7 sept. 2001

En España, que somos tan aficionados al refrán, a certificar con rotundidad el sucederse de las cosas una vez que éstas ya han ocurrido, no puedo sino afirmar que la raposa sabe más por vieja que por bestezuela: uno va cogiéndole facilidad a las cosas a base de experimentarlas. De esta manera, esta vez no me he asustado tanto con la aventura del nacimiento de mi segundo hijo, aunque tengo que reconocer el mismo miedo a la responsabilidad cuando le vi la cara y le escuché llorar (nunca nos habíamos visto, pero desde hoy dependes de mí..., ¡uf!). Lo que no me impresionaron de la misma forma fueron el hospital ni las batas verdes, el paritorio metálico y frío, el cuerpecito sonrosado pidiendo abrigo..., y sin miedos es más sencillo entregarse a la contemplación del milagro de la vida, y sentir una satisfacción incomparable a pesar de los casi infinitos interrogantes que trae una persona al nacer. Esta vez, además, tuve la complicidad de nuestro hijo mayor que, sin entender con claridad lo que estaba ocurriendo, fue consciente de que su madre era la protagonista absoluta por unos días, destronándole de todas las miradas: ni las flores, ni las canastas ni los patucos eran para Santi ni para mí, así que nos hemos compenetrado como pocas veces, dándonos el capricho de comer regaliz y chupetear caramelos a gusto, lejos de la mirada a veces severa de mi mujer.

Sin embargo nada hay tan exclusivo como la llegada de un hijo al mundo, a pesar de que sea el segundo o..., el decimocuarto. La experiencia te permite cierta pericia para cambiar pañales, o para saber dónde los venden más baratos, pero no evita la novedad diminuta de quien duerme junto a tu cama ni la admiración por la madre, que ha soportado con naturalidad nueve meses de embarazo, y las consultas y los miedos mezclados con esperanzas, y los dolores, y ahora las malas noches y la exclusiva dedicación al niño que duerme, que llora, que le duele la tripa, que tiene frío o calor, que le sube la fiebre y que no come o que come y engorda, que se le viste y se le desnuda setenta veces siete.
La experiencia, de lo único que nos ha quitado esta vez, ha sido de las clases de preparación al parto. Antes de nacer el mayor de nuestros hijos, asistimos a un centro maternal con nombre de whisky. Recuerdo un sótano pintado de rosa con muchas fotos de bebés que saludaban al equipo que había enseñado a sus mamás a respirar. Una vez asistimos a una sesión que se componía de tres clases prácticas. En la primera nos enseñaron a relajarnos: mientras inspirábamos y aspirábamos sentados en un aula en penumbra, aflojando los músculos del cuello y de los hombros, me pregunté qué pintábamos los futuros papás en aquella situación, y me entraba la risa cada vez que entreabría los ojos (desoyendo los consejos de la monitora) y descubría a un hombre talludito y gordo, a punto de dar una cabezada después de haber alcanzado el Nirvana. Pero lo mejor vino después; nos vestimos de gimnasia (yo sólo me quité los zapatos, porque no estaba enterado de que los hombres teníamos que llevar atuendo deportivo) y practicamos diferentes modalidades de bicicleta y tijereta cómodamente tumbados sobre unas colchonetas. Al talludito le costaba tanto como a mí pedalear boca arriba, pero el amor por su esposa le animaba a sujetarse los riñones con las manos, apretar los dientes y a seguir moviendo sus piernas temblorosas. De repente, señalada por la monitora, una alumna de tripita avanzada tuvo que interpretar, delante de los demás, su propio parto. Mientras su marido le sujetaba la cabeza aleccionado por la profesora, ella realizaba angustiosas respiraciones. Por último, después de que los hombres retiráramos las colchonetas de aquel salón rosa, la monitora desplegó una bañera-cambiador y puso encima a un Nenuco, de esos que los Reyes le traían a mi hermana por Navidad, al que cada padre tuvo que ponerle y retirarle el pañal según las indicaciones de la maestra. De tanto cambio, el pañal perdió holgura y ya no cerraba sobre aquella muñeca de plástico hueco.

Mi mujer y yo nos reímos mucho aquella tarde, tanto que me expulsaron de la clase de relajación y no pudimos completar uno solo de los ejercicios de gimnasia, pues mirábamos a la compañera a la que le había tocado gemir y estallábamos en una nueva carcajada, pretendiendo que nadie se diera cuenta. Pero unos meses después, cuando llegó la hora de la verdad, agradecimos aquellas lecciones que nos han servido, incluso, para darle una serena bienvenida a nuestro pequeño Juan.
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