29 oct. 2000

Cuando Diderot, d'Alembert, Jacourt, Voltaire, Montesquieu y demás intelectuales responsables del escepticismo que domina occidente, dieron comienzo a la composición de la Enciclopedia, depositaron el fermento que garantizaría una buena cuenta de resultados en las grandes editoriales de la actualidad. Aquel esfuerzo titánico propiciado por la soberbia de creerse capaces de compilar en papel impreso todos los conocimientos, con el fin de que el saber nunca más fuera primicia de clérigos y nobles, se prostituyó de alguna manera cuando esas testas abrigadas con pelucas de aire acanichado cavilaron sobre la posibilidad de ofrecer en el futuro las voces de la enciclopedia en fascículos coleccionables. "Hoy no tenemos quioscos donde vender las infinitas entregas de nuestra sabiduría. Además, la realeza nos abruma al censurar la Enciclopedia", se quejó Jacourt, "pero cuando el racionalismo ponga en entredicho hasta la Ley Natural y los hombres sólo confíen en la experiencia y en lo tangible, haremos el agosto con los coleccionables". Fue d'Alembert quien puso en solfa las quimeras de su colega al recordarle que también ellos estaban sujetos a la muerte, y que antes criarían gusanos bajo tierra a que los quioscos sembraran el mapa de una Francia republicana. "Dale tiempo al tiempo, querido amigo. ¿Acaso no hemos concebido un hombre que no nace del amor sino de la Ciencia? El hombre ilustrado se encuentra por encima del bien y del mal, por encima incluso de Dios. En el imperio de la razón la muerte ha sido vencida", le atajó Jacourt. "Jacourt tiene razón", intervino Diderot con sus ademanes cosmopolitas. "No existe otra verdad que la que nosotros decidamos, y si vamos a cambiar el curso de la Historia con este proyecto meticuloso de resumir las capacidades de Dios en cada una de las voces de la Enciclopedia, por qué no imaginar un modelo para su venta que nos garantice adelantos e intereses: ¡nos forraremos!". Montesquieu, el más sibilino de aquella pandilla de intelectuales, respiró profundamente en un sillón mientras entrelazaba los dedos de sus manos sobre el chaleco de seda. "Me alegra comprobar que vuestras cabezas no sólo sirven para plasmar artículos y poner nombres científicos a las plantas no clasificadas. Gracias a la Enciclopedia, en unos decenios no sólo seremos ricos, sino que dominaremos el saber y el arte, a la humanidad en suma. Nuestras publicaciones despertarán modas, y así un año interesaremos a todo un país por los dinosaurios, y hasta los niños se retarán en las escuelas con los más complicados latinajos correspondientes a esos reptiles gigantescos. Otro año seremos los culpables de un amor prodigioso hacia la música, y enseñaremos a tocar el clavicordio por fascículos, y crearemos las más completas colecciones de obras sinfónicas. Todo saber será susceptible de resumirse en nuestras enciclopedias, desde la educación infantil a las finanzas, del sexo a las rutas turísticas de Portugal, de las casas de muñecas a la historia de los ejércitos. Y cuando cada familia de clase media cargue sobre sus espaldas con uno de nuestros opúsculos, con sus consiguientes cuotas e intereses, inventaremos ampliaciones, más fascículos, nuevos volúmenes... Y no sólo seremos los dueños del papel, sino del compac disc, del vídeo, del DVD, y también de la electrónica, pues a quienes firmen el compromiso de una colección les regalaremos una radio, un equipo de música, un televisor, un lector de discos digitales..." Montesquieu necesitó tomar aire, pues no le convenía excitarse. Diderot le ofreció un pellizco de rape, que su sabio amigo rehusó. "Vamos, muchachos, debemos ponernos de nuevo a trabajar, pues el tiempo apura si pretendemos llegar al próximo septiembre con una interesante colección de fascículos con la que cautivar a escolares, oficinistas, amas de casa y jubilados". "¿Y sí para el próximo año ofrecemos unos volúmenes sobre pajaritas y otros elementos de la papiroflexia?", sugirió Voltaire, "creo que nos haríamos con el amplio sector de los desocupados". Y como posesos se pusieron a cortar y a plegar hojas de papel en busca de sorprendentes figuritas.
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