21 jun. 1999

En una gran ciudad caben muchos tipos de gente, así que uno casi nunca se sorprende cuando en el semáforo en rojo, mientras aguarda a cruzar el paso de cebra, se le apuesta al lado una anciana con una bolsa de plástico arrugada que utiliza -hasta que se deshace de tan usada- para guardar la barra de pan o los despojos con los que alimenta a los gatos de un jardín abandonado; un joven de color; un hombre de negocios de camisa rosa y corbata chillona como las que gasta el Rey; un pellejo desaliñado con muescas de mala vida; un comercial de traje de serie y sempiterna cartera abultada; una monja de clausura junto a otra monja que le acompaña al médico; un colegial desenfadado y cándido; un obeso con una chuchería entre las manos; una treintañera haciendo footing; unos novios efervescentes; un obrero de mono azul y hasta un famoso de esos que salen por la tele. Nadie se mira en demasía, nadie se atreve a puntualizar sobre el aspecto o el comportamiento de nadie, todos pasamos como sin pasar, cada uno hacia su destino momentáneo en la panadería, la obra, la oficina, la esquina, la escalera de una casa de pisos, una iglesia o un hospital, el restaurante, el parque, el taller y hasta el plató de televisión. Nos toleramos unos a otros, y a la gente más extravagante sólo le dedicamos alguna mirada de refilón, un vistazo que no delate nuestra sorpresa, porque las calles de una gran ciudad son territorio de nadie.

Sin embargo, en este deambular por las grandes urbes, pasamos de la mirada de refilón a un observar descarado cuando nos cruzamos con algún ciudadano de fisonomía deformada, porque en la hoguera de vanidad en la que vivimos no existe mayor desgracia que la de ser enano, tullido, cojitranco, subnormal, paralítico, cabezón, estar sembrado de acné, haber perdido una oreja, lucir una nariz superlativa o unos pechos desmesurados, ser calvo antes de tiempo o, por el contrario, peludo como un animal. La sociedad misma -ente desdibujado- ha divinizado el cuerpo humano con el físico peculiar de un momento concreto de la vida: el porte de la juventud de la gente bella, y todo lo que salga de esos parámetros es digno de compasión y hasta de repelús. Comprendo que quienes nacen con semejantes taras, defectos o abundancias, recelen del mundo, odien la calle y maldigan su suerte, porque la vida de hoy no se ha diseñado para ellos, que se sienten esperpentos si hacen caso al bombardeo publicitario del hombre o la mujer "feliz": ni con tintes de cabello, ni con ropas ajustadas, ni con bikinis ni trajes de baño, ni con perfumes o cosméticos, ven cambios aparentes en su desgracia.
De cuando en cuando me entretiene observar las fotografías antiguas de mi familia. Mi bisabuela vivió casi cien años, pero desde los cuarenta y pocos vistió un luto riguroso que le acompañó hasta la tumba. Esta buena mujer aparentaba su edad con proporción, es decir, que la juventud abarcó hasta la mitad de su vida, mientras que en la otra mitad asumió el paso de los años, las canas y las arrugas. Hoy, el hombre -la mujer, lo mismo da- de cincuenta años no sólo se siente un chaval, sino que aparenta una edad que no le corresponde, porque nos produce pavor alejarnos de ese Adonis, de ese ideal de perfección. ¿Existe algo más esperpéntico que esos artistas del escenario, a los que someten a operaciones de caballo para estirarles aquí y allá, a los que les liman los dientes desgastados y les acoplan fundas de un blanco cegador, que se turran la piel bajo una lámpara de rayos artificiales, se agregan pompis y cabello, introducen plástico en sus pechos y labios, se arrancan hasta el último vello, tronzan sus narices en favor de un respingo, y se pegan las orejas al cogote? No hablo sólo de mujeres, ¡ni mucho menos!, y cuando me refiero a artistas del escenario no pienso sólo en los actores y cantantes, sino en presentadores de televisión, en políticos, en importantes personajes de la economía nacional y en esa ristra de parásitos que viven de la curiosidad malsana del resto de la ciudadanía.

Creo que la vida sólo se disfruta cuando se asumen sus limitaciones. Una de las limitaciones más drásticas es la que impone el tiempo, y hay que aprender a estropearse con el ritmo que marcan los años. Me pregunto si tanta prevención a la arruga, a la deformidad, tanto culto al músculo y a la silueta de museo, no es sino reflejo de una angustia irreparable ante nuestra condición mortal. El hombre y a la mujer de esta sociedad del glamour y del éxito han borrado de su trayectoria el final de la vida, y todo lo que se nos ocurre para solventar lo imposible son esos parches caricaturescos y esa curiosidad casi repulsiva hacia los que nos recuerdan la realidad de nuestra naturaleza imperfecta: los enanos, los cojitrancos, los subnormales, los cabezones, los señalados por el acné furibundo, los calvos antes de tiempo... Y no reparamos que caminamos en un mundo que se sostiene sobre millones de muertos, como gritaba Dámaso Alonso, el poeta.
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