18 ago. 2001

Hace meses una voz anónima hizo correr la noticia de que en determinada página de internet podían verse las primeras imágenes de la película "El Señor de los Anillos". Una legión de mitómanos de Tolkien y buena parte de los millones de lectores que hemos encontrado en su obra una razón para la lectura, bloquearon la red, como si las concienzudas descripciones del cuentista sudafricano no hubieran completado la magia de su mundo fantástico. Y es que cuando uno termina la tercera de las entregas del Anillo, puede leer "El Hobbit" y el "Silmarillon" y todavía sentirse incapaz de dar un aspecto definitivo a los elfos, trasgos, orcos, hombres de las praderas o al mal del país de Mordor. Tan acostumbrados estamos a creer sólo en lo que vemos, en lo que se puede tocar, que hasta a la imaginería de Tolkien necesitamos ponerle un rostro definitivo, el de la seguridad empírica que ofrece Hollywood, verdad entre las verdades de nuestro tiempo.

Habían pasado siete años desde mi tercera y última lectura de "El Señor de los Anillos". Aunque conocía casi de memoria cada una de las epopeyas narradas en las más de mil páginas de la trilogía, barruntaba la certeza de que más pronto o más tarde volvería a abrir las tapas del más universal relato de fantasía, al que, como a las grandes obras de la literatura, se reconoce por la primera de sus frases: "Tres Anillos para los Reyes Elfos bajo el cielo". El anuncio de que los americanos están ultimando una superproducción que exhibirán en los cines del mundo con una estrategia comercial parecida a la de "La Guerra de las Galaxias", fue el acicate que me animó a postergar otras lecturas en beneficio de la fábula de Frodo Bolsón. No me arrepentí un solo día, a pesar de que leer una aventura de enanos y dragones pudiera parecer poco serio para quien ha convertido la literatura en su labor profesional. Pero es que no quería que la imagen difusa y cambiante con la que mi cabeza ha dibujado a cada uno de los personajes de la mitología tolkieniana fuese barrida por la proposición americana, que hará de los hobbits personajes para camisetas y tazas de café, y eso a pesar de que el escritor católico prohibió a sus herederos cualquier negociación con los ejecutivos de la Disney, interesados desde siempre en los derechos de la obra, pues la epopeya del Anillo transformada en un parque de atracciones, con Gandalf vendiendo entradas junto a Mickey Mouse, le resultaba la prostitución de los talentos que había recibido. La historia que relata "El Señor de los Anillos" era para él algo muy serio, una metáfora de la vida de los hombres: nuestra lucha contra las tentaciones, la pugna de la verdad frente a la mentira, algo difícil de recrear en el cine sin caer en lo meloso y artificial de casi todas las superproducciones norteamericanas.
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