6 abr. 2001

Una sociedad sin artistas es una sociedad muerta. En este tiempo de la eficacia donde todo lleva cosido un coste y un beneficio, los artistas son más necesarios que nunca. Son personas dotadas con sensibilidad para descubrir el matiz extraordinario de las cosas pequeñas. No todo el mundo debe producir. No todo el mundo debe auditar lo que otros producen. Existen individuos que han nacido para conocer, reflejar y ofrecer la belleza a los demás. Todos necesitamos el encuentro con una novela, poema, cuadro, escultura o sinfonía para recordar que el hombre es sublime, que su existencia no está pegada al suelo sino que tiene una proyección de eternidad. ¿Qué valor tendría la vida si al final sólo nos quedara un cuaderno contable con el debe y el haber, un extracto bancario con el saldo final y definitivo? La vida se enriquece con cosas que están por encima de cualquier interés mundano. Las acciones de cualquier empresa sólo poseen el valor relativo del momento del mercado, mientras un lienzo, incluso una humilde pincelada, supera los años y las generaciones, perpetuándose en las pupilas de quienes lo contemplan. ¿No hemos añorado un recuerdo -la belleza de un momento de nuestra vida- al entregarnos a la luz de un cuadro, a las páginas de una novela, a la evocación de un poema, a la matemática caprichosa de una pieza musical...? Y ese recuerdo nos ha devuelto a lo mejores momentos: un verano, la caricia de nuestro padre, la compañía de un amigo, de una mujer, a la existencia de Dios...

La vida es una extraña mezcla de gozo y dolor, como canta Luis Eduardo Aute, y sólo los artistas nos ayudan a vivir ese placer y esos zarpazos con espíritu renovado: al profundizar en la dicha y en la pena consiguen vencer la rutina, ese fantasma que mata a los hombres y sus relaciones. El estilo de vida que hoy llevamos -trabajo fuera de casa, ocio comprimido y reglamentado durante el fin de semana, prisa al hacer las cosas- invita a la monotonía, velo sucio que difumina las cosas pequeñas y en el que sólo sobresale lo extraordinario. Pero el hombre es demasiado limitado para alimentarse únicamente con lo extraordinario.
Cuando me canso de escribir, me asomo a la terraza. Mi mujer ha plantado tres rosales -tres estacas desnudas y espinosas-, con la esperanza de que sus flores alegren la casa con su color y aroma. La llegada de la rosa es la culminación de un proceso muy lento, de meses de espera. Podría haber comprado una cepa adornada ya por algún capullo, o un rosal de tela, que no precisa cuidados y produce gustosas sensaciones a la vista, pero esperar tiene mayor encanto; a veces acaricio los brotes bermejos que rompen el palo inerte y en los que se adivinan, plegadas, las hojas nuevas del rosal. De esos brotes surgirán las flores. Durante la espera paciente, recuerdo las rosas amarillas que cuidaba mi madre en el jardín del verano. Recuerdo también las rosas que envié; las rosas que nos llegaron, y me asombro con el milagro ininterrumpido de la naturaleza, imperceptible para el que tiene prisa, para aquellos que no pueden asombrarse con las pequeñas cosas y no vibran ante un cuadro, novela, poema, escultura o sinfonía, para aquellos que piensan que los artistas son elementos extraños, disonantes a menos que se avengan y firmen exclusivas con marchantes y mecenas que hagan de ellos minas de oro en las que merece la pena invertir.

Los artistas son genios de la observación, capaces de adivinar en la rutina razones para la esperanza. Admiran la belleza del mundo que tenemos legado, una belleza que se manifiesta en la naturaleza desbordante que, incluso en le cemento de las grandes urbes, hace crecer plantas que surgen temerosas por las junturas de los ladrillos. Necesitamos artistas que nos lo cuenten con pinceles, pluma o cincel, que detengan nuestra prisa y nos hagan observar. Precisamos beber del chispazo de su creatividad cada vez que la gris monotonía despiste el sentido último de nuestra vida.
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