6 sept. 2001

Una persona sin ilusiones es una persona derrotada. Reconocemos el hundimiento -la depresión- cuando no podemos aferrarnos a ningún estímulo que nos anime a continuar la escalada de la vida. No cabe duda de que, dentro del calendario, las vacaciones son uno de los más atractivos acicates para luchar. Con tal de que duren un poco más de lo establecido o de que podamos viajar a aquel rincón soñado, somos capaces de hacer un último esfuerzo que se nos antoja casi imposible después del largo curso al frente de nuestras obligaciones laborales. Así, las cuatro semanas dedicadas a la familia, al ocio, al turismo, a la cultura, a los amigos, al deporte..., suelen resultarnos en conjunto el no va más en cuanto a la consecución de nuestros sueños, a pesar de que un análisis diario del veraneo esté compuesto tanto de momentos indiferentes y opacos como de felices.

Por haber convertido las vacaciones en la meta de este mundo de horarios y madrugones, y bebérnoslas de un trago, el regreso a la habitual monotonía (despertador, oficina, letras sin pagar) nos crea un angustioso hueco en el espíritu, como si después de permitírsenos jugar con las ilusiones de un mago volviésemos a la burda realidad de que sólo hemos sido testigos de un truco. Con frecuencia olvidamos que el hombre vive en perpetuo presente: todo se consuma, querámoslo o no. Yo he sufrido, como tantos, el golpe del regreso al trabajo con la sensación de que no me he movido de mi despacho (a pesar de las deliciosas semanas que he pasado entre bosques), y me he revelado ante la realidad de que han de pasar once meses para disfrutar de nuevo la gozosa anarquía de vivir en otra parte, con otra gente y frente a un paisaje oxigenado que nada tiene que ver con el sucio aire de mi ciudad. Por momentos, he deseado convertirme en un asaltador de caminos al que le basta robar lo necesario para pagar cada día cama y mesa en el paraje de mis sueños, y cambiar la montaña de gestiones pendientes por paseos y bocanadas de libertad. Pero semejantes deseos aumentan la frustración de lo imposible.

Así que me senté, diligente. Conecté el ordenador y descubrí ilusionado que durante mis vacaciones, entre los correos electrónicos de mis clientes que exigían el cumplimiento de tal o cual cosa, estaban almacenados mensajes de los amigos que, a pesar de no haber podido escaparse del calor abrasado de la urbe, tuvieron unos minutos para recordarme. También había recados en el contestador automático de casa, cuando había supuesto que el teléfono permaneció mudo durante un mes. Y en el buzón de mi portal, entre la colección de facturas, recibos del banco y publicidad que se tira sin abrir, una postal desde algún rincón del mundo y una carta, testimonios de que mientras yo disfrutaba olvidado del mundo, el mundo no se había olvidado de mí. He recapacitado: mis ilusiones no pueden esperar a las vacaciones del año que viene.
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