23 ene. 1999

He viajado al norte de un país del corazón de Africa, a un paisaje desértico en el que la gente muere por desnutrición. Es tan vasto el territorio, tan agudo el sol, tan yermo el campo, que cuando aprieta la sequía los más afortunados se arremolinan en los campos de hambre para conseguir una escudilla diaria de maíz por parte de la Cruz Roja. Pero la mayoría de los habitantes del desierto Turkana son nómadas y el cuidado de sus ganados -cabras, camellos y borricos- les impide asentarse para recibir la sopa boba. A pesar de que no conocen el manejo de la rueda y de que sus costumbres ancestrales les querencian al trato con brujos para solucionar sus problemas de salud, los pocos médicos que les atienden (¡buena gente española de Nous Camins!) son recibidos como ángeles. A fin de cuentas, son hombres y mujeres como nosotros, a pesar de su retraso, y cuando enferman confían en los galenos con el mismo abandono con el que esperamos los occidentales arracimados en las salas de la Seguridad Social, o en las más recogidas de las consultas privadas.

Recuerdo unos monigotes del ácido Quino; una madre llorosa recibía en la puerta de su casa a un doctor, que aparecía con aura beatífica para suministrar sus conocimientos al hijo enfermo. En cuanto le recetaba el jarabe que le restablecería la salud, los loores desaparecían, transformándose en rabo y cuernos de diablo en el momento en el que pasaba su minuta a la madre, que también había cambiado sus lágrimas por unas ojeras de bolsillo dolorido. Angel y demonio, esas son las vestimentas habituales de los médicos para sus pacientes, y no sólo por razones económicas; los doctores, que son limitados como la vida misma, no siempre aciertan en sus diagnósticos, equivocaciones que los enfermos no suelen aceptar, sobre todo cuando con ellas puede írseles la vida.
Los avances de la medicina del siglo son, tal vez, el signo más sobresaliente del progreso de nuestra era. Los turkana con los que he convivido aún se hacen sangrías para expulsar del cuerpo los espíritus de la enfermedad cuando en Occidente hemos conseguido que una tableta de aspirina -felicidades, centenaria- suprima los dolores, aligere la circulación y nos disminuya la fiebre. Hoy se opera con anestesia local en un instante, cuando mi bisabuelo murió, no hace tampoco la intemerata, en la mesa de la cocina en el transcurso de una intervención de apendicitis. Se conocen los secretos de casi todas las enfermedades, se trabaja el interior del cuerpo a través del ordenador sin necesidad de grandes incisiones, se transplanta casi toda la casquería y ahora clonan células para sustituir tejidos.

Tal vez a causa de la presión ejercida por la sociedad, los médicos viven en muchos casos dentro de una burbuja. Por experiencia familiar, sé que el trato humano entre doctor y paciente no depende tanto de la deontología profesional de quien ejerce de sanador, como del carácter particular de cada galeno. Ante enfermedades de signo tan grave como el cáncer, los especialistas muchas veces se recluyen en su consulta como si fuesen caracoles, antes que vérselas de frente con el paciente para explicarle el proceso de su enfermedad, los avances o los retrocesos. La medicina es una profesión noble y bella no sólo por la oportunidad de sanar o alargar la experiencia vital del hombre, sino por el vínculo de humanidad que se genera entre quien suministra el remedio y quien lo necesita. Además de los especialistas, los enfermos portadores de procesos traumáticos precisan sonrisas, palabras de aliento, comprensión, consejos a la hora de afrontar el dolor físico y psicológico, y una adecuada preparación frente a la muerte, si este es un destino a medio o corto plazo.

Se me cae el alma a los pies cada vez que acudo a la sección de Oncología del hospital que corresponde a mi familia. Me consta la profesionalidad de los médicos que por la Seguridad Social pasan consulta y administran las dosis de fármacos. Sin embargo, los pacientes aguardan como carneros perdidos mientras por el reloj ven pasar los minutos, las horas a veces, antes de ser llamados a consulta, sin alguien que les sosiegue. Ni siquiera el pasillo de neón y la sala despersonalizada en la que aguardan a que les llamen, infunden paz, sino todo lo contrario. El médico, su arcángel de la esperanza, debería infundirles confianza, además de extenderles recetas y realizarles reconocimientos corporales.
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