6 nov. 1998

He perdido una sonrisa, la sonrisa más constante de mi vida, la más duradera, la sonrisa fiel a duras y a maduras, la más verdadera. Y porque la he perdido hasta dentro de muchos, muchos años (cuando tenga ocasión de encontrarme de nuevo con ella y decirle todo lo que la he echado de menos), me ha aparecido un agujero en el espíritu, un pequeño roto. Tenía tanta curiosidad por saber qué podría ver a través del desgarrón, que me asomé y, ¿saben lo que había...? Me di de bruces con la tristeza, porque la tristeza es compañera de mucha gente, más de la que imaginaba. Vi gente triste por un fracaso matrimonial, otros que les pica la tristeza por la pérdida reciente de alguien a quien querían, personas tristes porque no tienen trabajo, otros también tristes porque sí lo tienen, pero no les llena. Había mujeres tristes porque la vida empieza a ponerse para ellas, y aún no han encontrado a quien amar, y hombres de apariencia grave que en el fondo están tristes porque han desperdiciado ese amor en bagatelas, nada por lo que mereciera jugarse la vida. La tristeza inunda los corazones de quienes están enfermos y no disfrutan de ninguna compañía, de quienes están sanos y no tienen a quién visitar. También lacera a quienes soñaron que la política colmaría todos sus afanes y hoy están hartos de disparos con la excusa de la patria vasca, de extorsiones que pagan esas pistolas y de profetas que hablan y hablan de paz o negociación cuando no tienen ningún deseo de que esa paz se cumpla. Y también los profetas sufren tristeza, aunque se empeñen en no reconocerlo. No se acuerdan de cómo es una sonrisa limpia, como la de ella, pues olvidaron su infancia, infancia que creen nunca ha existido. Tristes están quienes ayudan a que esa infancia no exista, amparados en presuntos derechos. Tristes quienes desconocen la dimensión del mundo y el sufrimiento -real, punzante y sin fin- de tantos seres humanos que no saben de dignidad, ni de comida diaria, ni de vacaciones, ni de vestidos ni libros, ni de amor. Empachados de tristeza los que amparan la coraza de su alegría en los dividendos de la Bolsa, en la lotería que nunca toca, en quimeras imposibles repletas de esplendores y oropel. Y un poco tristes, sólo un poco, quienes no se fascinan ante la llegada de cada mañana, por muy amarga que pudieran parecerles sus historias personales.
Al final del milenio somos muchos los que pretendemos describir el rasgo determinante del siglo que acaba. Creo que es la tristeza. No porque yo la sienta, pues tengo la fortuna de añorar e incluso de enfadarme sin razón, mas hasta el momento no encuentro un solo motivo que me hunda en el socavón de la desesperanza, sino porque nuestros logros, los triunfos de la humanidad (en ciencia, tecnología, cultura, arte...) están casi todos velados por la tristeza. En unos casos, porque esos avances se utilizan para dominar a los débiles, para jugar con los secretos de la vida como si fuésemos dioses en un cosmos de laboratorio y probeta. En otros, porque los beneficios tangibles no llegan por igual a todo el mundo. Somos capaces de contemplar el sufrimiento ajeno desde el sofá, con el mando a distancia en una mano y un vaso de whisky en la otra. No hay voluntad -y ahí está la cabeza del cáncer de la tristeza- de cambiar las cosas, de apostar por el hombre y no sólo por el progreso, de velar por el interés común en vez de ocuparnos en llenar nuestros bolsillos antes de que llegue más gente.

Me gustan aquellos que actúan como si la vida fuese corta para ser felices y no se arredran en exprimir los segundos, en aprovechar cada instante y disfrutar de estar vivos. Me gustan porque aprendo mucho de ellos, de su pasión por vivir y, sobre todo, de ese descubrimiento innato a sus buenas disposiciones: que uno es feliz en cuanto aporta su voluntad en favor de la felicidad de los demás. Es el secreto -¡no hay otro!- y la única manera de vencer el siglo y el milenio, sin que la tristeza haya dejado el poso del aburrimiento que aniquila a buena parte de la humanidad occidental.

Escuchamos muchas carcajadas durante el día: en la televisión, en la radio, en la calle y en la oficina. Nos reímos de la frivolidad, del mal ajeno y del chiste con doble sentido, y nos faltan sonrisas como las de ella, feliz de llenar las tardes de quien está solo, de compartir su tiempo con los desheredados del éxito, de viajar y conocer lo bello que es este planeta, de disfrutar el talento del hombre en todas las artes, de pasar el plumero a son de un vals, de dormir y trasnochar, de preparar una buena comida para los suyos, de sonreír y sonreír sin afectación ni descanso, inconsciente de la riqueza de su sencillez, inconsciente de la riqueza de su herencia.
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