4 may. 2001

Leí hace años una entrevista al maestro Delibes, en la que rememoraba con cierta nostalgia aquellos años en los que escribía sus novelas entre la chiquillería de su casa. A veces tenía que interrumpir el proceso narrativo, apartaba la silla del escritorio y repartía un par de azotes a los hijos que se habían peleado o al que había lanzado un balonazo en el salón, torciendo el cuadro principal de la habitación, un óleo vulgar porque aún no habían llegado los tiempos en los que pudo permitirse el lujo de la buena pintura. Nos descubría Delibes que en aquellos años tardaba un poco más en entregar aquellos manuscritos que han marcado la mejor literatura de posguerra, porque no es lo mismo escribir en el silencio y la meditación que entre los gritos de quienes piden la merienda o lloran porque tal o cual hermano les ha quitado el juguete. Y si "El camino", "Las ratas", o "Cinco horas con Mario" nacieron en semejante cotidianidad, es que el silencio del escritor no es tanto un silencio físico como el alimento del espíritu, necesario para abstraerse hasta en el barullo de una jauría infantil.

El silencio es fundamental, y no sólo para quienes se dedican a la creación artística. Sin silencio es muy difícil reflexionar. Se puede comenzar a dar vueltas a un asunto que nos inquieta, nos atrae o nos preocupa, pero si no nos acompaña el silencio que ayuda a la abstracción, todo se queda en un intento, y los intentos nunca deparan conclusiones. Al analizar nuestro día nos asombrará percibir que apenas nos queda otro momento de silencio que la noche, y eso si en la cama no tenemos la costumbre de escuchar la radio. Nos levantamos, y lo primero que hacemos es encender el transistor, o la tele, o la cadena de música, como si el ruido nos ayudara a no sentirnos solos en el madrugón: las noticias hablan de los atascos para entrar o salir de las ciudades, miles de personas que se despertaron antes que nosotros y que llevan unas cuantas horas dentro del ruido. Después al coche, o al autobús, o al metro, o al paseo hasta la oficina, o a los problemas domésticos..., y en la rutina también nos cuesta vivir en silencio. Hay despachos en los que se escucha música a la vez que se contempla la pantalla del ordenador, se habla por teléfono y hasta se atiende a un cliente o a un compañero de la empresa. Y de vuelta a casa, otra vez la música, la tele, los electrodomésticos. Ruido, ruido, ruido.
El ruido nos ha vuelto poco reflexivos. Nos movemos por impulsos y lo que antes nos parecía bien hoy esta mal, y lo que antes nos parecía mal hoy está bien, sin detenernos a reflexionar sobre la objetividad de nuestros juicios, porque estos juicios se han desvirtuado por el ruido de la tele, de la radio, de la masa. Sin silencio es imposible hacerse esas preguntas vitales que han saltado de generación en generación desde el comienzo de la Historia hasta toparse con este principio de milenio tan ruidoso: ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? Sin silencio es muy difícil admirarse ante lo que de verdad es asombroso: el comienzo de la vida, su final, la majestuosidad de la naturaleza, el milagro de un niño... Sin silencio es complicado apostar por alguien: descubrir la profundidad de la amistad o los secretos del amor, porque el ruido asesina al diálogo.

Por las tardes escribo unas horas frente al ventanal de la azotea de mi casa. Hay un cielo cambiante, luminoso, surcado por muchas más especies de aves de las que pudiese imaginar que vivieran en Madrid. Semejante espectáculo de nubes y plumas me ayuda a recogerme, a charlar con los personajes de mis novelas antes de plasmar la esencia de esas conversaciones en el ordenador. Cuando llega el momento de las luces, el chispazo de la inspiración, mi hijo Santiago llora, o pide una galleta, o se afana en asomarse a mi escritorio para descubrir la magia de las letras que se combinan para formar palabras, o aparece con un cuento para que se lo traduzca a su idioma aún intraducible, o reclama un beso, un poco de atención. Me acuerdo entonces del viejo maestro, de Miguel Delibes, de sus jornadas literarias entre balonazos y lloros, entre carcajadas y bocadillos de mantequilla y azúcar. También me acuerdo de sus primeras novelas, las que cuando era un muchacho me despertaron el afán de ser escritor.
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