1 oct. 1999

Se han escrito muchos chascarrillos sobre el móvil, que es como llaman ahora al teléfono portátil, al celular, a ese compañero que se ha unido al ser humano, complemento de hombres de negocios, de estudiantes universitarios, de amas de casa y hasta de marujas de chándal y tacón. Se han escrito tantos y tan graciosos artículos sobre este teléfono (recuerdo alguno magistral de Ussía), que no pretendo añadir ningún chiste al respecto sino, con un esfuerzo de sinceridad, confesar que aún por encima de mi voluntad yo también voy de acá para allá encadenado al teléfono, aunque, eso sí, discretamente disimulado en el bolsillo (no existe nada más ridículo que llevarlo colgado del cinturón como si fuese un revólver).

Incluso entre los usuarios, somos legión los que despotricamos contra los móviles o..., más bien, contra aquellos dueños responsables de que suene "La Marsellesa" con aire japonés en mitad de un pésame, en lo más emocionante de una película de cine, en el silencio sepulcral de las Ventas cuando José Tomás arma la muleta y hasta en lo más álgido de una declaración de amor.

Muchos de ustedes objetarán, con mucha razón, que los que utilizamos el móvil siempre añadimos la coletilla del "si por mí fuera, no lo tendría; ya sabes, obligación del trabajo", como para disculparnos con aire vanidoso de la necesidad de estar localizados en cualquier momento. Porque el móvil, como casi todos los artículos que no son de primera necesidad, se ha convertido en un elemento de estatus, y por necesidad de apariencia son -¿somos?- miles los ciudadanos que mes a mes pagan cuotas, línea y mantenimiento, convenciéndose de lo ventajoso de pertenecer a cual o tal compañía, esas que han llenado los espacios de publicidad con mensajes sobre lo feliz que resulta la vida al lado de un móvil.
Ahora que está tan en boga hablar y escribir sobre "el saber estar" (la buena educación, que decían las abuelas), echo de menos un decálogo sobre los nombrados aparatos, porque rebasa el mal gusto ese atropello de acudir a un almuerzo o a una cena, y colocar el celular junto al platillo del pan, como si se tratara de un cuadro de mandos indispensable para estar vivos. Y si, encima, ese móvil interrumpe la conversación, los malos modales del convidado sólo se saldarían obligándole a comérselo con el aliño de la ensalada. Ser mal educado no se reduce a cortar con tenedor y cuchillo el bollo del desayuno, o a comer con los codos disparados como las alas de un cóndor. No hay mayor grosería que acudir invitado a casa ajena y no desconectar el teléfono personal. Me parece tan insufrible la impertinencia, que me he decidido a colocar un cartel en la puerta de casa el día que acuden mis amigos y conocidos: "Si no estás dispuesto a apagar el móvil mientras estés con nosotros, preferimos que vuelvas a la calle y nos llames desde allí para poner cualquier excusa, como que te duelen las muelas, que ha desaparecido el metro o que te has intoxicado con una mariscada. Gracias", porque no se puede mantener una tertulia mientras hacen polifonía las musiquillas enlatadas de los móviles.

En esta mezcolanza entre complejo de superioridad y complot en que se ha convertido tener o no tener móvil, los más perjudicados son los niños y los adolescentes, que también han encontrado en el aparatito un motivo con el que llenar sus vidas de ilusiones. Así, las niñas cambian a los trece años las muñecas por el móvil, y los niños los cochecitos de metal por el nombrado cacharro. Más de uno ha tiranizado a sus padres hasta conseguirlo, y el que no, ha empeñado la fortuna de sus pagas semanales con tal de lucirlo entre sus colegas de discoteca after-hours. Pero no un móvil cualquiera, sino el que tenga marca y código de numeración, calculadora incorporada, envío de mensajes, juegos de ocio para el autobús y los recreos de clase, no pese más de veinticinco gramos y le puedas combinar carcasas de colores chillones.

Los comerciantes, que no son tontos, hace tiempo que adivinaron los caprichos y codicias que despertaría esta nueva necesidad de vivir comunicados, y han lanzado al mercado toda suerte de complementos, como el pirindolo que permite hablar sin manos mientras conduces o paseas. Así que, tantas mil de aparato, tantas mil de cobertura, tantas mil de crédito con tarjeta, tantas mil de carcasas de colores, tantas mil de pirindolo sin manos, y todos más felices que unas pascuas.

Sentimos cierta piedad al pensar en los pobres salvajes que adoran tótems de madera, y al repasar la Historia nos producen lástima aquellos judíos que cambiaron el Dios uno y verdadero por un becerro de oro..., pero a nosotros sólo nos falta meter al móvil en la cama, con cuidado de que no se constipe por las noches, agradecidos por los muchos servicios que nos presta.
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