3 ago. 2001

Fue durante un concierto de Mercedes Sosa. Iban sucediéndose las canciones que "La negra" interpreta con esa amargura que sabe a metal, cuando anunció un tema muy sentido que creo recordar se titulaba "Las manos de mi madre". Durante los minutos en los que fueron sucediéndose los acordes y los versos, me estremecí como pocas veces. Las palabras de Mercedes Sosa describían toda la belleza de la maternidad conteniéndola en unas manos, las de su madre cansada que ha visto crecer y marcharse a los hijos. Con el tiempo he sabido que la artista argentina volvió a sus pagos para encontrarse al fin con la madre, enferma, moribunda, que le confió que durante todos los años en los que "La negra" había vivido exiliada en París y en otros rincones, entregada a su lucha política y musical, ella rezó sin descanso para que regresara. No pedía por la vuelta de la Sosa a Tucumán, sino a las verdades que sus manos y su boca le mostraron de niña y que el fragor marxista habían ahogado: la misericordia, el perdón y la ternura de Dios. Frente a la madre paciente a punto de expirar, a Mercedes Sosa se le cayeron las escamas de los ojos y descubrió que por encima de la tierra por la que durante tantos años había luchado, anhelándola con lágrimas y canciones, estaba ese perdón y esa misericordia divina.

Mi madre también me dejó ese legado, el de la misericordia, el perdón y la ternura de Dios. Como a la Sosa, a mí también se me ha muerto, con una edad -la mía, la de ella, la de mis cuatro hermanos- que aún prometía mucha vida compartida. Como mi padre murió cuando entramos en la adolescencia, hoy soy huérfano en los papeles, que no en el corazón ni en el intelecto, porque me sé querido, observado y ayudado por mis padres, aunque no pueda echar mano de su consejo cuando necesito el relato de su experiencia.
Estos días he pensado de continuo en el título de aquella canción de la argentina, "Las manos de mi madre", porque en él veo recogido toda la ternura y entereza de la mía, capaz de sacarnos adelante sin abandonarse un solo momento al desánimo, y eso que tenía cuarenta y seis motivos para excusarse y rehacer su vida lejos de sus cinco problemas, que éramos también sus cinco razones para vivir. De niño me impresionaron las palabras de un sabio que aseguraba que todas las madres, por el hecho de ser madres, son predilectas de Dios, pues a ellas les ha otorgado el inefable don de recrear la vida y dar a luz, confirmando en cada alumbramiento que Dios aún confía en el hombre, a pesar de nuestros continuos desmanes. Y si Dios da aliento a la vida, las manos de las madres, las manos de mi madre, modelan al hijo como a un pedazo de barro, dándole esos rasgos que después lo identifican con su estirpe: los ojos de mamá, la sonrisa de papá, el porte de algún abuelo... Esas manos también moldean el alma cuando la madre anhela la felicidad del hijo no sólo con tal o cual puesto de trabajo, sino con principios como los que mantenían la madre de "La negra" o mi madre. Así que si mi físico refleja muchas de sus líneas, espero que mi espíritu también guarde semejanza, al menos en sus trazos básicos, con el suyo.

Me preguntan que cómo recuerdo a mi madre, que si me he quedado con la imagen de sus últimos días o de cuando vivía con plenitud de salud. Enseguida me vienen a la cabeza sus manos, las manos que me arropaban de pequeño y me sostuvieron mucho tiempo después, cuando aún no sabía encajar los embates de la vida. Y de sus manos voy a su sonrisa, sin detenerme a examinar la imagen precisa del recuerdo, porque algo profundo me lleva a pensar en mi madre en presente, en un presente continuo y tranquilizador al que me sé unido. Y sus manos, como las manos de aquella anciana argentina, me empujan suavemente para que siga caminando, sin miedo, hasta que a mí también me llegue el momento de dar un salto de eterna dimensión.
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