19 jun. 2001

Que no es fácil reconciliar familia y trabajo lo sabemos casi todos los ciudadanos que tenemos descendencia a nuestro cargo. La sociedad de hoy (por mucho que se hable del ocio y del tiempo que a todos nos sobra para gastarlo en parques temáticos, viajes y otros placeres) vive apurada. Los trabajos casi nunca están cerca de casa, y al tiempo que empleamos en desplazarnos hasta la oficina, el taller o el comercio, hay que sumarle la jornada partida que, en muchas ocasiones, nos impide almorzar en casa. El trabajo entonces se transforma en un túnel de hasta doce horas lejos del hogar, de los niños y de las ocupaciones familiares. Hoy, además, en muchísimos hogares jóvenes trabajan ambos cónyuges, aguantando cada uno su vela como puede, haciendo equilibrios sobre salario, tiempo y bonificaciones porque al jefe no le importa demasiado la situación familiar de sus empleados. El empresario debe sacar el máximo rendimiento a sus recursos y sus empleados deben trabajar según lo acordado en contrato, nadie lo pone en duda, mas la fiebre de objetivos que sufren muchos directivos ha enloquecido el mercado, y hoy es excepción el trabajador que entra y sale de su oficina a la hora estipulada.

No caigo en la fácil tentación de imaginar a todos los empresarios cual domador de leones, con látigo y banqueta en la mano; es más, conozco a meritorios hombres de negocios que animan a sus subordinados a abandonar el bolígrafo sobre la mesa y apagar el ordenador cuando el reloj marca las seis en punto de la tarde. Argumentan que lo que no se ha realizado hasta esa hora se debe a una mala planificación del empleado, que tendrá que trabajar más concienzudamente a partir del día siguiente o buscarse uno de tantos empleos en los que lo único que se echa en falta es una cama junto al fax. A partir de las seis, la cabeza y el espíritu del trabajador deben estar con sus familias o donde decida cada sujeto, libre ya de todo compromiso. Que nadie ponga en duda que este tipo de empresario es exigente como el que más, pero durante las horas de trabajo, en las que no hay concesiones para hacer recados por la calle ni tiempo para perderlo con el correo electrónico o con el interminable café ni con llamadas personales de teléfono. Me gusta la técnica, sobre todo porque me consta la rentabilidad de esas compañías, que no tienen necesidad de beberse la vida de su gente para triunfar. Este sistema humaniza el trabajo: precisa de una gran disciplina, así como de compañerismo y confianza, virtudes que brillan por su ausencia en la mayoría de las empresas.
España ocupa lugares de cola en la demografía mundial, y lo que a este respecto anuncia el futuro no deja de ser preocupante: no nacen suficientes niños para garantizar el relevo generacional. España se muere, convirtiéndose poco a poco en un geriátrico. Cada día se retrasa más la maternidad, relegándose a causa de estudios, trabajos y escalas laborales, cuando la carrera profesional, los dolores de espalda y la necesidad de descanso no invitan a repetir una gestación y un parto. Así, se han generalizado las familias del hijo único, ese niño que se cría en casa de los abuelos o en la guardería y que relaciona a sus padres con esas personas de aspecto cansado que siempre vienen tarde a recogerle. El niño se convierte, para esos hombres y mujeres necesitados de ocio y distracciones, en una carga que añadir a los problemas de la oficina.

Muchas veces me pregunto qué será de esas familias dentro de unos años. La vida en ocasiones es trágica -todos tenemos penas para ilustrarlo-, y los hijos únicos también se emancipan, se casan, se marchan de casa, hacen con su vida justo lo contrario de lo que hubiésemos deseado, se emparejan allá lejos, donde no nos gustaría que viviesen porque los querremos a nuestro lado para que nos cuiden cuando seamos nosotros los que necesitemos brazos fuertes y consuelo, o se mueren. Por esa razón, entre otras muchas, me pregunto si no ha llegado el momento de una nueva revolución industrial. Una revolución que no se sustenta sobre las nuevas tecnologías, ni en los menores costes gracias a insospechadas cadenas de producción... La nueva revolución consiste en observar más detenidamente al género humano, al individuo que ocupa un lugar en el banco, en la constructora, en la fábrica, en el hospital..., y reconocer que tienen derechos inalienables que este capitalismo agresivo ignora. El primero, a ser dueños de sus vidas, de su tiempo libre y de la posibilidad, si les da la gana, de tener más de un hijo, a pesar de que muchos "bienpensantes" tengan la sensación de que repetir maternidad dos, tres, cuatro veces..., es un gravísimo pecado contra la sociedad del bienestar.
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