25 sept. 2000

No puedo evitar un escalofrío cuando veo a un español subir al podio olímpico de Sydney. Es una reacción natural, la emoción por saberme representado (aun con mi incapacidad para practicar dignamente un solo deporte) en aquel triunfo. El olimpismo está caracterizado por una colección de virtudes que debería impregnar otros aspectos de la vida, sobre todo ahora que casi todo (trabajo, ocio, apariencia) se vive con afán competitivo. Son el compañerismo, la lealtad, la deportividad (saber perder, que no es fácil), la disciplina, la audacia, la reciedumbre, la humildad (asumir un triunfo es más complicado todavía), etc. Aunque la preparación de los juegos de Sydney no ha estado libre de sobresaltos, no creo que la universalidad de los juegos, su difusión masiva ni el dinero que generan, hayan corrompido los valores a los que me acabo de referir, a pesar de que a países como China les hayan sacado los colores en los reconocimientos médicos de sus deportistas, que el tira-afloja político halla dejado en tierra a grandes estrellas del estadio o que, en una penosa revelación, algunos de los altos cargos del Comité Olímpico saltaran a los tabloides por turbias facturas de sus viajes oficiales, prostíbulos incluidos.
El espíritu olímpico está por encima de las feas circunstancias que salpican cada celebración, bien a causa del régimen nazi que se apoderó de la bandera neutral de los aros, bien del terrorismo que ensangrentó las competiciones, del veto de las grandes potencias durante la Guerra Fría, de las drogas que obligaron a devolver medallas en las últimas convocatorias o de las exclusivas cerradas con grandes cadenas de televisión. Pero no debemos olvidar que el hermanamiento de las naciones y de las razas mediante el deporte es frágil, y no se asegura con los efectos especiales de las cada vez más espectaculares y sentidas ceremonias de inauguración, sino con el cumplimiento de los reglamentos de cada especialidad y con la apertura y la promoción de los atletas de las naciones pobres que, algún día, también ejercerán el derecho de sentirse anfitrionas del mundo.
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