30 jul. 2001

Como salvapantallas de mi ordenador he colocado una fotografía del último verano. Se ve un paisaje verde: un prado por el que gatea un niño de un año junto a las piernas de su padre. Como fondo, las ondulaciones de los montes cántabros. Cuando necesito un respiro en el trabajo, observo la foto. Entonces me llega una agradable ráfaga de recuerdos de las vacaciones con los míos, un tiempo detenido durante la batalla del curso, una isla de descanso que quisiera convertir en una península para nunca regresar a la ciudad, estómago ácido de gigante, presto a deglutir a los hombres en una salvaje mezcla de rascacielos, ruidos, humos y malos humores.

No me gusta otro tipo de verano. No me despierta ilusión alguna cargar el coche en busca de la costa, sino regresar a los valles para asombrarme de los secretos que esconden sus rincones. Por eso, cuando unos y otros me cuentan sus planes de verano, esas caravanas infernales hacia las playas del calor y la chancleta, al bullicio de las noches enloquecidas de música digital, respiro aliviado, porque Levante, las islas y buena parte de la costa andaluza nos libran de pesares a quienes buscamos un verano tranquilo, de conversación y paseos, de buen comer y relajo, con libros y merienda, mercadillos de quesos y chiruca, de paisajes hermosos, poco habitados, en los que gozar el dulce paso de las horas mientras se pesca, se buscan moras y se habla y se habla. Porque el verano se inventó para conversar sobre aquellas cosas que el invierno juzga ociosas y para las que en la ciudad nadie tiene tiempo.
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