10 sept. 1999

En un ejercicio de gratuita estupidez, uno se imagina contestando las preguntas de los más ávidos periodistas, ofreciéndoles su opinión determinante sobre la solución de una ristra de problemas que agobian a la humanidad. A veces nos ocurre mientras conducimos hacia la oficina gris de todos los días -la imaginación desbocada no para de trabajar- o frente al café que humea y las tostadas del desayuno, mientras se desintegran frente a nosotros los últimos sueños ¿Quién no se ha representado entonces a sí mismo marcando el gol del último minuto mientras le aclama todo un estadio? ¿Acaso no hemos endulzado nuestro oído con el coro continuado de nuestro nombre en labios de una multitud enfervorecida? ¿Quién en la ducha no se ha representado con el micrófono en la mano mientras emite gorgoritos frente a un patio de butacas a reventar? Las fans lloraban cada vez que subíamos una de nuestras cejas en momento de trance artístico... ¿Quién no se ha visto en la primera página de los periódicos, bajo gloriosos titulares, aplacando a un terrorista en las escaleras de una escuela...? En fin, ¿quién no ha anhelado ser famoso?, porque la fama es uno de los talismanes sempiternos de la humanidad, un privilegio del que sólo disfrutan los elegidos por el caprichoso azar. Uno, dos, tres..., y hasta diez personas dentro de la marabunta anónima de los humanos. Por esa fama (a veces, mala fama), hombres y mujeres se esfuerzan, se entregan y hasta pierden la honra.

La fama, aparentemente, reporta tantos beneficios que los "famosos" son capaces de cualquier cosa para no perderla. Su condición humana, que comparten con el resto de los mortales, parece que se les ha transformado en un halo de virtudes cuasi angelicales, y por donde van aparentan dejar un rastro perfumado. Pero ese aura fantástica se convierte en una momentánea decepción cuando se presentan en carne y hueso ante las masas subyugadas, sin el amparo de las cámaras o del papel couche. Entonces el público comenta esas decepcionantes constataciones sobre el nuevo panteón de divinidades humanas: "parecía guapo, pero el tío va maquillado como un cromo, y así cualquiera...", "es una enana, aunque en la tele aparente tan buena presencia", "le pedí un autógrafo y ni siquiera se molestó en mirarme, y eso que frente a las cámaras desborda simpatía..." Sólo los personajes de auténtico carisma son capaces de vencer los encuentros imprevistos y enderezar las emociones alicaídas de su público.
Las plazas de toros son uno de los nuevos escaparates de la fama, lugar donde gustan mostrarse las celebridades de última hornada. En uno de mis abonos (puedo referirme a cualquier ruedo de cualquier feria), una de mis vecinas de tendido es conocida por el paisanaje como "El "Hola"", porque sentada en su almohadilla y sin despegar los ojos de sus prismáticos, transmite en alta voz lo que hacen o dejan de hacer durante la corrida los personajes que se acomodan en las primeras filas de sombra, con quién hablan, cómo visten, si meriendan o acompasan las horas de espectáculo con un whisky, si hablan por el móvil, etc. "El "Hola"" se relame sobre su localidad con la prolongada ocasión de controlar a sus famosos, de respirar con ellos el mismo aire viciado de habano, arena y sangre, y por el espectáculo paga una no despreciable cantidad de dinero. Aunque nada entiende de la alta gestión empresarial, distingue a sus principales dirigentes..., aunque sólo sabe quién encabeza la competición nacional de fútbol, relata de memoria las aventuras amorosas de los jugadores de suculenta plantilla..., aunque la política le aburre, conoce hasta los dos apellidos del concejal que tontea con una estrella de la sobremesa televisiva... En el fondo, aunque despotrica de ellos mientras los observa, "El "Hola"" sueña con compartir la misma suerte; su mayor arrobo sería declarar a las revistas y programas de los que se alimenta esa farándula, que ella es una mujer feliz, una mujer que cree en el amor pese a rozar los sesenta y que su corazón aún encierra mil pasiones dispuestas para quien se lo rife..., y toda esa suerte de vacuidades que firma la gente famosa.

A la sesentona de los prismáticos le deslumbra el brillo de las joyas, el colorido de los vestidos que los famosos estrenan y nunca más se vuelven a poner, el bullicio que provocan a la entrada de cualquier espectáculo, el sonido de las cámaras, los fogonazos de los flashes... Le deslumbran esas vidas de felicidad constante, extendida y que nunca se marchita, porque los famosos sonríen con todos los músculos, incluso para declarar un divorcio, desmentir un embarazo o confesar una traición, como recalcando con ironía la mentira sobre la que se sostiene su existir.
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