28 dic. 1998

Tengo sobre mi mesa, maestro Ordóñez, tus cartas firmadas con el trazo rápido, firme, seguro. Las he rescatado hoy de mi archivo, cuando te daban un último paseo por las calles de Sevilla antes del postrero viaje a Ronda, la ciudad serrana que amabas tanto, en la que habías deseado cerrar los ojos para siempre y donde soñaste que nacerán tus bisnietos, la continuidad de la saga, de la estirpe -como decimos los taurinos-, que recogerán la pinturería del Niño de la Palma, tus piernas barrocas, el valor de tu yerno, valiente Paquirri, y lo bueno que aún nos guarda -ojalá que sí- tu nieto Francisco.

Decir Ordóñez es evocar una de las zonas más bonitas de mi vida. Es hablar de campo, de verano, de noches con "El Ruedo" sobre las piernas repasando las crónicas de tus faenas importantes en Madrid, en Sevilla, en Bilbao, en Valencia... Tantas veces me hablaron de ti los que te conocieron bien, los que te quisieron en las horas granadas y en los días en los que ya no desplegabas capotes por los ruedos de España, que te siento como una pieza de mi corazón. Algunas madrugadas, cuando todos dormían en la dehesa, descorría los pestillos de la vitrina y acariciaba los alamares de tu vestido grana y oro, reliquia de tu pasado glorioso, y soñaba compartir esa gloria, embeber la embestida loca de un toro con la suavidad con la que tú les sometías, cimbreándolos alrededor de tu cuerpo, haciendo fácil lo difícil, bello lo bruto, sublime lo popular. Eran tantas tus sombras en aquella casa, en aquella familia -mi familia-, maestro Ordóñez, que junto a ti soñé matar un toro. Desvelado leía los carteles enmarcados de aquellas antiguas ferias de Bilbao en las que hacías el paseíllo, como aquel de la inauguración de la plaza nueva en la que, negro y plata, abriste el compás para torear a la verónica al primero de los bureles que pisaron la ceniza de Vista Alegre.
Era un niño, un niño que soñaba ser como tú, crecer en aquella profesión para elegidos. Ni siquiera las cabezas de los toros colgadas por las paredes me asustaban, porque mayor es la gloria que el miedo. Así lo sentí cuando me enteré de tu muerte, cuando comprobé que, pese a los años que han pasado desde que te retiraste, sigues siendo héroe del pueblo. ¿A qué poeta que hiciese treinta años que se le secara la pluma, saldría la gente a encumbrarle en hombros como si ayer le hubiesen concedido el Nobel? ¿A qué pintor le esperaría su barrio en la calle para portar sus restos, si hubiesen pasado seis lustros desde su última pincelada? ¿Qué héroe de guerra al que se le hubiesen oxidado las medallas hubiese tenido los ecos de admiración que tantos aficionados guardan de tus tardes?

La abuela Sofía te dijo que rezaría por ti mientras, aquella tarde de agosto, matabas una corrida de la Semana Grande. Fue un gesto, maestro, cuando vestido de luces, todavía sudoroso y con el vestido de torear empapado de sangre brava, te presentaste en el salón de su casa para agradecer sus plegarias. La corrida estaba comiendo yerba y el público de Bilbao había disfrutado tu tributo por naturales. En el hotel te esperaba una legión de admiradores, tantos amigos buenos que ganaste en mi tierra. Pero para la abuela Sofía fue tu primera atención, como esas mañanas de invierno que vivías en la dehesa y toreabas de salón frente a ella, abriendo el compás, quebrado la cintura, cimbreando todo el cuerpo, como si delante tuvieses uno de esos Pablorromeros de tus éxitos, cárdeno y enmorrillado.

Hace tiempo que no voy a la dehesa, varios años que no paseo por la casa repasando los recuerdos de aquella amistad, reflejada en tantos retratos, como el del brindis de uno de tus últimos toros en Vista Alegre, con el que sellaste tu complicidad con los míos. Y no sé si quiero volver.

Me quedan tus cartas, maestro Ordóñez, los abrazos que en ellas me mandabas para quien hoy es cabeza de mi familia. Las colgaré frente a mi escritorio, donde están las fotografías de una faena antológica en Sevilla y de uno de tus grandes éxitos en plazas americanas, cuando bajo un aguacero tropical cortaste las dos orejas y el rabo. Y aunque de la noche a la mañana hayas pasado a la leyenda, a ser una página de oro de la historia de la tauromaquia, yo te guardaré como el que siempre fuiste, un amigo en aquellas noches en las que, de niño, soñaba que hacía el paseíllo junto a ti.
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