25 jul. 1999

Me gusta la playa por muchas razones. En primer lugar, porque el olor del salitre y de las algas podridas forman parte de esos agradables reflejos de la infancia, en los que venir al mar tenía algo de extraordinario. En segundo, porque en la playa disfruto cuando comienzo a caminar, y no me importa repetir una y otra vez, un día y otro, el mismo recorrido, desde donde poso mi toalla hasta las rocas verdigrises que cierran el arenal, pues la disposición de las mareas y el maremágnum de bañistas se encargan de hacer distinto cada paseo. De la playa también me gustan las sorpresas que traen las corrientes: conchas desgastadas por la brava erosión, trozos de madera, botas de algún naúfrago... Y me emboba la luz que se filtra por las panzas de las olas antes de romper, y su rugido cuando estallan, pues pese a su constancia y a su voracidad no producen el malestar ni la inquietud de los bocinazos del mundo del interior, ese trasiego del hombre siempre en movimiento, siempre buscando aún sin saber qué busca.

He tenido la fortuna de pasear sobre los arenales de playas muy distintas, que poco tienen que ver con la paellera humana en que las nuestras se han convertido. En las playas del Indico africano escuché la lucha impenitente de las olas contra el arrecife, las voces graciosas de los niños que buscan caracolas y las conversaciones de estaca a estaca de algunos pescadores. En las playas del Mar de China me deleitó la caricia del agua tranquila contra la orilla, el hipido de alguna golondrina marina, el motor despacioso de las chalupas. En las del Pacífico, siempre desiertas e inmensas, imaginé cómo sonaba el batir de las alas de los cormoranes, la zambullida valiente de los pelícanos contra la superficie turbia y el grito lloroso de las focas. Sonidos evocadores y amables que no me hacen renegar de las playas de mi país, que también me gustan, pese a los inconvenientes del difícil aparcamiento, de que los centímetros de arena por bañista están contados y medidos, de las porquerías que entre artículos evocadores devuelven las aguas a la orilla, de que hay tipejos y tipejas que se creen con derecho a tostar sus intimidades a los ojos del público, de que el rumor poético del mar quede oculto, a veces, por la música de un transistor dominguero o por las voces de alguien que con cajas destempladas intenta aleccionar a un niño sobre lo que se puede o no se puede hacer en sociedad (si en la playa se pueden exhibir alegremente tetas y culo, pocos modales puede aprender allí un niño, pero este es otro asunto...)
Algunos piensan que en la playa desaparecen los estatus, las clases sociales, que en paños menores todos somos iguales, y se sienten muy felices retozando sobre las olas entre presidentes de banco y jardineros, entre abuelos de asilo y flamantes doctores de universidad. Los hay que no se preparan antes de mostrarse en público en traje de baño, y hasta quienes toman las vacaciones en la última quincena de agosto y no sienten rubor a pesar de la blancura de su piel o de una tripa sobresaliente, resultado de un invierno regalado al cocido y a la cerveza. También abundan aquellos que se preparan a conciencia meses antes de estirar la toalla sobre la arena; padecen el estreno de los días de playa como la entrada en el más estricto de los tribunales, y sufren lo indecible en gimnasios y salones de belleza para arrancar grasas y vello. Así, cuando se desabrochan la camisa entre la multitud, sienten mil ojos escrutadores que aprecian una curva bien conseguida y un bronceado digno, aunque sea de máquina, y su moral roza la nubes.

Observo a todos estos tipos en mis paseos playeros por la orilla, una amalgama de ciudadanos mezclados a pesar de las diferencias políticas, a pesar de los escalones de patrimonio y de renta. Así, lo mismo me cruzo con un chuleta de braguilla náutica y axilas depiladas atento a cualquier mirada femenina, que con el inspector de hacienda, calvo, de hombros caídos y tripa acolchonada, feliz como unas pascuas con las bermudas festivas que le ha comprado su señora en las rebajas de julio. Lo mismo con una chavala de buen ver, morena como un zapato, que con una de esas venerables ancianas de pechos inmensos y atuendo decimonónico, que se remoja la artritis de los pies. Lo mismo con una madre cuarentona a la que no le importa la piel de naranja de sus muslos, que con un niñote que chapotea desnudo en cualquier poza ganada al mar. Democracia hasta en la playa, en fin, que es lo que un día elegimos.
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