5 feb. 1999

Estoy viviendo los días más dulces de mi vida. Me acabo de casar -experiencia superior a todas las que había vivido hasta el momento de la ceremonia- y no dejo de sorprenderme de las perspectivas que cobra mi vida al lado de la persona a la que quiero. Ni puedo ni quiero ocultarles que soy muy feliz. No es mi felicidad un sentimiento ñoño -poco tenemos mi mujer y yo en común con las dulzuras pastelosas-, sino una tranquilidad, un optimismo, una alegría muy por encima de las circunstancias del día a día, a pesar de que éstas a veces se presentan un poco torcidas.

El primer fin de semana que pasamos en nuestra casa después del viaje de boda (que es, junto a la ceremonia, un tiempo irreal), nos despertamos temprano con la intención de rellenar nuestra exigua despensa en uno de los grandes almacenes que rodean Madrid. Reconozco que tenía un poco idealizado ir de compras con mi mujer, algo así como recorrer los pasillos de los expositores de alimentos poniéndonos de acuerdo en comprar sólo los artículos en oferta mientras, de cuando en cuando, nos susurrábamos al oído frases dulzonas. Y sí, mi mujer respondió a mis expectativas, ya que no hacía más que prometerme jugosísimas comidas mientras aumentaba el volumen de nuestro carro. Sin embargo, aquel hipermercado es lo más opuesto a lo ideal: niños que sus padres sueltan para que liberen la adrenalina del sábado por la mañana a carrera limpia, mujeres uniformadas con el chandal y el pelo recién cardado en la peluquería, constantes y repetidas llamadas de atención por megafonía sobre la oportunidad de tal o cuál sección, ida y vuelta de un extremo al otro de la gran superficie en busca de la pasta de dientes que se nos había olvidado apuntar en la lista, bandazos de músicas a todo volumen en la sección de electrónica, más niños que galopan expositor arriba, mejores ofertas de leche que aparecen al doblar una esquina después de haber cargado el carro con otra marca en la esquina anterior, la interminable cola para pagar semejante compra, el dinero que costó (tres veces lo que hace un mes podía yo emplear en mis necesidades de quince días), y las fuerzas hercúleas que uno debe sacar -no sé muy bien de dónde- para subir las bolsas de la compra desde el garaje hasta casa.
El fin de semana siguiente, desengañado ya de la belleza de las tareas de intendencia, volvimos al hiper, esta vez en busca de un mueble para el televisor. Asumida mi obligación de defender a capa y espada nuestra joven economía, convencí a mi mujer de que debíamos comprarlo en la sección de bricolage, pues de seguro nos ahorraríamos unos cuantos billetes. Razón no me faltaba y lo argumenté mejor cuando el vendedor corroboró que este tipo de muebles, en los que las piezas ya vienen cortadas y con sus correspondientes tornillos, se pueden armar en menos de media hora sin especiales dificultades técnicas. Con el visto bueno de mi señora, me cargué el mueble de la tele a la espalda y recorrí la interminable superficie del almacén con los músculos de los brazos a punto de saltar, uno a uno, debido al infame peso del invento.

Eran las diez y media de la noche cuando llegamos a casa. Antes, detuve el coche frente a un vídeo club para alquilar una película. Felices con la noche de cine que nos aguardaba, subí la mesa despiezada hasta nuestro piso -en un titánico esfuerzo- y la desparramé por el salón. ¿Hace falta que les cuente que no había quién armase aquel mueble? Lo intenté por espacio de una hora, frente a los bostezos de mi mujer, a la que se le cerraban los ojos con la cinta de la película en las manos. Ni los tornillos entraban en sus agujeros ni las maderas encajaban. Rondaba la media noche cuando enchufamos el vídeo, con el televisor bien firme sobre el suelo.

Aventuras y desventuras de una pareja de recién casados, que no cambian su situación ni por la del Sultán de Brunei, del que dicen es el hombre más rico del mundo. No hay oro, ni vacaciones, ni éxitos profesionales que valgan lo que vale una buena carcajada repleta de inexperiencia.
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