13 abr. 2000

Tras los fastos de una ya lejana Nochevieja, parece que lo del 2000 se quedó en la anécdota que cada día recordamos al encabezar nuestras cartas con la fecha, porque sólo a los Académicos de la RAE les suena bien lo de "marzo de 2000", una construcción que rechina en nuestra boca. Los temores milenaristas han invernado hasta el próximo diciembre, cuando en la preparación de la Navidad se nos recuerde por todos los medios que esta vez sí que llega el nuevo siglo, otro milenio, una era distinta. En conclusión, una reincidente manera de explotar el ingenio comercial.

Pero existe otro 2000, el de los cristianos, que por voluntad del Papa hemos convertido este año cabalístico en la Fiesta de la conversión: es el gran Jubileo para una religión que abarca el planeta y la Historia Moderna de confín a confín, y renovamos con más intensidad que nunca los principios evangélicos del arrepentimiento y del amor a nuestros semejantes. En los templos de nuestros pueblos y ciudades deberían explicarse las condiciones para beneficiarnos de la gracia que la Iglesia dispensa a lo largo de este año, pues no es preciso peregrinar más allá de la catedral más próxima, viaje que incluso puede ser sustituido o complementado por una obra de caridad o de penitencia.

Tras el Concilio, la Iglesia ha procurado adaptarse al signo de los tiempos, abriéndose a un mundo cada día más y mejor intercomunicado. Así, los cuatro últimos Papas han agitado las conciencias colectivas de los estados, como representantes que son del individuo, en aquellos aspectos referidos a la justicia social. Y si los individuos somos invitados a una conversión personal, los gobiernos de los países son llamados a la práctica de una política que respete las conciencias y se vuelque en favor de los más necesitados.
Tanto en aquellas visitas breves que Pablo VI realizó por Africa y Asia, como en los ya incontables trayectos de Wojtyla por el Tercer Mundo, los Sumos Pontífices han llamado la atención mediática, desde el corazón de la pobreza, sobre la injusticia que sufren cada una de esas naciones que ni siquiera se estudian en las escuelas de Occidente. Han mostrado, sin componendas, que la miseria que ahoga a tantos millones de seres humanos frena la libertad y lacera la dignidad humana, poniendo en tela de juicio tanto a los gobernantes bananeros instalados en el poder con bota de hierro, como a las democracias de nuestra orilla, incapaces de resolver el problema de la miseria, que no sólo fomenta la dependencia Sur-Norte, sino que limita cualquier aliento de desarrollo social y económico en Africa, Asia y América Latina. La pervivencia e, incluso, el crecimiento de la pobreza, se debe a muchas razones difíciles de compendiar en un artículo como éste, ensortijadas en causas históricas, culturales, políticas..., mas es necesario destacar que el esfuerzo que realiza cada una de estas naciones por pagar tan sólo los intereses del préstamo que en su día les concedieron los grandes bancos occidentales, los gobiernos modernos y las instituciones supranacionales, ancla la esperanza de un mejor mañana en un infierno de desolación, enfermedad y -en muchos casos- hambre. Los planes de educación en el Tercer Mundo (escuelas primarias, formación profesional, universidades), de salud (investigación de enfermedades tropicales, pongo por caso), de inversiones en infraestructura o microcrédito, están supeditados al pago de la deuda, salvo, claro está, el control de población, único asunto en el que el Primer Mundo está dispuesto a invertir masas de dólares. Esta es la razón por la que Juan Pablo II señaló la condonación como uno de los objetivos del 2000, en la carta preparatoria del Gran Jubileo que dirigió al orbe cristiano en 1996, y son muchas las personalidades que se han unido a su propuesta, entre los que cabe destacar a Bono, solista del grupo irlandés U2.

El Papa no se refiere a la condonación de la deuda con oportunismo, para contentar al clero populista y a las bases más reaccionarias de la Iglesia. Ha demostrado la profundidad de su preocupación al convocar a pensadores y economistas cristianos, consciente de que no se trata de un asunto baladí de fácil resolución, ya que entran en juego billones de dólares que podrían descompensar la economía mundial. Sabe que la pobreza es una bomba de relojería que no afecta sólo a los que la sufren, sino que se aventura como la causa directa e indirecta de la mayoría de los enfrentamientos bélicos que se produzcan en el siglo XXI. Naciones como Zambia (donde la esperanza de vida disminuye año a año, hasta los 33 años en el próximo 2005), o Níger (donde tan sólo el 14% de la población está alfabetizado), dedican a resarcir la deuda hasta dos veces más dinero al que emplean en salud o educación.

Algunos expertos proponen, con un argumentario científico iluminado por la buena fe, que antes que nada hay que decidir cuáles son los países deudores que ofrecen garantías de recibir la bula de esa condonación por prestarse a aplicar esas cantidades perdonadas en favor de su población desfavorecida, desechando tentaciones de "mordidas" y otro tipo de corruptelas, o de aumentar las inversiones militares de sus ejércitos. Además, el perdón ha de llevar implícita una ayuda para la gestión económica de las economías nacionales que impida que, allí donde a partir de la descolonización europea reina el caos, no sea necesario (en muchos años o para siempre) recurrir de nuevo a un endeudamiento externo de imposible cumplimiento.

Tengo la sensación de que el planeta festejaría el Jubileo de los pobres sí, al igual que ocurrió al descubrirse los horrores de la Segunda Guerra Mundial, una vez aceptada la barbarie que provoca la pobreza estructural, se promoviera un abrazó entre los pueblos del mundo bajo el amparo de las Naciones Unidas, donde los países ricos deberíamos estar dispuestos a sacrificarnos en beneficio del vecino menos agraciado, no sólo condonando, sino ayudándoles a construir un futuro parecido al nuestro.
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