1 sept. 2000

Estamos de mudanza. Después de casi dos años viviendo en un apeadero -un piso magnífico, por cierto- hemos terminado las obras de nuestra casa definitiva. Hay gente abocada a las mudanzas. Sin ir más lejos, los diplomáticos empaquetan sus enseres cada cuatro años, y no para llevárselos a la vuelta de la esquina. Compadezco a las mujeres de los embajadores, cónsules y agregados, media vida con la casa a cuestas, haciendo piruetas para convertir en hogar un piso en el frío Toronto con los muebles que antes ocuparon las habitaciones de un chalé tropical en Costa Rica. Lo nuestro (lo de mi mujer y lo mío) no es para tanto. Hasta el momento, ella ha conocido tres mudanzas. De la primera no guarda recuerdos, porque apenas tenía cuatro años. De la segunda sí, dos semanas embalando y desembalando y una noche de melancólicos recuerdos en aquella casa frente al Palacio Real, cuando en las paredes sólo quedaba la marca del perfil de los cuadros, y por el suelo montoncitos delatores de que el servicio no limpió jamás detrás de los armarios. Evoco la situación como aquella memorable escena de "Memorias de Africa" en la que la Baronesa Blixen charla y baila entre las cajas que contienen la historia de su aventura. La tercera fue la de su boda, y coincidió con mi primera mudanza. ¡Qué sensación extraña colgar nuestras camisas y chaquetas en un armario común! ¡Qué sensación contemplar por primera vez ese salón decorado con las fotos de su familia y las de la mía!

Después de año y medio, todo es habitual. Hasta tengo la sensación de que, cuando nos vamos de la sala de estar, mi padre salta del marco de plata para fumarse unos pitillos con mi suegro, mientras mi abuela narra a mis cuñadas los bailes de su adolescencia. Ni siquiera me surge la defensa espontánea de señalar como míos los objetos del piso: todo pertenece a los dos -a los tres, desde la llegada de Santiago-.
Pero el tiempo pasa y aquella obra (las obras siempre son lentas y muy caras) ha terminado, y nuestra nueva casa nos espera, una caja de bombones después de que mi mujer la haya empapelado con gusto inglés y pintado alguna de sus paredes con colores que parecen reflejo de un sueño. Desde las ventanas del salón contemplamos, a lo lejos, el perfil del Madrid histórico, y la terraza promete ser un diminuto parque para los niños, en el que abundarán las flores de cada estación. Claro que, para que el sueño se cumpla, tenemos que hacer la mudanza, y menudo susto me llevé al comprobar todo lo que hemos acumulado a lo largo de diecinueve meses. El culpable soy yo, que tengo la manía de archivar las cartas que me llegan, de guardar folletos de exposiciones, de acumular libros, de engordar carpetas con dibujos y apuntes, de comprarme cómics como si todavía fuese un chaval, de ahorrar para un cuadro que me ha pellizcado, de conservar revistas, de no tirar ni un sólo papel de los que componen el proceso de mis novelas, de clasificar negativos de fotos, de apilar nuevos álbumes, de conservar las dobles copias de cada instantánea... Mi mujer resopla cada vez que abre un armario y no encuentra dónde guardar la ropa que al bebé se le ha quedado pequeña, y es que mi capacidad de expansión llega hasta las cajoneras de la cocina. Ya se lo decía mi madre: "o le pones freno a tu marido o sembrará vuestra casa con todo tipo de cachivaches, adueñándose hasta de los recovecos más escondidos".

Con la mudanza, mi mujer no se ha andado con chiquitas. Comenzó por darme ejemplo, tras llenar varias cajas con ropa vieja, me tendió una colección de bolsas y pronunció un "es tu turno" que me heló la sangre, pues no sabía por dónde empezar. Tres días después, se contaban con dos dígitos los kilos de papeles viejos que se había llevado el camión de la basura. Me pregunté, satisfecho mientras palmeaba las manos para quitarme el polvo, por qué había acumulado durante años tal colección de inutilidades. Me atrapaban como un billete de cine se hace dueño del corazón de un adolescente, que adora el ticket impreso por haber sido el testigo de una tarde de arrumacos, y le promete, conmovido, que jamás lo tirará a la papelera. Pero cuando el camión se alejaba con el escándalo de su trituradora, comprendí que en el corazón se me había quedado un espacio libre. Ahora lo ocupa la gente que me rodea.
Categories:

0 comentarios:

Publicar un comentario

Subscribe to RSS Feed