7 abr. 2000

El otro día dediqué unas horas a grabar una cinta de música nostálgica para el coche. Revolviendo mi colección de discos, seleccioné varios de José Luis Perales, aquel conquense de bien que durante muchos años empapó las ondas del dial con sus melodías sencillas y románticas. Nos gustaba Perales porque sus canciones hablaban de historias al alcance de la mano: en una describía las dudas de un matrimonio que después de muchos años de unión se pregunta si aún se quieren; en otra relataba las dificultades de una mujer que se ha quedado sola a cargo de una familia; también hablaba del desgarrón que provoca despedir a quien se ama, o de los sueños de un melancólico chaval de barrio que desea abrazar la alegría porque se siente ahogado por la soledad... En Perales adivinábamos al ciudadano ideal, cantor de la infancia de sus hijos, un hombre sin prejuicios a la hora de alinearse en el bando de la gente normal, lejos de los estrafalarios solistas del mundo de la música, a pesar de ser uno de los artistas que más discos han vendido en España y América Latina. Perales no asistía a fiestas ni se dejaba ver en las portadas de las revistas del corazón, salvo cuando se trataba de ayudar a alguna causa de bien social. Sólo concedía entrevistas durante la promoción de sus trabajos, y sus giras tenían un carácter intimista, reflejo de su timidez. Se reconocía como un autor feo, de voz pequeña y vulgar, al que le gustaba escribir canciones más que cantarlas, pues su triunfo era fruto de la casualidad y no de su empeño.

"¿Qué habrá sido de Perales?", me pregunté mientras repasaba los títulos que hace años me sabía de memoria. Desde tiempo atrás no le veo en la televisión, y me da la impresión de que sus últimos discos no han ocupado los primeros puestos en la lista de éxitos, como acostumbraba, que ya no le llaman los que antes le conducían de acá para allá como si se tratara de la gallina de los huevos de oro. Sé que en uno de sus últimos discos cambió de imagen por exigencia de sus productores, que pretendían sacarle partido como fuese (lo recuerdo con el pelo rapado y vestido de negro, jugando a Leonard Cohen, con un aspecto que no le correspondía), pero su público no le reconoció, tal vez hastiado de más de lo mismo. Puede que siga siendo un ídolo en algún país americano, pues a propósito evocó la belleza de esas tierras en unos versos a los que Julio Iglesias supo sacar más provecho.
Mientras grababa las canciones que elegí para mi cinta, me embargó la melancolía de los personajes buenos de sus historias, y llegué a la conclusión de que el triunfo es siempre traidor. A las casas de discos, como a cualquier otro negocio, les interesa ganar dinero; son capaces de enterrar los verdaderos talentos con tal de que su caja registradora siga multiplicando ingresos. El arte ya no sólo depende de los soplos de la inspiración, y todos aquellos que nos dedicamos al manejo de la palabra, a los pinceles, al modelado del barro o de la piedra, a las melodías, a la expresión corporal o a la interpretación sobre las tablas, debemos ser conscientes de que los aplausos van y vienen, pues el éxito no es un cheque en blanco para toda la vida, ya que vivimos en un mundo en el que juegan muchas variables a la vez y el equilibrio no está en nuestras manos. Ni siquiera en las del público.

Pero el olvido no sólo incumbe a los artistas. También los políticos, los deportistas, los presentadores de televisión..., sufren las consecuencias del capricho de la fortuna. Aquellos que antes llenaban los titulares de la prensa y se ufanaban de las bendiciones con que les premiaba la vida, pasean hoy por nuestras calles sin que nadie se gire siquiera para mirarlos. Me los imagino de despacho en despacho, sosteniendo que despertaban el interés de las masas, convencidos de que aún pueden llamar la atención del público, incapaces de reconocer que su físico y su ambiente han perdido todo el fulgor de antaño.

Me da la sensación de que José Luis Perales estará tranquilo, a pesar de que ya no reciba las llamadas de los interesados que durante años le doraron la píldora. Ahora que no graba discos con tanta frecuencia y que ningún cantante de relumbrón le solicita sus temas, me imagino a Perales en su casa de Cuenca, tal vez, dedicado a sus aficiones: la música, los libros, la escultura..., ofreciéndole a Manuela, su mujer, y a sus hijos, todo el tiempo que les debía, tranquilo y satisfecho cuando al mirar las paredes contempla los trofeos de su carrera.
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