9 dic. 1998

Lunes a la hora del almuerzo; uno carga sobre su espalda la resaca del fin de semana -no tiene por qué ser derivada del alcohol, sino de la tristeza de despedir el breve descanso- y los problemas que habían quedado aparcados durante el sábado y el domingo. Una frugal comida sin acompañamiento de vino, para no dificultar con un sueño a destiempo la tarde de oficina, y los minutos justos para ver en la televisión las noticias de las tres.

Después de las músicas de entrada, unos breves titulares ofrecen las noticias principales de la jornada: el paro que sube o que baja, la paz que nunca llega a los Balcanes, un frote de tifus en algún rincón de Africa, un pequeño avance médico en la lucha contra el cáncer o el sida, la inauguración de una exposición conmemorativa... Los titulares no duran más de minuto y medio calentando el interés del espectador ávido por conocer las nuevas que mueven al mundo cuando, de repente, todo se interrumpe para dar paso a un avance de la información deportiva, que no se refiere al deporte en general, sino exclusivamente al fútbol. Si a la realidad cruda y dura se le han concedido unos segundos, las declaraciones intranscendentes para el bienestar del país de tal o cual fulano sobre los problemas con su entrenador, tienen veda libre. Pero lo más sorprendente -¡ay de ti, pobre hombre desinteresado por el deporte rey!- es que después de un cuarto de hora dedicado, por fin, a la actualidad nacional e internacional, con algún detalle sobre temas culturales y artísticos, que son algo así como un chispazo de sensatez en los noticieros, vuelve a aparecer el insidioso locutor deportivo para repetirnos el contenido de las vacuas declaraciones e insertarnos una retahíla referente al mundejo del balón, aflorada -por cierto- con un lenguaje pobre y vulgar.
¿Quién maneja los hilos de esta sociedad de cuarenta y tantos millones de personas, nuestros gustos, nuestras aficiones? ¿Por qué razón, desde hace tres o cuatro años, nos interesan más las hazañas del Numancia en segunda división que los asuntos políticos, sociales o culturales? Hasta entonces, yo había mantenido la difícil destreza de no reconocer el equipo de ningún jugador de fútbol, aunque, como es natural, me sonaran los nombres de éstos y sus rostros a fuerza de haberlos visto más de una vez en las páginas de los periódicos o en la mima pantalla del televisor. Sin embargo, hoy podría relacionar a cinco o seis deportistas con sus clubes, a pesar de que me importe un rayo quién se siente en cuál alineación.

Cuando era pequeño, en el colegio, mis compañeros de clase recitaban de memoria la plantilla de los dos equipos de Madrid. Los niños de hoy también las saben, y junto a ellas, los millones que vale cada par de piernas, dónde veranean los futbolistas y quién es el que sale con tal actriz y quién con cuál modelo de alta costura, porque en este negocio disparatado del balompié también han entrado las exclusivas del corazón, que nacieron para sacarle dinero a todo aquello que despertase morbo.

Gabriel García Márquez, en "Noticia de un secuestro", una de sus novelas de corte periodístico, describe la patología del obseso por el fútbol en uno de sus personajes, que, en las primeras horas de su rapto por la guerrilla del narcotraficante Escobar, sólo pensaba en el fastidio de no ver el partido que esa noche disputaban el Santafé y el Caldas, y el alivio enorme que sintió cuando los sicarios le pusieron un televisor en su zulo para que pudiese seguir el encuentro deportivo, mucho más importante, también, para los criminales que el propio delito que acababan de cometer. El Papa, por su parte, alentó hace unos meses a los cristianos a que no deificaran nuevos ídolos, como el fútbol de los domingos, con el fin de que las sanas aficiones deportivas no terminen como dañinas obsesiones.

El empacho está servido. Los espectadores de la televisión comenzamos a sufrir complejo de oca, ya saben, esos robustos palmípedos a los que se les sujeta por la cabeza y se les da de comer sin descanso con el fin de que sus hígados enfermen, tengan un desarrollo desproporcionado y produzcan la cantidad máxima de foie. Pues eso, que las cadenas, no satisfechas con retransmitirnos un número elevado de partidos de la liga nacional, añaden las competiciones europeas y también los partidos amistosos, y las copas, y las eurocopas, y la copa del Rey, y la copa de las naciones, y los partidos de homenaje, y el mundial y los torneos de verano, y las imágenes de los entrenamientos a puerta abierta y a puerta cerrada, y las lesiones, y las operaciones, y las declaraciones del cirujano, y las del fisoterapeuta, y las del masajista, y las de las empresas patrocinadoras de los equipos, y las de los presidentes de los clubes -casi siempre en tono impertinente-, y las de los entrenadores que vienen, y las de los entrenadores que van... Mientras nuestros hígados crecen, se hinchan y acaban redondos, como un balón de reglamento.
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