradable suponer que el padre de tus hijos se juega la vida carretera arriba y carretera abajo con la simple protección de un casco. Las últimas, porque hasta que se casan han de viajar de "paquete", tragando humos y sorteando con las rodillas las carrocerías de los coches. A veces soy razonable y pienso que a partir del día de mi boda se acabó la moto por responsabilidad compartida.

Los requisitos para manejar la moto son más sencillos que los del coche. Sufrí lo mío para sacarme el carnet de conducir -lo reconozco- porque aparcar marcha atrás me resultaba de una pericia de estratega. Y si me preguntaba el profesor de la autoescuela dónde se encuentra la bujía del motor, o qué diablos significan los caballos de potencia y las válvulas, me quedaba mudo. Mi hermano Javier -que es filósofo de profesión- describió muy bien a mi padre al escribir de él que <<de los motores, sólo sabía que manchaban si uno se acerca demasiado a ellos...>>, y ya lo dice el pueblo: de tal palo..., semejante astilla.
Sobre la moto tengo una visión completa de la ciudad. En diez minutos desciendo por la Gran Vía babélica hasta el elegante paseo de Rosales, o mundaneo por la plaza de toros de Las Ventas para después tomar el aperitivo en cualquier bar de Huertas o del barrio Salamanca. La arteria que me conduce a uno u otro lugar es la Castellana -que después se convierte en el Paseo de Recoletos-, avenida donde están asentados los mejores hoteles de Madrid, hoteles que ocupan las estrellas de la canción o del cine que visitan la ciudad para promocionar sus últimos trabajos o para participar en algún programa de televisión. Hasta este año no había recabado en la llegada de estos personajes, casi todos creados por el márketing de las cabezas frías del negocio del ocio. Sólo hace dos años, un día que mi novia organizaba una importante recepción en el Ritz, me crucé con el protagonista de "Cuatro bodas y un funeral", que ha logrado mantener su fama gracias a escándalos ajenos a sus películas. Pero aquel muchacho británico no tenía fans, muchachitas de equilibrio descompensado que en un arrebato de pasión son capaces de entregar hasta su vida por el bien de sus ídolos de plexi-glass. Ellas son quienes me han dado a conocer las paradas de los artistas.

Muy de mañana, mientras me dirijo a la oficina, las encuentro acurrucadas a la puerta de cualquiera de esos buenos hoteles; han pasado la noche velando el sueño de sus cantantes de voces falsas. Dependiendo de quién sea el ídolo de póster que las cautive, hasta las he visto aguantar cuatro días -hora tras hora- frente al hotel, soportando las inclemencias del tiempo y la carga de sueño. Tienen doce, trece y hasta quince años y, en un alarde de simbiosis, van disfrazadas cual espejos de los artistas.

Me temo que los padres de estas criaturas no saben cómo enfrentarse al fenómeno que las cautiva, porque de madrugada sienten compasión por sus hijas y llegan a la puerta del hotel con sopa en termos, mantas que les hagan pasajera la noche y los abalorios que las niñas necesitan para completar el disfraz. Ni cómo actuar frente a las revistas que compran las colegiales, agresivos promocionales de los artistas, desmedidas en sus propuestas y artículos, que se detienen con demasiada frecuencia en las experiencias de entrepierna de los líderes del Bill Board. Como buenas fans, las muchachas quieren experimentar todo aquello que narran sus ídolos, y se tiñen el cabello a mechones, como ellos, y recortan sus faldas y calzan botas oscuras, y se agujerean la nariz, el labio, las orejas y hasta el ombligo para colgarse aros de metal, y prueban otras cosas que no les corresponden a su edad, ni a su madurez, ni a su desarrollo físico y mental, siguiendo paso a paso las instrucciones de las secciones de esas revistas dedicadas al "amor" (menudo "amor"...) o al romanticismo (¡puaf!, menudo romanticismo...) Desde la moto, Madrid es un espectáculo, una feria de absurdos y también -no puedo negarlo-, una preciosa ciudad.
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