5 may. 2000

Ustedes saben quién es Lucky Luke, ese cómic de Morris, cow-boy famoso por que dispara más rápido que su propia sombra. Pues de existir hoy, el vaquero regresaría cabizbajo y desprestigiado a sus viñetas, porque la mayoría de los ciudadanos desenfundan más rápido que él, aunque no me refiero a un colt o a cualquier otra arma de fuego, sino a nuestra tercera mano: el mando a distancia.

La vida en el nuevo milenio no sé concibe sin mando a distancia. Así, el día que los mandos no funcionan, sentimos cierto abatimiento y una gran pesadez por tener que bajarnos del coche para abrir la puerta del garaje, o subir y bajar a mano el volumen de la cadena de música, al igual que al regular la temperatura del aire acondicionado, cambiar el canal de la televisión o darle forma a la cama anatómica. Un día de mandos rotos es como un cielo sin sol, más triste que un pájaro tropical en una jaula, que diría Joaquín Sabina. Con lo cómodo que resulta sintonizar Tele-Bingo desde el sofá, y después pasar a Antena-Pez con sólo presionar un botón. Y si Antena-Pez no nos convence, pues se aprieta de nuevo y aparecen las imágenes codificadas del Canal-Bus, y de esta forma pasamos la tarde y la noche de concurso en concurso, de programa de cotilleo en programa de cotilleo, de película de tiros en película de tiros..., sin movernos de la poltrona, con el vaso de vino y los cacahuetes bien cerca, sintiendo la necesidad subliminal de que pronto tendrán que inventar un mando para que la bebida y el aperitivo salten por sí solos desde el vaso o el plato hasta nuestra boca, y otro mando que cierre el pico de los niños, de la mujer y de la chica que trabaja en casa, si se ponen a hablar en el momento en el que lo único que nos apetece es poner los pies descalzos sobre la mesa del salón y desinhibirnos.
Los expertos aseguran que con el mando hemos inventado una nueva forma de ocio solitaria, que consiste en pasar las horas frente a la tele, venga a apretar botones, alimentándonos una insatisfacción que no sacia, causante de que comencemos la sesión con un debate sobre los jóvenes y el sexo, ya empezado, para saltar, a los cinco minutos, a una película de muchas palabrotas y un montón de bofetadas que está a punto de acabar, y antes de que aparezcan los títulos de crédito ya estamos con los dibujos animados de líneas japonesas, que nos aburren antes de dar dos sorbos al vino y nos invitan a una nueva presión dactilar que cambia la pantalla por un concurso, y cuando aparece la puntuación de los que juegan, un nuevo viaje virtual hasta un relaty-show en el que una vieja ordinaria describe lo picaruelo que aún es su marido, un hombrecillo sin dientes que se ríe a convulsiones cuando su señora habla de noches de insomnio y ropa interior, y en el momento en el que nos entra una arcada, otra vez apretamos el botón y donde había un debate ahora hay una ristra de anuncios, más larga que el AVE en Semana Santa, así que de la publicidad damos un nuevo salto, y esta vez ocupa la pantalla uno de esos homosexuales que dominan la televisión del 2000, amanerado y zafio, con una boquita como un puñal cuando se trata de destripar al antoniodavid de turno como si se tratara de un cerdo en día de matanza, así que dejamos al maricuelo con sus gritos histriónicos y regresamos al concurso, en el que los protagonistas están a punto de quitarse los calzoncillos, porque si uno va a la tele está dispuesto a quedarse en bolingas cuando el guión lo exige -¡viva la fama, el dinero y los quintos del 74!- y al descubrir que uno de ellos lleva los calcetines sembrados de tomates, pues..., ¡otra vez a apretar!, y la vieja salida ya ha terminado de contar porquerías y ahora quien relata sus experiencias es un dragg-queen que de niño tenía complejo de gallina y dormía sobre una percha. Las aves de corral siempre nos han dado repelús, así que dejamos a semejante personaje, al que el presentador ha calificado como "fantasioso y divertido", y en uno de los canales vuelve a aparecer el homosexual azucarado, que se contonea como una vedette de baja estofa y sigue insultando a quien se le pone a tiro, y otra vez el botón, y ahora es Rappel el que deslumbra la pantalla con túnicas orientales y sortijones de roscón de reyes, y la arcada se repite otra vez, y apretamos el mando y quien nos saluda es un presentador de tendencias indefinidas, muy majote él, que de cada palabra hace un doble juego con sabor a barrio chino con el que el público ríe a rabiar, y que por mantener la audiencia es capaz de comerse un gusano repugnante, en vivo y en directo, y uno sigue dándole al mando empachado de tanta zafiedad, pero sin aparente resolución de lanzarlo contra la pantalla para coger -¡por fin!- un libro o ponerse a charlar con los suyos, que es lo mejor a lo que se puede dedicar el tiempo de ocio. Además, lo de los pies encima de la mesa es de pésimo gusto.
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